ISRAEL Y HAMAS: LA DIFERENCIA ÉTICA

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El pedido de paz siempre es válido, pero no debería descansar en un discurso engañoso que coloque en un pie de igualdad a un Estado con una organización terrorista.

La guerra entre Israel y Hamas está alarmando a los países de Occidente. Esta preocupación tiene elementos geopolíticos, pero también éticos. Al menos, esa es la forma en la que gobiernos, periodistas, organizaciones y público en general se expresan: apelando a la catástrofe humanitaria que implican sucesos de esas características.

Según la visión predominante, mientras que la muerte de los civiles en Israel es responsabilidad de Hamas, la muerte de los civiles en Gaza es responsabilidad del gobierno de Israel. Entonces, poniendo a ambos bandos en un pie de igualdad, se adopta una posición neutral y se llama a la paz.

La paz siempre es deseable. No obstante, el pedido de paz no debería descansar en discursos engañosos. Por razones que expondré, los estándares éticos del “gobierno Hamas” son bien diferentes a los del gobierno de Israel.

Ante todo, nótese que la expresión “gobierno Hamas” no es casual. Hamas no es tan solo un grupo de terroristas delirantes obsesionados con exterminar al pueblo judío. Hamas es la clase gobernante en Gaza: establecen normas que regulan la vida de las personas, administran fondos públicos, son los encargados de recibir las donaciones que provienen de diferentes partes del mundo (incluyendo Israel), aplican sanciones, etcétera.

En la práctica, el gobierno de Hamas es una pesadilla fascista, misógina y homofóbica, donde quienes peor la pasan son precisamente aquellos que viven bajo su jurisdicción. Pero, democrático o no, Hamas es un gobierno, en el sentido de que efectivamente detenta el monopolio de la coerción en ese territorio.

No es un grupo terrorista. Es un gobierno terrorista, que en lugar de promover la educación, salud, seguridad y prosperidad entre su población, usa sumas millonarias para construir túneles y fabricar misiles a los efectos de cumplir con el objetivo que explícitamente establece en su Carta Fundacional: la desaparición del pueblo judío. La situación calamitosa de los habitantes de Gaza tiene más que ver con las prioridades de su gobierno que con su tipo de territorio o su densidad poblacional (la de Singapur es más alta).

El Estado de Israel eligió un sistema diferente: la democracia liberal. Elecciones libres, partidos políticos, un Parlamento que debate vigorosamente, una Corte Suprema independiente, medios de comunicación plurales, universidades libres y con altos estándares académicos, estudiantes que se movilizan y, principalmente, respeto por la diversidad sexual, donde caminando por las calles de Tel Aviv uno puede encontrarse con marchas del orgullo gay que son el centro de atracción para turistas de todo el mundo.

Se trata de un país pequeño, donde más del 20% de la población es árabe, que ejercen su profesión, tienen sus comercios o incluso se dedican a la política.

Un país del tamaño de Tierra del Fuego, donde además la mitad es desierto, y situado en medio de territorios árabes monumentales, gigantes, con las mayores riquezas naturales. El alto nivel de vida entre la población israelí es bien conocido, y lo logró, más que con riqueza natural, con sus marcos institucionales: una economía de mercado abierta y pujante. Ese es el “pecado” que la izquierda latinoamericana nunca pudo perdonarle, y por eso se suma a cualquier relato que busque destruir este país.

Con respecto al conflicto armado, las estrategias de Hamas son diferentes a las de Israel. Israel usa su estructura militar para proteger a su población. En cambio, Hamas usa a su población para proteger su estructura militar. Hamas ha secuestrado, abusado, violado, torturado y asesinado civiles israelíes de cualquier sexo y edad. Pero Israel no busca atacar civiles en Gaza: más bien, ataca terroristas que usan a sus civiles (incluyendo mujeres y niños) como escudos humanos.

La estrategia de Hamas es perversa en dos sentidos: primero, comete el atentado más grande contra la comunidad judía desde el Holocausto; luego, usa a su propia población como escudo humano para poner en jaque el derecho a defenderse de Israel. Cuando Israel se dispone a defender su existencia, el antisemitismo internacional, oculto detrás de una supuesta neutralidad, lo acusa de genocida.

¿Cuál es la clave del éxito de esta retórica? Omitir la diferencia entre atacar civiles (lo que hace Hamas) y atacar terroristas que usan a civiles como escudos humanos (lo que hace Israel). Como si parte de la opinión pública estuviera haciéndole un guiño a Hamás y diciéndole: “Ustedes usen escudos humanos así podemos acusar a Israel de genocida”.

El pedido de paz siempre es válido, pero no debería descansar en un discurso engañoso que busque hacernos creer que Israel y Hamas son dos partes luchando en un pie de igualdad con los mismos estándares éticos. Cuando ello ocurre, esta supuesta neutralidad termina siendo, en realidad, complicidad.

Fuente: Clarín

Ezequiel Spector (es Doctor en Filosofía del Derecho, UBA.)

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