Vida, hechos y anécdotas de Artigas – VI. Parte –

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Por: Mario A. Menyou

Anexo Nro. 2. EPISODIO DE LOS 7 JEFES ENGRILLADOS

(Tomado del libro “Épocas Militares, de los países del Plata”por Eduardo Acevedo Díaz, Martín García, Librero Editor, 2da. Edición. Bs.As, 1911)

El gobierno de BuenosAires, a quien el General Artigas negaba la facultad de imponer a la Provincia Oriental gobernantes a su capricho, trataba a este Jefe como refractario al principio de las diferencias, pero después, como rebelde. Con tales precedentes, la guerra se hacía ejerciendo por una y otra parte crueles represalias, negándose muchas veces entre hermanos el cuartel, que ambos Partidos concedían siempre al enemigo común. En esas circunstancias y bajo tales auspicios, resolvió el nuevo gobierno enviar un parlamento al General Artigas, con dos comisionados encargados de hacerle proposiciones de paz sobre la base del reconocimiento de la independencia de la Provincia Oriental; habiendo hecho antes quemar públicamente en la Plaza de la Victoria, por mano del verdugo, la proclama del Cabildo del 5 de abril, y los demás decretos fulminantes contra él; y a fin, sin duda, de hacerlo más propicio, le enviaron con dichos emisarios, siete jefes encadenados, escogidos entre los que estaban presos desde el día de la revolución, pertenecientes al Ejército que se destinaba al Perú, para que losfusilase o tomase en ellos, desagravio del modo que quisiere, como adictos al gobierno legal que acababa de ser derrocado.

(Lo que sigue, es contado por el propio Gral. Antonio Díaz)

El 6 de junio nos llevaron a tierra, para hacer entrega nuestra al General Artigas, y en el acto de desembarcar en la playa, nos recibió el ayudante don Faustino Tejera, que ya nos aguardaba allí con un piquete de infantería, que nos condujo a un rancho situado a la orilla del monte, algunas cuadras distantes del embarcadero. Al frente del citado, estaba formada una compañía de infantería, cuyo Comandante nos recibió con atención y respeto, y nos hizo entrar en el, diciéndonos, que sus órdenes eran de tenernos en incomunicación. La tropa del General Artigas se hallaba acampada como a distancia de media legua de aquel paraje. Muchos de los Jefes y Oficiales que nos conocían, particularmente al Coronel Vázquez, se acercaron al depósito donde nos encontrábamos, para manifestarnos más bien curiosidad, que interés por nuestra suerte. 

 Los más comprometidos para con el General Artigas, éramos nosotros y el Coronel Vázquez, pues el resto de los jefes no habían servido en la Banda Oriental y ninguno de ellos era conocido personalmente del General Artigas. Vázquez había sido favorecido por ese Jefe. Este le había dado el mando de un batallón en el año 1812, antes de las desavenencias con el gobierno de Buenos Aires, y luego, al principio de éstas, Vázquez lo había abandonado, pasándose con una gran parte de dicho cuerpo. 

Al tercer día de hallarnos en aquella prisión (el 8 de junio) abrieron la puerta de ella a eso de las cuatro de la tarde y algunos minutos después, uno de los centinelas dijo que venía el General hacia allí. Poco tardó el General Artigas en entrar, acompañado de dos ayudantes. 

Después de saludarnos, permaneció algunos momentos en silencio, fijándose detenidamente en cada uno de los presos. El Coronel Vázquez estaba en un extremo y el General pasó los ojos rápidamente por él, con quien tenla el motivo de resentimiento que antes hemos dicho, fijándose después con alguna detención en los otros cinco, a quienes no conocía. 

Traía un papel en la mano y luego, tomó la palabra y dijo: “Siento, señores, ver con esos grillos a hombres que han peleado y pasado trabajos por la causa. El gobierno de Buenos Aires me los manda a  ustedes para que los fusile; pero yo no veo los motivos. Aquí me dice (señalando el papel que tenía en la mano) que ustedes me han hecho la guerra, pero yo sé que ustedes no son los que tienen la culpa, sino los que me la han declarado y que me llaman traidor y asesino, en los bandos y en las Gacetas, porque defiendo los derechos de los orientales y de las otras provincias que me han pedido protección. Si es que ustedes me han hecho la guerra, lo mismo hacen mis jefes y mis oficiales obedeciendo lo que yo les mando, como ustedes habrán obedecido lo que sus superiores les mandaron; y si hay otras causas, yo no tengo nada que ver con eso, ni soy verdugo del gobierno de Buenos Aires”. 

Luego, preguntó a cada uno de los jefes desconocidos para él, por sus nombres y empleos, y al satisfacer su pregunta, todos ellos agregaron que no se habían hallado en ninguna campaña contra él. Aunque el general Artigas sabía muy bien que nosotros no nos hallábamos en aquel caso, cuandonos tocó contestar le dijimos que habíamos hecho la campaña contra él. 

El General Artigas contestó solamente: -“Ya lo sé; es lo mismo”.

Animados por la favorable disposición que anunciaba su modo de expresarse, le hicimos una breve relación de los acontecimientos en la jornada del 15 de abril y del espíritu de venganza que caracterizaba todos los actos de los nuevos gobernantes, respecto de los Jefes y demás empleados de la anterior administración. 

Después de algunos momentos de silencio, el General Artigas dijo: -“Sí, quien hace esto….”y volviéndose hacia nosotros: -“En el pueblo de la Bajada se dijo que a usted y a otros jefes, hasta diez, los habían fusilado, cuando la caída del General Alvear…”y luego de otro intervalo, prosiguió: -¿Ha visto usted, el pago que le han dado los porteños, a nuestro amigo don Ventura?”.

El coronel Vázquez, a quien se hacía aquella alusión por la deserción con su regimiento, quiso hablar algunas palabras para explicar o disculpar su conducta; pero el General le interrumpió diciendo: -“Eso ha pasado ya”.

Luego, fijándose con prontitud en el coronel Balbastro le preguntó cuántos años tenía y en qué Ejército había servido. Contestó éste, expresando su edad, Campaña del Perú y batallas en que se había encontrado desde el año 1810. · 

El General Artigas permaneció algunos instantes callado, como pensativo, y dijo al fin, acompañando la siguiente exclamación con una sonrisa: -“¡VAYA, QUE NI ENTRE INFIELES SE VERÁ UNA COSA IGUAL!”.

Nos preguntó en seguida, si teníamos algún sirviente, y con ese motivo, al responderle que no se nos había permitido salir más que con lo puesto, se apresuró a manifestar que él dispondría lo necesario para remediar nuestras necesidades más premiosas.

 Y al despedirse cortésmente, se dirigió a nosotros, diciendo: 

-“No extrañe usted que no mande sacará todos los grillos. El gobierno de Buenos Aires está en arreglos. Si éstos no son felices, me veré en el caso de devolver a ustedes como han venido”.

De allí a un cuarto de hora, entra el Comandante de la Guardia, con dos soldados, y nos dice que por orden del General los ponía a nuestra disposición como asistentes. Que la puerta quedaba abierta, por orden también del General, pudiendo nosotros mismos entornarla, después de las ocho de la noche, y hacer llamar a cualquiera de los asistentes cuando los necesitáramos, avisando al efecto a los centinelas que estaban afuera de la puerta. Nos advirtió que, sin embargo, seguíamos incomunicados, y que no podíamos escribir, ni usar de aquellos asistentes para mandar recados a nadie, ni servirnos de cualquier otro medio de comunicación con persona alguna sino a lo que fuese necesario para nuestro servicio. Como era uno de los meses más rigurosos del invierno y estábamos con poco abrigo, pedimos y se nos concedió tener fuego dentro del rancho, agregando a esa condescendencia, la de permitirnos salir a tomar el sol. 

Era ya cerca de la noche. Nuestra situación, como acaba die verse, había mejorado considerablemente; con la manifestación que el General Artigas nos había hecho de sus sentimientos y del modo como consideraba aquel paso del gobierno de BuenosAires. Nuestros temores respecto del General Artigas se habían desvanecido. Habíamos hallado sentimientos de humanidad y principios de justicia, en el hombre que la opinión designaba como un monstruo, y recibimos pruebas de simpatía, donde habíamos recelado encontrar nuestro fin. 

La paz entre el General Artigas y los revolucionarios de Buenos Aires, era el fundamento de las esperanzas que nos había hecho concebir aquel Jefe. Su intención, en ese caso era quedarse con nosotros y ponernos en libertad, según más adelante nos indicó él mismo; pero la paz no pudo ajustarse y fuimos devueltos a BuenosAires. A los doce días de nuestro arribo a Paysandú (el 18 de junio), vino a nuestra prisión, a las 9 de la mañana, un ayudante del General Artigas para anunciarnos que un bote estaba pronto en la orilla del río para conducirnos a bordo, y luego nos pusimos en marcha hacia aquel paraje. 

El General Artigas se nos acercó en la mitad del camino, con varios Jefes y Oficiales que le acompañaban, dando en apoyo el suyo, al brazo del Coronel Balbastro, que estaba algo enfermo.

Aprovechamos aquella ocasión para expresar al General nuestra gratitud por su generoso procedimiento hacia nosotros, de lo que pareció el General quedar penetrado. Nos dijo entonces, que si hubiera podido efectuarse la paz, no habría tenido inconveniente en ponernos en libertad. Los diputados porteños no habían querido avenirse con las proposiciones que les había hecho. 

Tal fue la conducta de aquel Jefe en este suceso. El general Artigas, puesto en el caso, mostró  que era más humano que los que creían halagar su crueldad, enviándole víctimas para inmolarlas a su venganza. Reembarcados en la goleta Fama, el comandante nos alojó en la cámara, conservándonos, sin .embargo, en incomunicación. 

(Tomado de Eduardo Acevedo Díaz)

Este relato serio, dadas las prendas personales del actor en los sucesos que lo informan, y su honorabilidad, que fue proverbial en todos los actos de su larga vida pública, importa una refutación plena de los hechos y hábitos de barbarie imputados al Jefe de los Orientales por sus apasionados adversarios. 

El General Artigas aparece tal cual era en el período álgido de la lucha cruenta, sereno, reflexivo y generoso. Donde se creyó encontrar un sayón inexorable, ulcerado como debía estarlo por múltiples agravios, se halló un hombre sencillo y austero, superior a toda inspiración vanidosa, que supo imponer un criterio justo al rigor de las circunstancias, a pesar de tener en su presencia y a su arbitrio al Coronel Vázquez que le había defeccionado, y con el cual pudo haber sido cruel en la represalia.

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