Concilio Ecuménico Vaticano II

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Nadie puede desconocer la influencia que ha tenido y que tiene la Iglesia Católica Apostólica Romana en Occidente en general y en Iberoamérica en particular. Por ello todo lo que ocurre en su interior tiene innegables repercusiones.

En estos días se van a cumplir sesenta años del comienzo del mayor acontecimiento que haya vivido la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento (1545-1563), nos referimos al Concilio Ecuménico Vaticano II, que fuese anunciado en un Consistorio por el Papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959, a poco de haber iniciado su pontificado el 28 de octubre de 1958.

El Concilio se inició el 11 de octubre de 1962 y luego de cuatro sesiones anuales y tres intersecciones, fue clausurado el 8 de diciembre de 1965.

El Papa Juan XXIII falleció el 3 de junio de 1963 y su sucesor Pablo VI continuó el Concilio hasta su culminación y fue el encargado de instrumentar sus decisiones.

El objetivo fue actualizar la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Generalmente se simplifican sus consecuencias en lo relativo a la liturgia, que implicó celebrar la misa de frente a la feligresía y en idioma vernáculo, en lugar del latín, o en la sustitución de la sotana por el traje en la vestimenta diaria de los sacerdotes del clero secular y de algunas congregaciones religiosas.

No obstante, los cambios tuvieron un calado infinitamente mayor en lo litúrgico, pastoral y teológico.

Los documentos aprobados fueron: cuatro Constituciones, dos de ellas dogmáticas: Iglesia y Revelación y otras dos sobre Liturgia e Iglesia en el mundo actual; nueve Decretos conciliares: Misión de la Iglesia, Presbíteros, Apostolado de los laicos, Formación sacerdotal, Vida religiosa, Obispos, Ecumenismo, Iglesias orientales católicas y Medios de comunicación social y tres Declaraciones: Educación católica, Religiones no cristianas y Libertad religiosa.

A partir del Concilio se atenuó el absolutismo monárquico del Papado, con el principio de la colegialidad episcopal, expresada en los Sínodos del que participan Obispos del mundo entero, sin perjuicio de las competencias del Colegio Cardenalicio.

Se reconoció por vez primera el principio de la libertad religiosa y se reforzó el ecumenismo con los ahora denominados hermanos separados (ortodoxos, anglicanos y protestantes) y con las religiones no cristianas, en especial las monoteístas (judía y musulmana).

Estas profundas transformaciones, de una complejidad vastísima, trajeron una reacción de los sectores tradicionalistas liderados por Mons Marcel Lefebvre, quien se opuso, en el Concilio, a las reformas antedichas. Ello determinó que en 1970 crease en Suiza la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para la formación de sacerdotes tradicionalistas que celebrasen la misa tridentina de San Pío V, que fuese abandonada como consecuencia del Concilio en 1969, luego cuatrocientos años de vigencia.

Su relación con la Santa Sede fue tensa, al grado de que primero fue suspendido a divinis y cuando consagró por sí Obispos el Papa Juan Pablo II dispuso las excomuniones pertinentes, dado que el hecho configuraba una actitud cismática.

Pasado el tiempo el Papa Benedicto XVI levantó las excomuniones y limitó las suspensiones, tendiendo puentes de encuentro y reconciliación con los tradicionalistas, que el actual Papa Francisco ha continuado y profundizado.

La otra cuestión que se le planteó a la Iglesia Católica provino del desarrollo y difusión de la Teología de la Liberación. Sus principales teóricos fueron latinoamericanos como el protestante brasileño Rubem Alves y el católico peruano Gustavo Gutiérrez, en Uruguay su referente fue el jesuita Juan Luis Segundo.

Fue una corriente teológica católico- protestante, que para el caso de los católicos se edifica sobre las resultancias del Concilio Vaticano II y de la II y III Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Medellín-1968 y Puebla-1979) y ensamblando la opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, con el pensamiento marxista, denunciando al sistema capitalista y optando por el socialismo.

Dentro de esta corriente hubo diferencias en la instrumentación que fueron desde el reformismo democrático a la revolución armada. En 1984 el Papa Juan Pablo II debió suspender a divinis a varios sacerdotes nicaragüenses debido al grado de compromiso político con la Revolución Sandinista.

La Congregación para la Doctrina de la Fe a cuyo frente estaba en 1984 el Cardenal Joseph Ratzinger (futuro Papa Benedicto XVI) consideró preliminarmente a la teología de la liberación como una herejía, no obstante, luego ese juicio fue dejado de lado y se enunciaron sus errores, como consecuencia de ello el teólogo brasileño Leonardo Boff fue suspendido.

El actual Papa Francisco levantó las suspensiones y ha tratado de integrarlos bajo la más moderada Teología del Pueblo.

Juan Pablo II en 1991 en la encíclica “Centesimus Annus”, con motivo del centenario de la encíclica “Rerum Novarum” de León XIII, denunció los errores del socialismo y las ventajas de la economía social de mercado. Es notorio que el actual Papa Francisco no comparte en materia económico social los mismos puntos de vista que Juan Pablo II.

El temor y la impaciencia por los cambios anidan en su seno, no obstante, el Papa Francisco es consciente que debe tener serenidad para aceptar aquellas cosas que no puede cambiar, valor para cambiar aquéllas que sí puede cambiar y buen criterio para discernir entre las dos, como reza el frontis de la Escuela Militar de Coblenza.

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