TERRORISMO: las cosas por su nombre. Por Diego Flores

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En el programa periodístico de la mañana, en Canal 12 hoy participaron los diputados Goñi y Testa a propósito del proyecto de Reparación para las Víctimas del Terrorismo que en estos momentos está a estudio en la Cámara Baja y que ya cuenta con media sanción de la Cámara Alta.

La iniciativa de instalar en la escena a las víctimas del accionar terrorista subversivo es de estricta justicia y por alguna razón, seguramente caprichosa y vinculada a temas ideológicos de naturaleza perversa, esta necesidad ha permanecido olvidada y guardada en los cajones de los coordinadores de los distintos partidos políticos, por demasiado tiempo. Fue el entonces Diputado Colorado Daniel García Pintos que promovió la iniciativa, en el entendido que no era posible atender y reparar solo a una parte de los ciudadanos afectados en los tiempos violentos que vivió la República. Ahora, la iniciativa de Cabildo Abierto recoge el guante y lo pone en escena felizmente con éxito. Ha logrado conmover a sus socios de la Coalición, tan reacios a cualquier acción que los relacione o vincule con nuestro pasado reciente, como si de esa manera quedaran eximidos del mismo.

En el programa de marras, el panel periodístico insistió en su papel inquisidor, con la idea del terrorismo de Estado como valla insalvable que establece un muro en nuestro país, obstáculo que sólo pueden salvar quienes de una u otra manera estuvieron vinculados a la subversión, esto es, que con su accionar directo o con sus simpatías y adhesiones en distintos grados, contribuyeron con aquellas campañas terroristas que tenían por finalidad voltear a un gobierno constitucional. Se insiste en la idea de desdoblar el concepto de terrorismo y entonces generar dos categorías, un terrorismo bueno y un terrorismo malo. Debo confesar que esta idea, perversa por cierto, no termina de convencerme y por el contrario entiendo pone en evidencia la necesidad de los radicales de izquierda por dividir y mantener encendidas las hogueras del odio y de la fallida revolución con la que comenzaron a soñar en los años sesenta. Revolución que a partir del año 1973 evolucionó en su formato de aplicación y que desde entonces trabaja en procura del mismo objetivo, hacer caer a la República, descartar la Democracia como sistema, instalar un nuevo régimen. Al respecto y luego de la experiencia vivida en los últimos treinta años no se entiende como no han descubierto las posibilidades que esa República y esa Democracia que combaten, ahora con mayor discreción, les ofrece para generar transformaciones sociales.

Ahora bien, cuando hablamos de terrorismo, ¿de qué hablamos? El terrorismo implica la intimidación o coerción de poblaciones o gobiernos mediante la amenaza o la violencia. Esto puede resultar en muerte, lesiones graves o la toma de rehenes. Y podemos convenir que esta definición resulta clara, elocuente a propósito de lo que define.

Cuando el terrorismo es generado y desplegado por corporaciones o individuos que como en nuestro caso tienen por finalidad voltear a un gobierno constitucional, es terrorismo. Cuando un gobierno constitucional apela a las leyes y cumpliendo con los protocolos que estas imponen, se defiende, nos defiende a todos. Y entonces no despliega acciones terroristas. Es así de fácil. La defensa de las instituciones cumplida por la Policía Nacional, hasta el año 1971, apeló a todos los recursos que tamaña acción demandaba. Cuando las acciones subversivas se intensificaron y enseñaron claramente su capacidad de agresión en escalada, a la defensa se sumaron las Fuerzas Armadas que no hicieron otra cosa que redoblar esa lucha. Y tampoco aplicaron tácticas terroristas. Solo hicieron lo que todos esperábamos de ellos, cumplieron con su deber.

No hay dudas e insistir en cuestionar la existencia de dos bandos resulta, por lo menos, inocente. Y en la confrontación, que fue dura y en un buen tramo de su concreción desigual, los uniformados que representaban el orden y la ley que imponía el Estado, debieron luchar contra civiles armados, entrenados en técnicas de guerrilla que se mezclaban entre la multitud para practicar acciones de inteligencia primero y acciones terroristas después. Parece de Perogrullo tener que recordar que asesinaban, robaban, secuestraban y torturaban a quienes secuestraban. Y todo en nombre de una revolución que insisto, tenía por objetivo derrocar a un gobierno constitucional.

También es sensato reconocer que los integrantes del MLNT no estaban solos y habían captado la atención y adhesión de numerosos grupos radicales que si bien no comulgaban con sus ideas si asumieron que estas ya estaban en marcha y se sumaron, con mayor o menor participación. Pero se sumaron. Y en esa locura que todos vivíamos se plegaron muchos estudiantes y civiles que genuinamente adherían a una causa que por momentos mucho se parecía a la gesta de Castro en Cuba. El terrorismo cambio el humor social y logró el objetivo primario de desestabilizar social y culturalmente a la Nación, comenzando por descolocar a un sistema político que ya venía con averías.

Y cuando la represión del Estado, si el Estado reprime cuando se cometen delitos, el resultado fue una evolución en su accionar. Como el virus que finalmente se acomoda al antibiótico, comenzó a desplegar acciones encubiertas que demandaron la participación de civiles que en su mayoría no disparaban armas, no robaban, no secuestraban, pero imprimían documentos falsos, escondían armas en sus casas, trasladaban información, escondían terroristas, financiaban terroristas directamente o lavando los dineros mal habidos. Así las cosas la tarea de reprimir el accionar terrorista llevo a la Policía Nacional y a las Fuerzas Armadas a tener que evolucionar en la tarea de combatir su accionar.  

Llegado este punto es importante establecer, con hechos, que el Estado nacional en ningún momento generalizó la represión y siempre, esto es a partir del año 1962 y hasta por lo menos el año 1977 persiguió a quienes hallaba vinculados a estas acciones. Eso explica que fueran perseguidos, investigados y detenidos solo aquellos que mantenían vínculos con la subversión responsable de las acciones terroristas desplegadas en el pasado y posibles de reiterarse en aquel presente tan incierto. Y no todos, como ahora pretenden sostener aquellos que aun sostienen las mismas banderas.

Sin dudas se cometieron injusticias y muchos de los uruguayos investigados eran inocentes o en todo caso responsables únicamente de un pensamiento político distinto al aceptado en Democracia. Y eso no es, no puede ser nunca un delito. Pero entonces de lo que se trataba no era de cercenar conciencias, sino de evitar los desmanes del terror y salvar a las Instituciones.  

Los excesos cometidos en la tarea fueron expuestos. Murieron uruguayos detenidos en momentos en que eran interrogados. Y no todos los cuerpos aparecieron. Y esto sucedió en ambos bandos. Y nada, nadie, puede justificar estos hechos, que son entonces, inexplicables, incuestionables. Estamos ante situaciones que, por su número y características, claramente exponen una realidad en la que el Estado no tenía  un plan para cometer semejantes atrocidades. No se trata de afirmar que simplemente sucedieron, sino de entender que fueron producto de la locura de la época y de circunstancias que se salieron de control. Pero jamás fueron parte del plan de defensa de las Instituciones. Estos casos, de los que todos nos avergonzamos, fueron expuestos, señalados y juzgados.

Pero negar que esto sucedió también en el accionar de los terroristas es igualmente grave. Los crímenes, homicidios a sangre fría cometidos por el accionar terrorista de los subversivos resultan incluso más graves aún. Resulta difícil entender que no se hable de ello y por el contrario se lo evite generando la sensación de que tanto la Policía Nacional como las Fuerzas Armadas actuaron espontánea y caprichosamente.

El Estado uruguayo, tanto en Democracia como luego en el Proceso Cívico Militar que se gesta a partir del año 1973 jamás desplegó una orden de exterminio o de persecución generalizada contra la población. Siempre se concentró en perseguir y reprimir la actividad terrorista primera y subversiva después. Las situaciones de excesos, brutales e indefendibles por cierto, cometidos por los funcionarios del estado distan mucho de poder ser considerados actos de terrorismo. Que el mundo de la política partidaria tranzara en aplicar esa definición no lo convierte en realidad, sino en un esfuerzo que la historia ha enseñado claramente como inútil, por lograr pacificar a la Nación.

Que el casi centenar de víctimas ya detectados, que ha dejado el accionar terrorista subversivo en nuestro país se revise hoy cuestionando su condición y naturaleza, vinculándolo a la figura del terrorismo de Estado es una canallada que solo puede entenderse en la medida en que mantener la idea de los buenos y los malos resulta funcional para alimentar el nuevo humor social que pretenden los radicales de izquierda para avanzar sobre un programa continental que tiene por finalidad instalar un nuevo régimen.

Los casos de Terrorismo de Estado que todos podemos reconocer se vinculan, casi sin excepción a los gobiernos radicales de izquierda que vienen campeando en el continente en las últimas décadas. Son los que persiguen y reprimen a toda la población al limitarlos en su libertad de expresión, encarcelando a los líderes opositores, cuestionando a la Iglesia y demás credos religiosos, son los que imponen regímenes políticos sin oposición.

La lucha de ayer, que evitó la instalación de un régimen de terror en nuestro país, aún persiste. La subversión terrorista acciona desde otros lugares, apela a otras herramientas. Por momentos parece que se impone y arrasa con todo y con todos, pero aún estamos a tiempo de evitar que se salgan con la suya. Es necesario alzar la voz y defender las Instituciones que son el cimiento de la República, salvar a la Democracia, único sistema que nos asegura evitar la barbarie de la imposición. Pero debemos ser más claros y no temer llamar a las cosas por su nombre.

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