LO QUE SE VE, Y LO QUE NO SE VE… (Parte I)Por Nelson Jorge Mosco Castellano

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El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”, señaló el economista francés Claude Frédéric Bastiat. En su obra: “Lo que se ve y lo que no se ve”, afirma que el mal economista solo queda sujeto a todos los efectos visibles con visión cortoplacista. Es incapaz de ver las consecuencias trágicas que se pueden dar a largo plazo debido a las malas decisiones tomadas en el presente. El buen economista, también tiene en consideración todas aquellas consecuencias de decisiones económicas tomadas en el presente, y la forma en que las mismas repercutirán a mediano y largo plazo. Una visión a futuro que debe ver incluso lo que los demás no pueden ver.

Durante la segunda revolución francesa en 1848, la insurrección popular en París obligó al último rey Luis Felipe I de Francia a abdicar. El pueblo francés estaba disgustado con la corrupción monárquica que favorecía intereses corporativos. Para combatir estas ideas, Bastiat, ya enfermo de tuberculosis, ganó una silla en la Asamblea Nacional de Landes., donde luchó contra socialistas y comunistas, y contra los monárquicos absolutistas, proteccionistas y militaristas, por la otra.

Mientras Karl Marx escribía “El Capital”, el socialismo de «lucha de clases», Bastiat en las “Armonías Económicas” explicaba que los intereses de la humanidad son esencialmente armoniosos si pueden ser desarrollados en una sociedad libre en donde el gobierno limite sus responsabilidades a suprimir robos, asesinatos y grupos de intereses especiales que buscan usar al Estado como medio de influencias y poderío contra los demás ciudadanos. Hoy lo conocemos como el corporativismo político-empresarial, opuesto a la libre competencia. Para Bastiat, la coerción gubernamental era legítima solo cuando servía «para garantizar la seguridad de la persona, su libertad y sus derechos de propiedad: “no es el derecho de propiedad lo que se protege, sino el derecho A LA propiedad”, para hacer que la justicia reine, sobre todo.

Cuando un funcionario gasta en su beneficio cien pesos de más, esto implica que un contribuyente gasta en su beneficio cien pesos de menos. El gasto del funcionario se ve, porque se efectúa; mientras que el del contribuyente no se ve porque se le impide hacerlo. La argumentación no se dirige en modo alguno a las funciones útiles; si se quiere una función, pruébese su utilidad. Demuéstrese que sirve a Juan Buenhombre, por los servicios que le presta el equivalente de lo que a él le cuesta. Abstracción hecha de esta utilidad intrínseca, no invoquéis como argumento la ventaja que ésta da al funcionario, a su familia o a sus proveedores; que no se alegue que ésta favorece el trabajo. Cuando Juan Buenhombre da cien pesos a un funcionario para no recibir servicio alguno o incluso para sufrir vejaciones, es como si se los diera a un ladrón. De nada sirve decir que el funcionario las gastará para aumentar el trabajo nacional; lo mismo hubiera hecho un ladrón; lo mismo hubiera hecho Juan Buenhombre si no se hubiera encontrado en su camino al parásito extra-legal o al legal. Habituémonos pues a no juzgar las cosas solamente por lo que se ve, sino también por lo que no se ve.

Remarcó Bastiat que las necesidades del hombre siempre serán ilimitadas y los recursos que disponemos, limitados. Esta dicotomía implica que en una sociedad libre en donde las personas puedan utilizar su propiedad como lo consideren conveniente, es la mejor de todas, ya que solo ese tipo de sociedad permite a los seres humanos reconciliar sus intereses y metas diversas a través del libre intercambio voluntario y contractual. Esto supone una división del trabajo que permite a cada uno prosperar en un nivel que no ocurriría si esa persona realizara todo el trabajo solo. He aquí la importancia en la especialización para la obtención del valor agregado; lo que hoy llamamos “calidad y “productividad”.

Para mantener esta prosperidad, Bastiat enfatiza que la intervención del gobierno en el sistema de libre intercambio, sin importar qué tan bien intencionada sea, tiene efectos perversos y demoledores para la sociedad. Para entenderlo debemos ver las consecuencias «invisibles». Solo así podemos estar seguros de que la política del gobierno no se convierte en una “expoliación legal”, término aparecido en su obra “La Ley”: la legalidad del saqueo avalado por la misma ley como juez y parte. Contrariando los fines de su creación, que debería garantizar la defensa de la personalidad, la propiedad y la libertad, la ley asume un rol colectivista coercitivo que busca la violación de estos tres pilares liberales, a través del saqueo de los frutos del trabajo de los individuos para dárselo a otros de forma no meritoria, y la acción se maquilla como un acto de fraternidad y caridad.

 Bastiat explicaba que es imposible que exista fraternidad a expensas de la coacción y la destrucción de las libertades individuales. En tal caso, el derecho positivo pasa a ejercer su fuerza destruyendo a las libertades reconocidas en la proclamación de los derechos humanos que habían comenzado a profundizarse en la escuela de Salamanca con Francisco de Vitoria, para luego pasar por la Revolución Estadounidense. Este derecho positivo que ha dado nacimiento al posmodernismo, asume que los derechos humanos deben ser dictados por los legisladores y que no son inherentes a la naturaleza humana. Con esto posiciona la fuerza colectiva en la legislación a fin de destruir los fines perseguidos por la fraternidad.

Es bastante complejo que se logre aterrizar la explicación de economistas al entendimiento común de la gente esto genera mucho desconcierto, confusión y desconfianza sobre los temas económicos, creando falsas expectativas y engaños a fin de movilizar a la masa de votantes hacia la toma equivocada de decisiones a través de falsas promesas.

En la Gran Depresión de 1929, una de las grandes falacias de la modernidad económica dio origen al efecto propuesto en la teoría general de Keynes, irónicamente llamado “la milagrosa multiplicación de panes”. Milton Friedman demostró que, el multiplicador es simplemente una tautología derivada del corto plazo (lo que se ve) la cual pasa por encima de la restricción presupuestaria, y hace el efecto insostenible a largo plazo. El multiplicador de pesos automáticamente determinaría una caída en el poder adquisitivo del consumo, en términos económicos la caída en la propensión marginal a consumir (PMC), perdiendo con esto su objetivo inicial (lo que no se ve). La restricción presupuestaria es justamente una limitación dada por necesidades ilimitadas y recursos limitados que se traducen en elecciones políticas de prioridades bajo los costos de oportunidad. ¿Producimos alimentos o armas? No es posible producir una sin dejar de producir la otra, ya que los recursos no se duplican.

La teoría general keynesiana es un arma para el enriquecimiento y la corrupción del sistema político estatal, maquillado con un alto gasto público que sostiene la ineficiente existencia de la función de consumo en la macroeconomía (gastar y gastar el dinero público todo lo que se pueda) a fin de generar salarios y liquidez en el corto plazo; a la larga solo será sostenible con la expoliación del fruto del trabajo de las personas a través de más impuestos, deuda pública e inflación de precios. Bastiat siglos antes ya exponía las bases para exponer las diferentes burbujas económicas y financieras creadas por distorsión política, y su “salvataje”, socializando pérdidas y explotado al contribuyente.

Solamente la inteligencia libremente aplicada y el sentido común nos acercaría cada vez más a colocar nuestras prioridades en el sitio que moralmente le corresponde. El Estado ha tomado ventaja con una teoría camuflada de buenas acciones como es el “paternalismo socialista”, Richard Thaler en 2017 ha ganado un nobel por justificar que el Estado debe asumir una responsabilidad paterna con los ciudadanos, “induciéndolos a tomar las mejores decisiones en sus vidas”. Estilo posmoderno de coacción estatal que amedrenta contra la capacidad de ejercer responsabilidad personal sobre nuestras libertades, cuando  asumir la responsabilidad del quebranto, es realmente lo que corrige y perfecciona nuestros gustos, deseos, satisfacciones y apreciaciones.

Bastiat y sus ideas liberales ha renacido en este siglo como el ave Fénix, a causa del hartazgo de este tipo de injusticias que promueven la violación a las libertades individuales, más conocida como “justicia social”. La “justicia” de sacarles a otros lo que yo envidio que tenga ganado en buena ley. La realidad nos ha demostrado de forma empírica que la libertad responsable constituye el alimento necesario para nuestro crecimiento y autorrealización, primero como seres humanos y luego como sociedad misma a través de los beneficios que otorga el libre comercio con la mano invisible de los consumidores. Concepto que ha sido estigmatizado por el totalitarismo como un desorden social que conducirá indefectiblemente al caos y a la ruina colectiva, cuando la verdad es que con la premisa del “laissez faire, laissez passer” de los fisiócratas franceses fue que el Estado deje de involucrarse excesivamente en las decisiones del mercado para generar mayor crecimiento y desarrollo económico aumentando los recursos y oportunidades en general.

 “Los hombres pasan y las instituciones continúan”, define Bastiat al demostrar que existen dos sistemas políticos que pueden estar presentes en nuestra existencia como nación. Uno de ellos consiste en pedir mucho al Estado y dejar que éste nos expolie de la misma manera y peor, a fin de justificar las acciones de sus manos, una dulce y la otra ruda.  El otro sistema consiste en disminuir drásticamente ese paternalismo y que el Estado a la par también haga sentir muy poca la dulzura y la rudeza de sus manos. El engaño persiste cuando creemos que el ataque y la caída de los gobernantes de forma individual marcaría la diferencia trascendental para llegar a la ansiada libertad, ya que quienes nos han llenado la cabeza con estas ideas nos adulan y nos engañan, nos vuelven de alguna manera populistas y fanáticos a fin de que volvamos a caer en el yugo cíclico del principal enemigo a quien debemos restar fuerzas, y ese enemigo lleva el nombre de Estado. La solución es tan lógica como una ecuación que reza: “dejemos de pedir al Estado lo imposible, lo utópico, dejemos de mendigar paternalismo estatal”. Debemos conocer a este enemigo principal determinando todas sus debilidades y oscuridades, a fin de poder demostrar su ineficiencia y de esa forma ir cortándole los tentáculos. En palabras de Bastiat: El Estado tiene por misión esclarecer, desarrollar, agrandar, fortalecer, espiritualizar y santificar el alma de los pueblos. Entre los deberes del Estado están la protección de la vida, la libertad y la propiedad privada, elementos fundamentales para permitir que los individuos actúen, los emprendedores generen soluciones que resuelvan las necesidades y deseos de las personas, y los empresarios crezcan y puedan hacer accesibles sus productos y servicios a muchos consumidores en el mercado.

En 1949 Mises dijo: El emprendedor es el motor del crecimiento; la fuerza motora en todo el sistema de mercado. No dejemos que las urgencias de corto plazo nos impidan ver al emprendedor y al empresario, en su rol: verdaderos héroes del desarrollo y de la generación de bienestar. Facilitarles el camino es un interés social, empezando por admirar su trabajo: satisfacer, agradar, complacer a cada uno de sus clientes y consumidores, sin importar si son pequeños emprendedores o grandes empresarios. Mises remarcó:” La entrada en las filas de los empresarios en una sociedad de economía de mercado, no saboteada por la interferencia de los gobiernos u otras agencias (…), está abierta a todos.

Luis Felipe I, que se decía liberal, había tenido una vida en el exilio alejada del fasto aristocrático, con sacrificio para ganarse cada día el pan. Sin embargo, cuando llegó al trono, le fue imposible ordenar prioridades  en el gasto público por intereses de corto plazo. NO VIO que impedían el crecimiento de la economía, que estancamiento y el retroceso produciría otra nueva Revolución Francesa. En definitiva, LO QUE NO SE VE SON LOS EFECTOS DEL GASTO PÚBLICO A LARGO PLAZO, QUE IMPIDE AHORRAR, EMPRENDER Y TRABAJAR HONESTAMENTE.

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