ALEA JACTA EST…

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Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Cuentan que Suetonio dijo a Julio César: “ALEA JACTA EST”, la suerte está echada. Un paso irrevocable. Asumir definitivamente el riesgo de confrontar presente y el futuro.

Fue allá por el año 49 A.C. cuando César tomó una de sus decisiones más difíciles, cruzó el río Rubicón, frontera entre las Galia e Italia. De esta forma comenzó una cruenta guerra para conseguir el poder por la fuerza, y quizás, por la razón.

Alvin Toffler, sorprendió al mundo con esta amenaza en su libro “Powershift”: “Hasta ahora, un individuo cambiaba dos o tres veces en su vida la empresa en que trabajaba. Ahora debe estar preparado para cambiar 3 o 4 veces en su vida de profesión”. 

Toffler abría un mundo lleno de posibilidades para los que tomaran riesgos, para los que invirtieran tiempo, esfuerzo y dinero en educarse, para los que acumularan méritos relevantes.

La realidad, no ya el libro, metió mucho miedo al mundo.

A los trabajadores, que temían quedar en la calle reemplazados por robot, a los empleados públicos que arriesgaban exponer excedentes, a los sindicatos, a los responsables de sistemas previsionales, a quienes resistían educarse en el nuevo tiempo.

Algunos gobiernos, como los asiáticos optaron por lo único que les permitía pasar a la vanguardia tanto de ingresos como por dotar competitividad por valor agregado, aferrados a la tecnología que aprendían ávidamente. 

El resto prefirió la comodidad mansa de seguir como siempre, envidiando como otros crecían y les vendían sus novedosos productos. Cuando cerraron sus empresas, se quedaron llorando su pérdida: “una injusticia”.

Aquellos políticos, siempre populistas, siempre complacientes, siempre prestos a la corrupción, prometieron profundizar el gasto público para paliar empleos que se perdían, a costa de otros.

Los sindicatos aprovecharon para reivindicar sus viejas consignas de repartijas. La ciudadanía votó por los políticos que prometían fracasadas utopías, proteccionismo y privilegios, todos en contra quienes producían. Se reprodujeron superadas ideologías para trancar el avance del cambio. Los trabajadores ocultaron su miedo al cambio encerrándose, pagando los altos precios que exigen monopolios privados y públicos y fronteras cerradas al comercio.  

Se está superando al marxismo; no solamente se apuesta al fin del capital, también al del trabajo, y aún a las ganas de trabajar, promoviendo un sistema de limosna universal obligatoria.

Sin el capital (ahorro e inversión) y el trabajo, y los acumulados avances de la tecnología y de la ciencia, la humanidad sería hoy mucho más pequeña, o estaría extinguida, ya que ningún otro mecanismo habría garantizado el sustento, la supervivencia y la evolución de semejante masa poblacional. Ese proceso de evolución, descubrimientos, inventos, adaptación, aprendizaje, transmisión de experiencias, fue acelerándose a lo largo de los siglos. 

Las incomodidades, inseguridades y miedos que creaba fueron largamente compensadas por los beneficios a lo largo de la historia. Quienes se quedaron atrás, o fueron dejados atrás deliberadamente, sufrieron la esclavitud y la servidumbre, seres humanos de segunda, condenados a semivivir una vida corta, miserable e infructuosa. 

Fue cuando esos conocimientos se aplicaron al trabajo que éste logró adquirir su prestigio social, su valor dignificante, su importancia real económica en la formación de riqueza. Es generalmente aceptada hoy la necesidad de coexistencia y coordinación del trabajo con el capital para generar bienestar. 

En este tiempo de TICs, por Trabajo se entiende cada vez más el conocimiento y dominio de técnicas y tecnologías, por Capital se entiende cada vez más la capacidad de financiar y ayudar a crear esas tecnologías. Trabajo y capital sin tecnología son sinónimos de ineficacia y postración en el mundo de hoy. 

El salto de los descubrimientos y logros de la informática y ciencias conexas, su popularización y simplificación de uso, parecen representar ahora una amenaza para el trabajador, y mucho más para burócratas, sindicatos y políticos de todo el mundo, que se encuentran con mecanismos de oferta y demanda laboral no manipulables, y con mayor cuota de libertad, una masa trabajadora más educada, más independiente, más cuentapropista, y más competitiva.

El fenómeno es supra fronterizo, el trabajador es independiente de su patrón, de su sindicato y de su país, aun de las tarifas, convenios o listas de precios. Cada tarea se valúa de acuerdo al interés de las partes, cada contrato se realiza de acuerdo a la conveniencia o necesidades de cada uno. El sindicato, en la concepción marxista, desaparece. Las reglas impositivas y de contribuciones forzosas dejan de existir. Por eso, Janet Yellen, secretaria del Tesoro norteamericano grava con un impuesto de 15% a las empresas tecnológicas americanas que trabajan globalmente.

La velocidad de cambio actual obliga a una adaptación continua. La velocidad de los nuevos inventos y descubrimientos pueden tornar ruinosa cualquier inversión; al igual que la recaudación.

Treinta años después de Toffler el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari prometía un mundo fabuloso: apps inteligentes, atención médica instantánea a distancia, fichas médicas en su celular, gobiernos transparentes, licitaciones controlables, desarrollos de medicamentos por inteligencia artificial, control de gestión, de autos y aviones sin conductor ni nafta, ni accidentes,  reemplazo de órganos por otros digitales impresos, comunicación global, y otras maravillas que ya están entre nosotros. 

Pero ni los Estados, ni los políticos, ni los trabajadores quieren eso. Todo el sistema vira hacia el proteccionismo, el statu quo, la burocracia, la corrupción.  Los progresos que imaginó Harari son saboteados, sobregravados, demorados y prohibidos. Los sistemas de salud se caen. Las apps médicas se transforman en mecanismos para demorar meses la atención, y las apps gubernamentales son engorrosas, terminan con un bot telefónico explicando lo que no se pregunta ni interesa, o refiriendo a un teléfono que nadie responde.

La economía liberal moderna, pone énfasis en dos conceptos: la economía organizada en función de la decisión del consumidor o sea el mercado, y la lucha contra la corrupción, la prebenda empresarial, sindical, y los monopolios. Ni derecha ni izquierda. Ni capital ni trabajo: consumidores.

La acción humana. Los trabajadores del mundo que fenece, en su mayoría no soportan la idea de tener semejante riesgo. Se cobijaron en los políticos más mediocres, o en sindicalistas que predican el igualitarismo en la pobreza castro-chavista, mientras disfrutan de privilegios y acumulan riqueza. No muy distinto pasa con los círculos rojos del mundo; Soros, Gates y su renta universal, y los gobernantes que deberían liderar los cambios. 

Los gobiernos más audaces son apenas reformistas, restringen al mínimo los cambios enfrentados a violentistas prometedores de derechos, incendiarios que se oponen a todo. La incorporación tecnológica, se ha vuelto una mala palabra por su contenido de libertad implícito, enemigo acérrimo del relato y la posverdad. 

Todo intento de mejorar la vida y las necesidades del consumidor muere en el “Salario” sin contraprestación o la Renta universal. Mecanismo inventado para impedir la producción, el crecimiento económico de la humanidad y la mejora de las sociedades. Una coima a los desempleados, multiplicados exponencialmente por políticos ricos, sindicalistas conservadores de privilegios y empresarios prebendarios: la casta. Ocultan con violencia que el empleo no desaparece por culpa de las apps, ni de los drones, o robots; sino justamente, por la falta de confianza del emprendedor en la responsabilidad solidaria en producir de quienes contrata.

Se ha hecho una industria del reclamo laboral, se ha decidido no trabajar, se reclama trabajar desde su casa, los días que cree conveniente a sus intereses, sexo, o género.  Descuentan que, el Estado les pagará sin trabajar, es su derecho por hacer nada.

Pronto, el “Salario” Universal no alcanzará para nada, comparativamente con los que trabajan en el mundo TIC. Los sindicatos pasarán a ser de no trabajadores.

Se ha perdido hasta el marxismo; se rechaza el trabajo; ya no hay ni plusvalía. La riqueza hay que sacársela al que la tenga para dársela a quienes rechazan el trabajo como forma de crear recursos. Un “sueldo gratuito”, mientras el productor paga además los impuestos, y le permiten reemplazar ese ex trabajo con tecnología porque produce “desempleo”.

Y de producir recursos, ni hablamos. Una manera de chuparle toda la sangre al sistema hasta que muera. Un suicidio colectivo, que permite sobrevivir al que tiene el poder.

El Estado se va pareciendo a un enorme vampiro anémico que chupa demasiada sangre de la producción, pero no tiene fuerzas para cumplir adecuadamente con la provisión de los bienes públicos indelegables (seguridad, educación, salud, justicia y estrategia de largo plazo del país).

El Estado agobia a los que generan valor agregado y no les deja suficientes recursos para subsistir.

El empleo informal, el desempleo estructural, la pobreza permanente y el incremento del delito son el resultado de este tipo de gestión política de corto plazo que no pone el acento en la creación de trabajo productivo.

Es prácticamente imposible en democracia desmantelar una estructura presupuestal de gasto público ineficaz e ineficiente. Se ha creado una estructura gubernamental aristocrática que cumpliendo con el corsi e ricorsi de la historia intenta reconstruir viejos totalitarismos.

Es parte esencial de la democracia lograr estabilidad fiscal, un presupuesto público sustentable, aumento de la producción, más recursos. Con ello se lograría mayor confianza en las instituciones, mayor nivel de inversiones, una ocupación productiva y formal, y eliminar la incerteza de ingreso laboral y la pobreza.

Aquella sociedad del conocimiento y la tecnología que anticiparon Toffler y Harari ya es una realidad. Algunos viven tiempos de mutación tecnológica vertiginosa y se adaptan, otros se resisten a los cambios y exigen vivir como ellos, condenados a soportar miseria, violencia, manejados por mentirosos, egoístas, inmorales, que apuestan a aumentar la necesidad y dependencia de la limosna, para garantizar sus bastardos intereses.

Usan de escudo contra los cambios la multiplicación de derechos a quienes condenan a la miseria, la grieta social, la imposición del poder para confiscar con más impuestos, emitir creando más inflación de precios, y endeudar con todo tipo de especuladores. Todo antes que ordenar la economía, ajustar el gasto público insoportable, crear condiciones sostenibles de inversión, y formación laboral para las nuevas tecnologías.

Estamos cruzando nuestro Rubicón Enfrentamos a los conservadores en una larga guerra ideológica que varias veces creímos superada. La decisión extrema entre quienes quieren esclavizarnos deteniendo el tiempo, y la los que hacen el esfuerzo de adaptarse y tener más LIBERTAD. Aquella condición humana esencial, que la inteligencia ha antepuesto, incluso, a la propia vida.

Nuestra suerte, y la de quienes nos sucedan está echada.

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