Algunas reflexiones a raíz de la baja natalidad uruguaya

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Por: Pablo Romero García

Nuestro país tiene una de las tasas de natalidad más bajas de América Latina (estando ubicados a nivel global en el puesto 147 entre 227 países de los cuales se cuenta con registros oficiales de nacimientos por cada mil habitantes) y en el último quinquenio (2016 a 2020) venimos en un marcado descenso al respecto, según indican recientes datos del Ministerio de Salud Pública. Esto tiene posibles explicaciones y variadas consecuencias, entre ellas las económicas. Uruguay, que siempre ha sido un país con pocos nacimientos, comienza, a la par, a disfrutar de una mayor longevidad de su población. Pocos jóvenes en el recambio generacional y ciudadanos viviendo más años. El envejecimiento de la población y su insuficiente nivel de “reemplazo” ya comienza a repercutir sobre el sistema de seguridad social. O sea, el problema demográfico es también un problema económico de primera línea. De mantenerse esta caída acelerada de la fecundidad, el Uruguay del 2050 tendría -según escenario que plantea la OPP en documento público del año 2017-, casi el doble de personas mayores de 65 años que jóvenes menores de 15 años. Para ser claros y teniendo en cuenta la expectativa de vida: contaremos con el doble de uruguayos en sus últimos 15 años de vida que con aquellos que están en sus primeros 15 de existencia.

Hace unos años, el entonces vicepresidente Raúl Sendic manifestó públicamente su preocupación sobre el tema, remarcando el rol que juega la clase media, al señalar en un comentado acto partidario que “la clase media no se reproduce, mira televisión”, agregando que si bien hay políticas de apoyo a las clases bajas en relación a la temática, no hay ninguna que apunte a las capas medias. Ciertamente, en tal sector de nuestra sociedad, hacer números no suele ser un estímulo de cara a la paternidad. Sin embargo, y en esto de sacar cuentas, los sectores de menores ingresos siguen siendo quienes tienen más hijos, lo cual reproduce y acentúa brechas de desigualdad social. Comparando quintiles, nuestra sociedad suma constantemente una mayor cantidad de niños nacidos en situación de pobreza. La ecuación resultante supone un grave problema social. Y entraña una dificultad en términos educativos y culturales, que va de la mano de esa brecha generada. Los índices de justicia social se ven claramente resentidos. Este asunto de la tasa de natalidad es también un problema que debería ser abordado decididamente a nivel del campo de la filosofía política.

Respecto de las causas de este fenómeno, se suele indicar como elemento decisivo el del nuevo rol que las mujeres han asumido en las últimas décadas. La maternidad ya no es el horizonte primordial de realización personal, particularmente por el planteo y ejercicio de nuevos desafíos y miradas en cuanto a lo que ser mujer supone, por una decidida incorporación al mercado laboral, por el disfrute de la sexualidad y el mayor control de decisión sobre las posibilidades de embarazo, aspectos que han supuesto un proceso de emancipación respecto de roles tradicionalmente asignados. Y se suele agregar un elemento que en parte se le vincula con este primero: el señalamiento de que las nuevas generaciones no sólo vienen postergando la decisión de ser padres, sino que directamente -tanto hombres como mujeres- es más frecuente que decidan no tener descendencia, a partir de que el proyecto de paternidad/maternidad es visualizado como contrapuesto al de proyectos vitales de alcance más “individualista”. Para ser claros, se señala que cada vez más personas deciden no “complicarse la vida” teniendo hijos, en la medida que entienden postergarán tiempos y placeres vitales en curso o proyectados a futuro. Claro que este punto tiene su contracara argumentativa y hay personas que opinan que traer hijos al mundo es, justamente, un acto de egoísmo y de mera satisfacción personal. Y que el no hacerlo no es un acto de exceso de individualismo, sino incluso de toma de conciencia colectiva.

Lo cierto es que la idea de un mayor conocimiento de nuestra sexualidad y su libre ejercicio, en el marco de una sociedad que viene ganando terreno en materia de derechos sexuales y fomenta la idea de un proyecto de liberación personal respecto de los mandatos sociales establecidos en otros momentos de su historia, es parte vital de la comprensión del asunto. Y, por supuesto, también en esta cuestión del conocimiento y la emancipación entran en juego aspectos vinculados a orígenes y condicionantes socioculturales. No por casualidad los sectores más vulnerables siguen siendo los que más hijos tienen. Claramente, como en otras cuestiones, las limitantes en relación a la toma de decisiones más plenas son mayores en los quintiles bajos de nuestra comunidad.

Fuera de estos y otros aspectos que usualmente se abordan al tratar el tema, quisiera detenerme en este tramo sobre la paternidad/maternidad en términos del tan humano deseo de trascendencia, que parece resultar un elemento central de la subjetividad. Y quizás, un primer punto de reflexión sobre esto nos indique que tenemos una sociedad que también ha variado el enfoque: asistimos, así parece, al desarrollo de una perspectiva que contempla menos la trascendencia a través de la otredad. O sea, una subjetividad que no se visualiza a sí misma en un otro como un modo de trascender (o de “inmortalizarse”, como también ha sido concebido, por ejemplo, el hecho de la descendencia. Ya lo saben: plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo). La misma posibilidad de creación de otra vida a partir de la nuestra, un acto que nos emparenta con las mismísimas divinidades, ya no aparece como un elemento obvio de ese deseo de trascender, sino que el deseo cada vez más es proyectado sobre la propia existencia sin ningún otro que certifique trascendencia vital alguna. Aquí, ahora y yo mismo, siendo creador de un proyecto vital que solo me atañe y me contempla a mí.

Sin embargo, vale acotar, esta misma sociedad es la que nos arroja miles y miles de casos de fertilización e inseminación artificial, miles y miles de solicitudes de adopción, de búsquedas obsesivas -en muchos casos- de alcanzar la maternidad y paternidad. La globalización de movimientos contrapuestos e incluso pendulantes en la que vivimos, también queda al descubierto en este tema.

A su vez, en la esencia de la paternidad/maternidad hay un movimiento que va desde el yo al otro, en un ida y vuelta cuya complejidad refleja, en su aspecto más íntimo, lo que sucede también a nivel macrosocial: la intrincada relación entre dos personas que siendo distintas son al mismo tiempo una unidad de trascendencia, es una lectura trasladable al vínculo entre el individuo y la sociedad, donde somos distintos y conformamos a su vez una unidad colectiva que nos trasciende como sujetos, pero a la cual aportamos de manera única. Somos y no somos nuestro hijo, somos y no somos la sociedad.

La paternidad/maternidad, pues, parece arrojarnos en brazos de una forma de la trascendencia en donde el existir, en cuanto tal, se torna doble. Y aunque puede constituirse como un acto del ego, supone su propia aniquilación: quienes tenemos hijos hemos aprendido que hay allí una forma del amor que finalmente destruye las peores facetas de nuestro ego. Si hay un impulso excesivamente egocéntrico en tener un hijo, probable y paradójicamente será el amor por ese otro el que destruya minuciosamente la faceta narcisista de nuestra personalidad.

Pero quizás esto último sea una lectura idealizada y bondadosa de la paternidad/maternidad, al menos para muchas personas a las que les resulta una suerte de carga que no está dispuesta a encarar, incluso bajo la consigna de eslóganes de amor supremo. Es que en tiempos donde a los individuos cada vez les resulta más complicado lidiar consigo mismo, la paternidad o maternidad suele ser vista con cierto recelo. Y es un desafío que con mayor frecuencia se viene postergando, ejerciendo en lo mínimo posible o directamente abandonando, al menos en nuestras tierras. Si para algunos esa situación puede ser leída en términos de características del exacerbado individualismo de la época, para otros puede ser un síntoma de madura responsabilidad, incluso con la sociedad y la especie.

He aquí un dilema para seguir pensando (y que nuestra alicaída tasa de natalidad probablemente se encargue de colocar reiteradamente en escena).

2 COMENTARIOS

  1. Sin duda que es un hecho preocupante, y peor será a cuanto más lago plazo se considere. Sin embargo, hay otro hecho no menos atendible – y va en el mismo sentido relativo al futuro de nuestro país – y se trata de la emigración equiparable, quizá, con países en estado de guerra. Hay casi 530,000 uruguayos que viven hoy en el exterior. Y han tenido hijos, también en el exterior, que si vivieran en Uruguay, influiría decisivamente en la demografía. Se trata de un hecho tan relevante que se llegó a crear el denominado «Departamento 20» – un Departamento virtual con más de medio millón de habitantes -. Todavía, hay que sumar los residentes ilegales en el exterior, cuyo número se ignora pero existe.
    Obviamente, la explicación no se halla en los casos de exilio, porque la corriente migratoria ya había comenzado antes de la década de los años 70, y prosiguió ya pasados los años 80s y disminuyó solamente con la pandemia del Covid 19. ¿Qué factor lo explica?

    La explicación la hallamos en un hecho frecuentemente esquivado, y es la falta de oportunidades para el desarrollo personal, no tan sólo de los padres, sino que estos también piensan en el futuro de sus propios hijos. Y no me refiero únicamente al factor económico, sino a algo de mayor alcance, es decir, el desarrollo de las aptitudes potenciales de un ser humano. Aunque nos duela reconocerlo, tenemos una idiosincrasia – que me atrevería a llamar intelectualmente dependiente – que nos lleva a reconocer los valores y aptitudes de alguien solamente después de que en el extranjero han sido reconocidas. Naturalmente, hay excepciones, pero están lejos de ser la regla.

    Justamente por ser un tema de discusión, y porque se pueden citar más casos de los que se cree en el dualismo oportunidad/desarrollo-fracaso/conformismo, el llamado de atención no es solamente a los sectores políticos, como a veces se dice, sino a todos los integrantes de la sociedad hasta llegar a la raíz misma. Recuerdo en este momento el libro «Montevideo y su Cerro» de Isidro Más de Ayala, que en uno de los capítulos – titulado «La sonada» describe muy descarnadamente un comportamiento capaz de descomponer una sociedad entera.

  2. Exelente el abordaje de temas tan importante,no debería haber otro atención del estado hacia la emigración actual que estamos recibiendo

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