EL MAS INMORAL DE LOS GRANDES HOMBRES

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Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau, fue un revolucionario francés, escritor, diplomático, francmasón, periodista y político, entre otras competencias. Figura ya polémica en su tiempo, su paso por la cárcel y los numerosos escándalos que protagonizó no le impidieron ser diputado en el Parlamento y llegar a los Estados Generales como representante del Tercer Estado. Destacó por su oratoria, especialmente en el Parlamento francés. Se le conoció por sobrenombres como «el orador del pueblo» y «la antorcha de Provenza«, región francesa en la que fue elegido como diputado por primera vez. Mirabeau, un gigante de la política y el amor perdió muy temprano la vida, en el turbulento inicio de la gran Revolución que él ayudó como nadie a levantar. Léase de la prosa romántica de Lamartine: “Mirabeau ha dejado de existir. Las turbas populares corren instintivamente y en tropel hacia casa del tribuno, como si confiasen aún en las inspiraciones que creen van a salir del féretro que contiene sus restos exánimes; sin embargo, aunque Mirabeau viviese todavía, sería tan mudo como el mármol, cuya frialdad han adquirido ya sus miembros…” Afirma esto último porque sostiene que el orador se volvió loco al final de su vida. Y eso porque poco después de su muerte se halló el famoso armario de hierro con documentos que probaban la venalidad del orador, es decir, que mantenía trato oculto con Luis XVI, recibía de él dinero y, a cambio de eso, lo aconsejaba en su contienda con la Asamblea.

Mirabeau es uno de los grandes de la historia galante del siglo galante por excelencia. Personaje casanovesco, “atleta del amor”, se llamó a sí mismo, es no solo un extraordinario orador, dominador, conductor de la Asamblea, sino uno de los más altos escritores de cartas de amor apasionado que registra la historia. Su impulso vital, siempre tradujo a la acción los cambios que su impulso político pretendían para modelar la realidad. He aquí un retrato de Mirabeau trazado por la pluma maestra de Ortega y Gasset: “Si algo en este mundo tiene derecho a causar sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las cancillerías y a la administración, ocupado en un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierte en un hombre público, improvise, cabe decir que en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX (la monarquía constitucional); esto no vagamente y como en germen, sino íntegramente y en su detalle; crea no solo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático según el rito del Continente.” El político sabe ceder, combinar; conservar la monarquía, pero sujetarla a la asamblea democrática, esto es, equilibrar los poderes en la monarquía constitucional. Mirabeau murió en la orilla, el rey trató de huir, no hubo equilibrio y todo se despeñó hacia el Terror. Pero el político mientras vivió dictó su admirable lección.

José Ortega y Gasset consideró a Mirabeau arquetipo del político y le consagró un muy famoso estudio: “Mirabeau o el político”. Este ensayo de Ortega y Gasset a pesar de haber sido publicado hace casi 100 años, exhibe una remarcable dosis de actualidad. Pero es más notable aún por la lección magistral que contiene sobre lo que es un político. El arquetipo, no el ideal, distingue Ortega, y procede a discernir estos dos conceptos: “Los ideales son las cosas según estimamos que deberían ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad.” Es muy peligroso confundir el arquetipo del político  como consideró a Mirabeau con el ideal del político. Peligroso, pero cosa común, es confundirlos. Sobre todo, los ideales son difíciles de manejar, riesgosos, a ellos debemos las muchas guerras y todo tipo de violencia política. Porque los ideales son engendrados más por nuestros deseos que por nuestra inteligencia de las cosas. Según Ortega, “lo más característico de todo gran hombre político es la inercia de su torrencial activismo”; actividad sin descanso, en todos los órdenes. Pensar y organizar. Mirabeau pasó años preso, por deudas, por líos amorosos, que aprovechó para escribir acerca del régimen carcelario y las prisiones. Quiere organizarlo todo. Por ejemplo, de su pasaje por los desalmados ámbitos carcelarios, se lee en una nota periodística suya: “…que un alto porcentaje de los presos son muchachos muy jóvenes. Estos jóvenes rescatables van a dar a las degeneradas prisiones donde conviven activamente con reos, no principiantes sino veteranos endurecidos con conciencia moral ya por completo insensible. Pues bien, el político se inquietaría con esta noticia y saltaría de inmediato a reclamar la necesidad de aislar a esos muchachos; que se construya una prisión para estos jóvenes, atendida por trabajadores sociales, psicólogos, criminólogos dispuestos a ayudar a quienes no son sino desempleados impacientes. Eso sí sería combatir con eficacia el crimen y no andar pregonando ante las Cámaras operativos costosísimos que no sirven para nada”. Es decir, el político de casta, el magnánimo, transforma todo lo que percibe en acción posible.

Al inicio del ensayo, Ortega y Gasset, afirma: “Siempre he creído ver en Mirabeau una cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco, y pocas cosas nos convienen más que informarnos sobre nuestro contrario. Es la única manera de complementarnos un poco. Nada capaz para la política, presumo en Mirabeau algo muy próximo al arquetipo del político”. “Arquetipo, no ideal. No deberíamos confundir lo uno con lo otro. Tal vez el grande y morboso desvarío que Europa está ahora pagando, proviene de haberse obstinado en no distinguir los arquetipos de los ideales”. El abordaje que se da en “Mirabeau o el político” no se centra en la vocación más íntima del personaje, no se enfoca en sus circunstancias ni en la relación de su pensamiento con los avatares históricos. Lo que verdaderamente le interesa es adentrarse en las características internas que componen ese caso tan particular, ejemplar e intenso del arquetipo del político. No le interesa que el arquetipo lleve una vida cotidiana apegada a las buenas costumbres, o que sea un símbolo de buen comportamiento, sino que está interesado en que su vida sea ejemplar en sentido vital, y para poder identificarlo, es necesario estudiarlo en sus acciones, es decir, verlo actuar vitalmente. Ortega puntualiza a fin de evitar las equivocaciones, que el arquetipo es opuesto al ideal, concepto que prácticamente hermana con el de utopía, entendido como lo que no está en ningún lugar, y sostiene que la actitud utópica olvida que su conocimiento siempre está condicionado a ser interpretado a partir de un punto de vista, y que sólo logra una verdad parcial, lo cual se opone radicalmente al circunstancialismo. Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Si nos habituásemos a buscar de cada cosa su arquetipo, la estructura esencial que la naturaleza, por lo visto, ha querido darles, evitaríamos formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo que contradice sus condiciones más elementales. Si bien estos ideales no corresponden a la forma de “deseo un triángulo cuadrado”, sí corresponden a algo que no existe en el momento presente, pero que su grado de realización hace que las podamos fijar en el horizonte como un punto al cual se desea llegar. Para Ortega era necesario definir el arquetipo como una condicionante que la realidad impone a cualquier cosa que intente ser ejemplar, es un puente en donde se tiende una necesaria relación de compatibilidad entre la ejemplaridad y lo posible. “Así, suele pensarse que el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero, ¿es que esto es posible? Los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo – son desiderata -. Pero, ¿qué derecho tenemos a desear lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo?”.

Ortega se esfuerza en mostrar que las virtudes de un hombre común y de un político arquetípico son diferentes, esto a manera de apología hacia Mirabeau quien fue enjuiciado post mortem y expulsado del Panteón de Grandes Hombres debido a que Joseph Chénier lo acusó por algunas inmoralidades en su vida privada, bajo la sentencia de que “no hay grande hombre sin virtud”. A lo cual, Ortega afirma que “la humanidad es como una mujer que se casa con un artista porque es artista, y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado”.

Ortega analiza desde Mirabeau que las virtudes de un gran hombre no son las mismas que las de los millones de hombres que no roban, no mienten, no estupran, lo cual considera que son pequeñas virtudes o “virtudes de la pusilanimidad”, que ante el sistema de virtudes de un gran hombre o un político arquetípico, tienen un papel subordinado, y afirma: “…frente a ellas encuentro las virtudes creadoras, de grandes dimensiones, las virtudes magnánimas. Chénier no quiere reconocer el valor sustantivo de éstas cuando faltan aquéllas, y esto es lo que me parece una inmoral parcialidad a favor de lo pequeño. Pues no sólo es moral preferir el mal al bien, sino igualmente preferir un bien inferior a un bien superior. Hay perversión dondequiera que haya subversión de lo que vale menos contra lo que vale más. Y es, sin disputa, más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau. Ni fuera exagerado afirmar que la inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo, porque la adopción del mal suele decidirse sin pretensiones de moralidad y, en cambio, aquella subversión se encarece casi siempre en nombre de una moral, falsa, claro está, y repugnante (…). En vez de censurar al grande hombre porque le faltan las virtudes menores y padece menudos vicios, en vez de decir que ‘no hay grande hombre sin virtud’, en vez de coincidir con su ayuda de cámara, fuera oportuno meditar sobre el hecho, casi universal, de que ‘no hay grande hombre con virtud’; se entiende con pequeña virtud”. Si bien, no se está afirmando que el gran político esté completamente desposeído de virtudes pequeñas, sin duda, no se puede ser reflexivo e impulsivo al mismo tiempo, se pueden poseer ambas características en distinto grado, pero no se puede ser ambas a la vez. Para Ortega, la impulsividad domina en el político que es un hombre de acción, el político actúa y luego piensa en sus acciones, es decir, la reflexión se da posteriormente, por tal motivo “el acto moral por excelencia de este tipo de caracteres es el arrepentimiento, no la abstención del mal; sólo se puede reclamar de ellos una bondad homogénea con su temperamento, una bondad impulsiva, que no resulta de una deliberación, como la escrupulosidad, sino de la sanidad nativa de los instintos. El hombre de acción se ocupa; el intelectual se preocupa”.

A lo largo del texto sobre Mirabeau, Ortega identifica algunas características del gran hombre de acción, tales como que es poco escrupuloso con la verdad, es decir, no se interesa por la precisión y la veracidad, y puede poseer cierta inclinación a la farsa y el histrionismo; carece de vida propia y en consecuencia, vive volcado al exterior y puede interpretar e identificar los conflictos de su circunstancia. El hombre de acción, en cambio, no existe para sí mismo, no se ve a sí mismo. El ruido de fuera, hacia el cual su alma está por naturaleza proyectada, no le deja oír el rumor de su intimidad. Falta ésta de atención y cultivo, anda desmedrada. Sorprende notar que todos los grandes hombres políticos carecen de vida interior. No es paradoja decir que no tienen personalidad. La tienen sus actos, sus obras; pero no ellos. Por esta razón – el fenómeno es muy curioso – no son interesantes. (…) ¡Bueno fuera que, obligado a resolver conflictos exteriores, llevase también en su interior conflictos! Por fortuna, existe lo que yo llamo un cutis de grande hombre, una piel de paquidermo humano, dura y sin poros, que impide la transmisión al interior de heridas desconcertantes. También habría incongruencia en exigir al político una epidermis de princesa de Westfalia o de monja clarisa. Pero además de los rasgos del carácter que menciona Ortega, propios del gran hombre de acción, son necesarios otros elementos o cualidades específicamente políticas, tales como que debe ser astuto y persuasivo, debe tener cierto sentido y afición nativa a la justicia, debe poder interpretar y administrar los intereses materiales y morales de la Nación. El arquetipo del político es como “un alto edificio, en que cada piso sostiene al que le sigue en la vertical. La política es la arquitectura completa, incluso los sótanos. (…) las cualidades extrañas, algunas de ellas en apariencia viciosa, y aún no sólo en apariencia son los cimientos subterráneos, las oscuras raíces que sustentan el gigantesco organismo de un gran político”. El gran político se encuentra muy alejado del hombre común, de la vida cotidiana y de los deseos más inmediatos y vulgares. Su lugar es la política, entendida en su más alta acepción como “la dote suprema que califica al genio de ella, separándolo del hombre público vulgar. Si fuese forzoso quedarse en la definición de la política con un solo atributo, yo no vacilaría en preferir éste: política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una Nación”. Recordemos que se le ha reclamado a Mirabeau el haberse vendido, pero lo que hace que esta acción no sea interpretada por Ortega como una vulgar falla, sino como un magnífico ejemplo del político es que no hizo su política en función de esa deshonestidad, sino que por el contrario, la corrupción estuvo en función de su elevada visión política. “Si era inevitable venderse a alguien, lo hizo con suma elegancia”.

En otras palabras, el gran político obedece y responde a circunstancias históricas concretas, pero tiene al mismo tiempo una dosis de fatalidad, es decir, subyacen las generaciones, son necesarios y aparecen en cada lugar en donde hay una sociedad. Impulsividad, turbulencia, histrionismo, impresión pobreza e intimidad, dureza de piel, son las condiciones orgánicas, elementales, de un genio político. Es ilusorio querer lo uno sin lo otro, y es, por tanto, injusto imputar al grande hombre como vicios sus imprescindibles ingredientes. Pero claro está que no basta poseer éstos para ser un político de genio. Es preciso agregar el genio. Cuando éste falta aquellas potencias no producen más que un mascarón de proa. Nada, en efecto, es más fácil de aparentar que la grandeza política. A la postre, si un intelectual no tiene ideas no logrará fingir, por lo menos fingir bien, su intelectualidad ausente. Pero el gran político y el que no lo es se presentan igualmente con el poder público en la mano. Su atuendo, su talle, son los mismo para las miradas torpes. ¿Qué signos diferencian en esta materia la autenticidad de la ficción?

Completando atrevidamente las conclusiones de Ortega sobre el político y los excepcionales grandes hombres políticos, corresponde establecer que el arquetipo político descartable, es el que reúne las características de inmoral, inepto, e irresoluto en conjunto. La mayoría absoluta, y algo más, corresponde a este arquetipo al que estamos condenados.

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