La batalla de las ideas

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                                                                                  Escribe: Hilario Castro Trezza

El marxismo en el ámbito nacional e internacional ha adoptado la variante gramsciana y ello explica sus tácticas y su estrategia. Por tanto no es ocioso analizar esta cuestión que tiene una trascendencia que no todos advierten. Antonio Gramsci (1891-1937) fue un destacado socialista y luego cofundador del Partido Comunista Italiano.Consolidado el régimen fascista es encarcelado y durante su reclusión escribió treinta y tres cuadernos, que luego de su muerte fueron enviados  a la Unión Soviética, para muchos años después retornar a Italia, donde fueron publicados. Gramsci era un convencido marxista leninista, no obstante advirtió que el materialismo histórico y el dialéctico adolecían de graves dificultades para interpretar la compleja realidad imperante.

Para Marx y Engels la infraestructura (economía) determinaba la superestructura (cultura). No obstante él analizó que la hegemonía cultural de los grupos dominantes de la sociedad burguesa, estaba llamada a impedir la modificación radical de las relaciones de producción capitalista y por ende la emancipación del proletariado. De ahí que sin descuidar la lucha contra los poseedores de los medios de producción, era imprescindible captar para la causa revolucionaria a los sistemas educativos, las instituciones culturales y religiosas y los medios de comunicación. Infiltrada y captada la superestructura, la economía caería en manos de la vanguardia del proletariado. Por ello la tarea del intelectual orgánico, no se debía limitar a las fábricas, sino extenderse a las escuelas, los templos y la prensa. Su muerte prematura, fruto de una cruel enfermedad, le impidieron presenciar el triunfo de sus heterodoxas reflexiones.

Esta concepción es profundamente antiliberal, dado que implica la supresión de la pluralidad de corrientes de pensamiento, la libertad de cátedra y de medios de expresión y la pérdida de autonomía de los cuerpos intermedios de la Sociedad. Es lo que sucedió en la Unión Soviética y en los países de Europa Oriental bajo su órbita y lo que ocurre en Cuba y parcialmente en Venezuela y Nicaragua. La filosofía gramsciana no difiere en sustancia con el marxismo leninismo, lo que cambia es el inexorable determinismo materialista para descubrir la relevancia de los factores culturales para la conquista efectiva del Poder.

Todo esto aparenta ser muy teórico y quizá aburrido, pero deja de serlo si lo bajamos a la historia reciente y al presente de nuestro país. En las convulsionadas décadas del sesenta y comienzos del setenta del pasado siglo, el marxismo, en sus diversas variantes, logró en el país hegemonía en el movimiento sindical, en la educación pública y en las más diversas manifestaciones culturales.

Los ejemplos son innúmeros, pero por razones de espacio sólo daremos dos. En 1969, en pleno auge guerrillero, el teatro “El Galpón” estrena la obra “Fuenteovejuna” de Lope de Vega en una adaptación muy inteligente de Antonio Larreta, pero que desvirtuaba totalmente la obra española original, como lo anotaron críticos teatrales incluso de izquierda, con el propósito de tonificar la atmosfera revolucionaria. En 1971 es abatido, en un tiroteo con la Policía, el peligroso delincuente juvenil apodado el Chueco Maciel, ello bastó para que el talentoso Daniel Viglietti compusiera e interpretara una canción para culpar al sistema social a la “Patria Chueca” del accionar delictivo de Maciel, puso la misma fuerza y convicción que en la canción “Sólo digo compañero” en clara apología del accionar tupamaro. El éxito de las mencionadas obras incentivó los ánimos revolucionarios de muchos jóvenes, cuyo trágico destino, aún hoy enluta y aflige a tantas familias orientales.

La dictadura extirpó, arbitrariamente, dicho estado de cosas en todos los ámbitos sindicales, educacionales y culturales de la vida nacional, por medio de proscripciones, destituciones, prisiones, exilios, requisas y clausuras.

Ello fue inútil dado que generó una justificada solidaridad con los afectados en sus derechos y luego de la restauración democrática retornaron los intelectuales orgánicos a sus respectivos ámbitos de labor, con más fuerza y dinamismo, pero con una diferencia no menor, pusieron en valor a  la democracia y los que la habían empleado o simpatizado con ella, adjuraron de la violencia.

No obstante los intelectuales orgánicos proliferan hoy día y sus aspiraciones  hegemónicas se mantienen, los métodos han cambiado, pero el objetivo permanece intacto, su perseverancia es admirable, todo es cuestión de tiempo, controlada la superestructura todo lo demás se desmoronará como un castillo de naipes.

¿Asistiremos inertes al funeral de la libertad individual, de la economía de mercado y de la democracia liberal?

No, el liberalismo está en condiciones de librar con éxito la batalla de las ideas con el marxismo y sus acólitos, en el marco del estado de derecho, sin hegemonías ni exclusiones. Pero para ello es imprescindible tutelar la laicidad o neutralidad del Estado y que los liberales asumamos la tarea de difundir las bondades de la libertad, con entusiasmo y compromiso, con estudio y reflexión, con diálogo y contraste de pareceres, para emancipar al Estado y a la Sociedad del colectivismo y la tentación totalitaria. Tarea difícil sí, compleja también, pero no imposible.

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