CORSI E RICORSI…

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Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

 Francia, 1780, nos encontramos con una monarquía despilfarra al borde de la bancarrota (paralelismo con la situación actual de muchos países) y con la nada original idea de crear un nuevo impuesto (y otro más) que afectaría a clases burguesas (hoy, pymes). Estos reaccionaron mirando a la ley, para tal imposición sería necesaria su aprobación en los Estados Generales (especie de Parlamento). Los numerosos impuestos creados hasta el momento no habían pasado por tal requisito por la sencilla razón de que sus sufridores no eran conscientes de la aplicación del mismo y no lo exigían. En la actualidad, ponen impuestos nacionales e internacionales (con o sin aprobación parlamentaria: inflación) con la excusa de haber sido elegidos democráticamente: ¿otro paralelismo más? La sangrienta Revolución comienza en 1789 por una revuelta contra otra imposición de la casta al pueblo, contra los privilegios de unos pocos a costa, no del bienestar, sino de la supervivencia de muchos. En contra del despotismo y el absolutismo real. Culminó con la muerte del Rey y su familia; y gran parte de los propios revolucionarios. El pueblo francés sufrió la guerra, y el imperio de Napoleón. Todo en nombre de liberarse de las dictaduras. Y cuando en 1852, luego de más muertes y tiranías se convoca un plebiscito, ¿qué elige el pueblo francés? Un emperador, Napoleón III Bonaparte.

Fue el único presidente de la Segunda República Francesa (1848-1852) y, posteriormente, emperador de los franceses entre 1852 y 1870, siendo el último monarca de Francia. Tuvo una política de expansión de la civilización clásica que, en su opinión, Francia representaba, frente al surgimiento de Alemania y Estados Unidos, potencias emergentes de tipo protestante. Luis-Napoleón se convirtió en el heredero de Bonaparte en la generación siguiente. Volvió secretamente a Francia en octubre de 1836, para intentar un golpe de estado en Estrasburgo. El golpe falló, pero pudo escapar. Intentó otro golpe en agosto de 1840, cruzando el canal de la Mancha con una pequeña nave con algunos soldados en Boulogne-sur-Mer. Apresado, esta vez fue encarcelado en la fortaleza de la ciudad de Ham. Durante sus años de encarcelamiento escribió los ensayos que denotan su ideología romántica, su liberalismo autoritario, e incluso su socialismo utópico. Otra revolución en febrero de 1848, depuso al rey Luis Felipe I y estableció la Segunda República Francesa. Libre de volver a Francia, el 4 de junio de 1848, Luis- Napoleón es elegido diputado. El 4 de noviembre de 1848, se promulga la constitución de la II República, y se presenta como candidato a la presidencia. Gana por abrumadora mayoría en las elecciones celebradas el 10 de diciembre de 1848, con 5,5 millones de votos de los 7,4 millones registrados (alrededor 75 % de votos) contra los 1 900 000 votos de Louis-Eugène Cavaignac. Su abultada victoria fue debida a la ayuda de las masas rurales, para las cuales el nombre de Bonaparte significaba algo, contrariamente a los nombres de los otros competidores para la presidencia que les eran desconocidos. De mucha ayuda fue su lema electoral: «No más impuestos, abajo los ricos, abajo la República, larga vida al Emperador». La plataforma de Luis Napoleón significaba para los electores la restauración del orden después de los meses de la agitación política, del gobierno fuerte, de la consolidación social y de la grandeza nacional, a los cuales él abrogó con todo el crédito de su nombre, especialmente con la memoria de su tío Napoleón I, ya héroe nacional de Francia. El 31 de mayo de 1850, la Asamblea eliminó el sufragio universal masculino, retornó al voto censitario, que eliminó a tres millones de personas del electorado, entre las que estaban artesanos y obreros estacionales. Luis Napoleón presionó para aumentar la duración de su mandato, mientras que la Asamblea nacional se opuso a todo proyecto de reforma constitucional. A principios de 1850, el 15 de agosto pasó a ser la fiesta nacional en Francia. Por decreto del 15 de febrero de 1852 pasó a ser la fiesta de san Napoleón. Finalmente, el 2 de diciembre de 1851, Luis Napoleón dio un golpe de estado, presentándose ante los franceses como defensor de la democracia —sufragio universal— frente a la Asamblea —censitaria—. La crisis fue superada mediante la celebración de un plebiscito popular que le fue favorable, que aumentó su autoritarismo, que ejerció contra los republicanos extremistas y los monárquicos. El 14 de enero de 1852 se promulgó una nueva constitución que reforzó los poderes del ejecutivo —duración de la presidencia 10 años, reelegible— y disminuyó el del legislativo que dividió en tres cámaras: Asamblea, Senado y Consejo de Estado. Finalmente, mediante el plebiscito celebrado en noviembre, Francia creó un nuevo Imperio, que se proclamó solemnemente el 2 de diciembre de 1852. El Segundo Imperio fue un régimen político que a lo largo de los años, evolucionó del autoritarismo a la democracia. En 1860 parecía que había conducido bien los asuntos y se hallaba en la cumbre de la popularidad y el prestigio. Dentro de su política liberal está el derecho de iniciativa del Parlamento (1860) y el control de los presupuestos por parte de las Cámaras (1861). En 1864 se otorga el derecho de asociación y huelga. En 1867 se concede al Cuerpo Legislativo el derecho de interpelación y responsabilidad ministerial ante las Cámaras. Asimismo, se suavizan las leyes de prensa —supresión de la censura previa— y reunión —anulación de la autorización previa—.Todas estas reformas fueron corroboradas por el pueblo en un plebiscito celebrado en mayo de 1870. El Segundo Imperio corresponde a una de las más formidables épocas de desarrollo y de prosperidad que Francia hubiera conocido. A nivel económico, el país se dotó de infraestructuras modernas, de un nuevo sistema financiero, bancario y comercial y recobró en 1870 su retraso industrial sobre el Reino Unido, en parte gracias a la política del emperador y gracias a su elección del libre cambio. Napoleón III impulsó los trabajos del barón Haussmann en París, que hicieron de esta ciudad una de las capitales más bellas del mundo.

Los griegos llamaron tiranía al poder absoluto ejercido en la polis por un individuo que había llegado al poder por la fuerza y que gobernaba al margen de la constitución. Los tiranos, aunque normalmente eran aristócratas, defendían al pueblo llano frente a los abusos de la nobleza.

Los autócratas posmodernos, neo marxistas tienen hambre de riqueza egoísta, se sostienen únicamente por el terror policiaco como los del Siglo XX, Lenin, Hitler, Stalin, Mao; y los del S XXI, Kim Jong Un, Putin, los Castro, Maduro, Ortega, etc. Una runfla de incapaces, que hacen el delirio del pobrismo, que van construyendo, a base de impedir cambios económicos, culturales y laborales. Genuflexos ideológicos, serviles a quienes los exprimen desde el exterior, no escatiman en producir holocaustos, hambrunas, éxodos de refugiados, mintiendo una igualación siempre postergada, que les permite confiscar lo ajeno, hasta la paralización productiva de los países. El hastío hacia estos falsarios, escruchantes, que se sienten empoderados por un sillón, producirá las mismas consecuencias  que la historia recoge de los reyes de Francia y su aristocracia: el odio irrefrenable, la venganza imparable. Mientras tanto, ofrecen los ejemplos de la perversión y meticulosidad dañina con que se está desmembrando y sometiendo al mundo. La angustia consume al sector económico medio, trabajador, estudioso y productivo, diezmado por el despropósito, la deseducación deliberada y planificada, el endeudamiento, la inflación, la expulsión aleve de la inversión. Mientras, el delito organizado y el callejero, incentivados por la pobreza multiplicada, apabullan a la población con el miedo y la violencia; la droga reina y carcome la voluntad y el cerebro de los ciudadanos, y los transforma en animalitos domesticados, soldaditos del delito y autómatas amorales del homicidio indiscriminado. Otras acciones en el mismo sentido son el fomento al terrorismo para otorgar “derechos” a “naciones originarias” en repúblicas históricamente definidas, un descuartizamiento territorial feroz. Nada es casualidad ni simple ignorancia o inutilidad. La destrucción sistemática del sistema productivo, de inversión y crédito, el miedo de la sociedad a esos autopercibidos aborígenes, al narco y otras violencias, no son más que instrumentos que concurren en el mismo sentido. Dependencia, miedo, sumisión, entrega. El control feudalista del individuo que clama por la ayuda del señor feudal estatal por un empleo, protección, subsidio o dádiva. La inseguridad en todo sentido como mecanismo de dominación.  Cuando el mundo se retuerce de dolor y desesperación ante el sabotaje continuo y ensañado de gobernantes incapaces, frívolos, transigentes con el poder allí donde se encuentre, aquí, en América sólo cuenta la agenda de Puebla, de Sao Paulo, la “Doctrina Social” que prohija Francisco I, el neomarxismo universal, el reseteo global 2030, que no son nada más que la vieja propuesta de reparto de riqueza ajena con otro rótulo, pero con el mismo resultado de miseria, como se ha visto siempre. Ese modelo, defendido por amanuenses en el Foro de las Américas (otrora baluarte de la libertad) es lo que se propugna desde muchos focos marxistas del mundo. Organizaciones supranacionales, personajes infiltrados en la diplomacia caviar, o periódicos otrora respetables, ahora acorralados por la ideología de izquierda para congraciarse con hipotéticos liderazgos y poderosos de la estafa global.

Nuestro país, pequeño en dimensión, producción y población, ha dado batalla para no caer circunstancialmente en las garras de esta tendencia. No obstante, se asistió en este Foro al patrocinio de quienes mantienen a pueblos sojuzgados. La propuesta, impulsada por los adláteres de dictadorzuelos, reclamando por su ausencia para otorgarles formalidad de demócratas. Usan estos cónclaves pseudo libertarios como liberticidas. La propia Constitución del evento los regla obligatoriamente, no deja huecos interpretativos ni posibilidades de dar cobijo a organizaciones mafiosas, que se ufanan de someter a sangre y fuego a sus pueblos. La bastardización de aquella democracia que ya es utópica, es una de las líneas fundamentales del neomarxismo: reducirla a partido único, o una elección amañada, tras asegurarse de que el pueblo está atrapado en su capacidad de razonar primero deseducándolo adecuadamente, tanto con negación de educación como con consignas superfluas, disgregantes de la sociedad, disfrazadas de reivindicaciones; relativizadoras de lo natural. Recurso preferido del autoritarismo, unido a la fanatización de la ideología militada; métodos muy eficaces para las dictaduras. Se quita importancia al poder legislativo, se esclaviza y pasa por encima a las minorías con la excusa de la “voluntad popular”: destruir al sistema de libertades con sus propias armas.  Tantos ejemplos desde la historia que la debilidad humana, ignorante, asume como novedosos. Viejas tiranías agotan la paciencia de sus pueblos. Nuevas democracias evidencian gobiernos incapaces de convocar a sus conciudadanos a defenderse participando de la política, consiguen frustrar sus simples aspiraciones, no vivir peor; tener convicción de que el gobernante siente en sus entrañas el dolor de los que sufren.

            Corsi e Ricorsi, como escribiera Giambattista Vico allá por el Siglo XVII, la historia no avanza de forma lineal, impulsada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten, una espiral en la que todo regresa, aunque no en el mismo formato; y a veces, como farsa.

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