“Estupidez y Vanidad”

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Raul Blanco Editorial

“Estupidez y Vanidad”

“El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”

Ernest Hemingway

En el año 1999, los psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, publicaron en “The Journal of Personality and Social Psychology”, un estudio muy riguroso realizado por ellos sobre “La relación entre estupidez y vanidad”.

El efecto Dunning-Kruger, se aprecia cuando las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son.

Este síndrome se fundamenta en dos principios, uno es que los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades, y segundo los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.

El estudio arrojó resultados por demás sorprendentes, revelando que las personas más brillantes consideraban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban así mismos por encima de la media, y con sorpresa, los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores.

Estas conclusiones, además de curiosas son muy preocupantes, ya que, según ellas, los más incompetentes tienen la tendencia a arribar a conclusiones erróneas y tomar decisiones desafortunadas, y peor aún es que estas personas no asumen su incompetencia.

Cualquier similitud con la realidad de nuestro país, no es casualidad, podemos estar frente a personas con síndrome de Hubris o de Dunning-Kruger.

Estamos en una nación donde la libertad de pensamiento es sagrada.

A los uruguayos nos gustaría ver que nuestros políticos dejen de lado los egos, los celos partidarios y sincerarse con ellos mismos.

Ponerse la mano en el corazón y mirando la Bandera Nacional pensar en el pueblo y sentarse todos los líderes políticos y discutir realmente sobre políticas de Estado en Educación, Seguridad, Inclusión Social, Vivienda, Trabajo y Desarrollo.

Dejar de pensar en su chacra y dejar esa mezquina costumbre de hacer obras en su gobierno para que les feliciten, y coartar la posibilidad de hacer algo que pueda usufructuar otro a futuro.

Ningún político planta un árbol frutal, porque la cosecha la puede obtener otro; los políticos actuales prefieren plantar lechugas, que las cosechan en pocos meses y nada a futuro.

Y no menos importantes sería el hecho de que hicieran una continua autocrítica de su gestión, de sus compañeros, de sus correligionarios y de sus partidos, más allá de ideologías y líneas de pensamiento, siempre teniendo como norte lo mejor para los ciudadanos, por encima de las personas.

Otro sería el país de hoy, otro sería el Uruguay de nuestros hijos y nietos. Otros seríamos nosotros.

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