DE LAS CRISIS A LA DECADENCIA …Por Nelson Jorge Mosco Castellano

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Ayn Rand en “La rebelión de Atlas” le da voz a John Galt: “Durante siglos de plagas y calamidades provocadas por vuestro código de moralidad, habéis clamado que vuestro código había sido quebrantado, que las plagas eran el castigo por quebrantarlo, que los hombres eran demasiado débiles y demasiado egoístas para derramar toda la sangre necesaria. Maldijisteis al hombre, maldijisteis la existencia, maldijisteis esta Tierra, pero nunca os atrevisteis a cuestionar vuestro código. Vuestras víctimas asumieron la culpa y continuaron luchando, con vuestras injurias como recompensa de su martirio — mientras seguíais clamando que vuestro código era noble, pero la naturaleza humana no era lo suficientemente buena para practicarlo. Y nadie se alzó para hacer la pregunta: ¿Buena…? ¿De acuerdo con qué estándar? Yo soy el hombre que ha hecho esa pregunta. Sí, ésta es una época de crisis moral. Sí, estáis siendo castigados por vuestra maldad. Pero no es el hombre quien ahora está siendo juzgado y no será la naturaleza humana la responsable. Es vuestro código moral el que está acabado de una vez por todas. Vuestro código moral ha alcanzado su clímax, el callejón sin salida al final de su curso. Y si deseáis continuar viviendo, lo que ahora necesitáis no es volver a la moralidad…, vosotros, que nunca la habéis conocido, sino descubrirla”.

Aristóteles basó su sistema de ética en observaciones hechas sobre lo que los hombres nobles y sabios de su tiempo decidían hacer, dejando sin responder las preguntas de por qué decidían hacer lo que hacían y de por qué él los consideraba nobles y sabios. La mayoría de los filósofos asumieron y dieron por hecha la existencia de la ética, como siendo lo dado, como un hecho histórico. Muchos de ellos intentaron quebrar el monopolio tradicional del misticismo en el campo de la ética pero sus intentos consistieron en tratar de justificarla con fundamentos sociales, simplemente sustituyendo a Dios por la sociedad, cayendo en la circularidad de una definición como: «El estándar de lo bueno es lo que es bueno para la sociedad».

Eso significó que la «sociedad» puede hacer lo que le venga en gana, puesto que el «bien» es lo que ella decide hacer simplemente porque decide hacerlo. Y — puesto que no existe una entidad tal como la «sociedad», ya que es sólo un grupo de hombres individuales — eso significó que algunos hombres (la mayoría de ellos o cualquier pandilla que declare ser su portavoz) están éticamente justificados para satisfacer cualquier capricho (o cualquier atrocidad) que deseen perseguir, mientras que los demás hombres están éticamente obligados a dedicar sus vidas a los deseos de esa pandilla. 

La mayoría de los filósofos han decidido ahora que la razón ha fracasado, que la ética está fuera del poder de la razón, que ninguna ética racional puede jamás ser definida y que — en el campo de la ética, en la elección de sus valores, de sus acciones, de sus objetivos, de las metas de su vida — el hombre debe guiarse por algo que no sea la razón. Es fe, instinto, intuición, revelación, emociones, gusto, necesidad, deseo, capricho.  La pelea es sólo para decidir de quién es el capricho, si de uno mismo, de la sociedad, del dictador o de Dios. No importan las otras discordancias que tengan, los moralistas actuales están todos de acuerdo en que la ética es una cuestión subjetiva y en que las tres cosas excluidas de su terreno son: la razón, la mente y la realidad.

Si te preguntas por qué el mundo se está hundiendo en un infierno cada vez más abismal, ésa es la razón.

LA ETICA DE LA REALIDAD

Cito del discurso de Galt: “El hombre ha sido llamado un ser racional, pero la racionalidad es cuestión de elección y la alternativa que su naturaleza le ofrece es: ser racional o ser un animal suicida. El hombre tiene que ser hombre…, por elección; tiene que mantener su vida como un valor…, por elección; tiene que aprender a sustentarla…, por elección; tiene que descubrir los valores que ésta requiere y practicar sus virtudes…, por elección. Un código de valores aceptado por elección es un código de moralidad”.

Nada le es dado al hombre en la Tierra excepto un potencial y el material con el que hacerlo realidad. El potencial es una máquina superlativa: su consciencia; pero es una máquina sin bujía de encendido: su propia voluntad debe ser la bujía, el motor de arranque y el conductor; él tiene que descubrir cómo usarla y es él quien tiene que mantenerla en constante funcionamiento. El material es la totalidad del universo, sin límites en cuanto al conocimiento que puede adquirir y al disfrute de la vida que pueda alcanzar. Pero todo lo que necesita o desea tiene que ser aprendido, descubierto y producido por él, por su propia elección, por su propio esfuerzo, por su propia mente.

Un ser que no sabe automáticamente lo que es verdadero o falso tampoco puede saber automáticamente lo que es correcto o incorrecto, lo que es bueno o malo para él. Sin embargo, ese ser necesita ese conocimiento para poder vivir. No está exento de las leyes de la realidad; es un organismo específico, de una naturaleza específica, que requiere acciones específicas para mantener su vida.

Lo único que sí está abierto a su elección es si él lo descubrirá o no, si elegirá los objetivos y los valores correctos o no. Él es libre de tomar la decisión errada, pero no es libre de tener éxito con ella. Es libre para evadir la realidad, es libre para desenfocar su mente y dar tumbos ciegamente por cualquier camino que le plazca, pero no es libre para evitar el abismo que se niega a ver. El hombre es libre de decidir no ser consciente, pero no es libre de escapar al castigo de la inconsciencia: la destrucción.

El hombre es la única especie viviente que tiene el poder de actuar como su propio destructor… y así es como ha actuado durante la mayor parte de su historia.

Dado que todo lo que el hombre necesita ha de ser descubierto por su propia mente y producido por su propio esfuerzo, los dos factores esenciales del método de supervivencia propios de un ser racional son: el pensamiento y el trabajo productivo. Si algunos hombres deciden no pensar — si deciden sobrevivir imitando y repitiendo, como si fueran animales amaestrados, las rutinas de los sonidos y los movimientos que aprendieron de otros, sin jamás hacer un esfuerzo para entender su propio trabajo — su supervivencia la hacen posible sólo aquellos que sí han elegido pensar y descubrir los procedimientos que están repitiendo. La supervivencia de tales parásitos mentales depende de la suerte ciega; sus mentes desenfocadas son incapaces de saber a quién imitar y las acciones de quiénes son seguras para ser seguidas. 

Ellos son los hombres que marchan hacia el abismo, corriendo detrás de cualquier destructor que les promete asumir la responsabilidad que ellos evaden: la responsabilidad de ser conscientes. Si algunos hombres intentan sobrevivir por medio de la fuerza bruta o del fraude — saqueando, robando, estafando o esclavizando a los hombres que producen — sigue siendo cierto que su supervivencia la hacen posible sólo sus víctimas, sólo los hombres que deciden pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, están confiscando. Tales saqueadores pueden conseguir sus objetivos a corto plazo, al precio de la destrucción: la destrucción de sus víctimas y la suya propia. Como cualquier criminal o cualquier dictadura.

El hombre debe ser hombre por elección y es la tarea de la ética enseñarle a vivir como hombre. Aplicar ese principio a un objetivo concreto y específico, el objetivo de vivir una vida apropiada para un ser racional. Cada uno debe elegir sus acciones, sus valores y sus objetivos según el estándar de lo que es apropiado para poder conseguir, mantener, realizar y sustentar, cumplir y disfrutar de ese valor supremo, de ese fin en sí mismo que es su propia vida.

La virtud de la racionalidad significa reconocer y aceptar que la razón es la única fuente de conocimiento de uno, el único juez de los valores de uno y la única guía a las acciones de uno. Significa comprometerse a aceptar la realidad de la propia existencia. El principio de que todas las metas, los valores y las acciones de uno tienen lugar en la realidad, y de que, por lo tanto, uno nunca debe poner ningún valor ni consideración alguna por encima de la percepción que uno tiene de la realidad.

Cada uno acepta la responsabilidad de formar sus propios juicios y de vivir de acuerdo con el trabajo de su propia mente (que es la virtud de la independencia). Que nunca debe sacrificar las convicciones propias a las opiniones o a los deseos de otros (que es la virtud de la integridad); que nunca debe intentar falsear la realidad de ninguna manera (que es la virtud de la honestidad); que nunca debe buscar o conceder lo no ganado y lo inmerecido, ni en materia ni en espíritu (que es la virtud de la justicia). Uno nunca debe desear efectos sin causas y que uno nunca debe originar una causa sin asumir total responsabilidad por sus efectos; que uno nunca debe actuar como un zombi. Uno nunca debe tratar de salirse con la suya con contradicciones. Rechazar cualquier tipo de alegación de tener una fuente de conocimiento no natural, no definible, no racional.

Significa estar comprometido con la razón como una forma permanente de vivir.

LO QUE NOS IMPIDE PENSAR COMO HUMANOS

La peor consecuencia del fundamentalismo es que impide pensar. Y así volvemos a ser subhumanos. Tener dentro de la cabeza preconceptos que otros nos incorporan en contra de la realidad y la razón implica que nuestros propios límites, nuestros propios valores, la ética y la construcción de ideas propias, se sustituye por una tabla de conceptos pétreos que alguien ha construido para sustituir nuestra interpretación de la realidad.

Hoy esto es llevado al paroxismo. Se transformó en una idea obsesiva que todo lo justifica, que construye una lápida a la convivencia armónica con el que piensa por sí mismo, que altera la ética de resolver las urgencias que los individuos personal y colectivamente tenemos de vivir como humanos. Todos los ismos construyen preconceptos, los incorporan como exigencia intransigente. Un bloqueo mental, una resistencia inducida; la negación de algún pensamiento propio o emoción individual. El mecanismo de defensa que se pone en alerta en las crisis y quiere mantener nuestra mente alejada de la realidad. Nos Impide tomar conciencia del error que estamos cometiendo, acomodarnos al pensamiento ajeno, perturbarnos decidir éticamente por la vida, y cumplir el compromiso que tenemos como hombres. Nos coloca al servicio de lo que piensan otros.

El pensamiento dialéctico va construyendo una realidad mentirosa paralela: Tesis, o momento de afirmación de una realidad, Antítesis, o momento de negación de la realidad anterior y Síntesis, momento de integración de las dos realidades contradictorias anteriores, es decir, una nueva tesis que da lugar a otra antítesis. Creemos que la realidad autoconstruida es tan válida como la que estamos percibiendo, y así sucesivamente nos vamos acostumbrando a una construcción envenenada. Vamos postergando resolver nuestros problemas, asumir nuestras responsabilidades. Creando permanentemente enemigos artificiales, una maraña que nos entrega como fruta madura en brazos de quienes piensan por nosotros animalizándonos. Vamos desordenando el mundo en que vivimos, justificando estar cada vez peor por culpa ajena, mientras nada hacemos por nosotros mismos. Esta irracionalidad, irrealidad, persigue reintegrarnos a la condición de subhumanos. Y la aceptamos por la comodidad de no pensar y no actuar por nosotros mismos. Estamos en crisis. 

La crisis se transforma en decadencia cuando pasa a ser permanente. Cuando aceptamos que se persiga a quienes están de nuestro lado convencidos de que la sociedad tiene su propia ética. Cuando aceptamos que nos engañen con valores irreales espurios que han esclavizado a tantos, produciendo su decadencia humana. Cuando nos acomodamos en el redil dejando que otros nos transformen en subhumanos. Cuando no defendemos a los que se jugaron por la libertad de pensar.

En tiempo de crisis de la virtud de la independencia, sacrificamos la responsabilidad de formar nuestros propios juicios y de vivir de acuerdo con el trabajo de nuestra propia mente.

Perdiendo la virtud de la integridad, sacrificamos las convicciones propias a las opiniones o los deseos de otros.

Perdiendo la virtud de la honestidad, falseamos la realidad.

Y cuando buscamos o concedemos lo no ganado o lo inmerecido, en materia y en espíritu, perdemos la virtud de la justicia.

Y la decadencia es terminal a lo subhumano, cuando negamos nuestros propios juicios sobre la evidencia de la realidad. Cuando aceptamos sin rebeldía, que alguien se apropie de nuestra propia mente, para no tomarnos el trabajo de ver los hechos, y pensar por nosotros mismos. Cuando aceptamos que es honorable vivir de otros. Cuando condenamos a los que intentaron evitarlo.

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