LA VENERACIÓN DEL ESTADO. Por Hilario Castro Trezza                                                               

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Carlos Marx en 1871 publicó una obra titulada “La guerra civil en Francia” con motivo de la Comuna de París, Federico Engels en 1891 confeccionó una versión ampliada de dicha obra y escribió un prólogo, en el mismo luego de disquisiciones filosóficas afirma: “De aquí nace una veneración supersticiosa del Estado y todo lo que con él se relaciona, veneración supersticiosa que va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad cuando que la gente se acostumbra y desde la infancia, a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo y hasta aquí, es decir, por medio del Estado y sus bien retribuidos funcionarios”.

El académico y ensayista compatriota Carlos Real de Azúa en su obra “El impulso y su freno”, que data de 1964, al estudiar el providencialismo político nacional expresa: “Tal vez, el más importante de ellos haya sido el desprecio de toda espontaneidad de la iniciativa extra estatal, el desdén por apelar a esos reflejos puramente sociales de decencia, iniciativa y cooperación entre individuos que fue uno de los timbres y rasgos históricos de la concepción anglosajona de la democracia y una de sus más activas fuerzas”.

El estatismo uruguayo, con la perspectiva que nos da el tiempo, lo reputamos un profundo error que ha sido el causante de los peores males que han aquejado y aquejan a nuestra economía. Los destacados hombres públicos que contribuyeron a formularlo fueron hijos de una época de gran confusión ideológica. Pero hoy ante la evidencia empírica y el avance de la ciencia económica un país que quiere progresar no puede quedarse estancado en la corriente del tiempo.

A esta altura conviene hacer un poco de historia, con la reforma cambiaria y monetaria del Cr Juan Eduardo Azzini en 1959 comenzó a revertirse el estatismo, pero la situación política imperante no permitió implementarla en todo su alcance, será recién en 1974, gracias a la lucidez y tenacidad del Ing Alejandro Végh Villegas, que el país logró suprimir para siempre el control de cambios y de precios y se puso en marcha la apertura comercial al mundo.

Pero los militares de las tres Fuerzas que gestionaron las empresas públicas, se opusieron con obstinación a toda desmonopolización y mucho menos a privatizar. Con motivo del cincuentenario de ANCAP, el 28 de octubre de 1981, en Canal 4 en el programa “En profundidad”, debatieron el Presidente del Ente Brig Gral Jorge Borad y el Gerente General Ing Andrés Tierno en defensa del monopolio y los Dres Ramón Díaz, Ramiro Rodríguez Villamil y Pablo Fossati por la desmonopolización del mercado de combustibles.

La única privatización que se llevó a cabo fue la de AMDET, que era un cáncer financiero para la Intendencia de Montevideo, el Intendente Dr Oscar Víctor Rachetti concesionó el servicio a entidades cooperativas.

Restablecida la democracia colorados y nacionalistas, con la oposición de la izquierda y de la central obrera, consagraron la desmonopolización de los seguros, de la generación de energía eléctrica, de los servicios postales; la competencia en la telefonía móvil; la liquidación de ILPE; la reforma del puerto y del aeropuerto con participación privada, las administradoras de fondos de ahorro previsional y la habilitación de universidades privadas.

Los gobiernos frenteamplistas con realismo mantuvieron estas exitosas reformas, pero fieles a su conformación ideológica debieron aferrarse al estatismo en las más variadas áreas, un ejemplo elocuente es lo que sucedió con ANCAP donde expandieron su giro y se negaron a privatizar el negocio del portland, no obstante cesaron de producir perfumes y bebidas alcohólicas. En cuanto a PLUNA, luego de una frustrada concesión y una inviable cooperativa, optaron por liquidarla.

No habrá llegado la hora de sincerarnos y comenzar a revisar los monopolios legales y el Estado empresario. La condición humana nos revela que la imprevisión individual ante los riesgos sociales es elevadísima, por consiguiente, la previsión social debe ser obligatoria y universal, pero ello no significa que el Estado tenga que gestionar en todos los casos los servicios. A su vez es plausible que se haga cargo de las prestaciones básicas destinadas a las personas sin recursos suficientes para solventar por sí mismas sus necesidades, pero pudiendo ser en especie, en bonos o en dinero para llevar la libertad de elección de los beneficiarios hasta donde sea posible.

Hay que fomentar la iniciativa privada, la creatividad, la innovación, la competencia, que es lo que está probado que trae prosperidad y beneficia al consumidor y al usuario. Desterrar la veneración del Estado, nos va a permitir elaborar una concepción moderna y eficiente del mismo que promueva una sociedad libre y solidaria.

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