MONSEÑOR JACINTO VERA. Por Hilario Castro Trezza

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El próximo sábado 6 de mayo, con una celebración que se llevará a cabo en el Estadio Centenario, se procederá a beatificar al Venerable Monseñor Jacinto Vera, culminando un proceso eclesiástico que tuviera sus comienzos en 1935, informado en 1942 y cuyo Positio (alegato fundado sobre las virtudes, signos y prodigios que se le atribuyen y fama y devoción de los fieles) data de 2013 cuando se lo presentó en Roma ante la Congregación para las Causas de los Santos.

En 2013 el Positio fue aprobado por la Comisión de Historiadores; en 2014 por la Comisión de Teólogos y 2015 por la Comisión de Cardenales. Como consecuencia de ello la Congregación para las Causas de los Santos aprobó sus virtudes y el Papa Francisco lo proclamó Venerable el 6 de mayo de 2015. Ahora, luego de comprobarse un milagro, será proclamado Beato y sí en el futuro se prueba otro milagro estará en condiciones de ser canonizado es decir proclamado Santo.

Jacinto Vera nació en 3 de julio de 1813 en el Océano Atlántico, frente a costas brasileñas a bordo de un barco, cuando su familia se dirigía al Uruguay procedente de España. Fue ordenado sacerdote en Buenos Aires el 28 de mayo de 1841, el 2 de agosto de 1842 fue nombrado Teniente Cura y luego Párroco de la Parroquia de Villa Guadalupe de Canelones, el 16 de julio de 1865 es consagrado Obispo de Montevideo con el título de Obispo Megara, y como tal participa en Roma del Concilio Vaticano I (1870) durante el pontificado del Papa Pío IX y el 15 de julio de 1878 es nombrado Obispo de Montevideo.

Fallece el 6 de mayo de 1881 en Pan de Azúcar (Maldonado), siendo sus restos sepultados en la Catedral de Montevideo, donde se encuentran hasta el día de hoy. Fue un sacerdote de grandes virtudes espirituales, incansable misionero, que recorrió todo el país lo cual le dio una gran cercanía con la población. Se preocupó por la formación del clero y a esos efectos fundó el Seminario confiándoselo a la Compañía de Jesús, gestionó la venida al país de Congregaciones Religiosas y estimuló el accionar religioso y cívico del laicado.

Como hombre de Iglesia, defendió sus derechos en el conflicto eclesiástico entre 1861 y 1863 durante la Presidencia de Bernardo Prudencio Berro, lo cual le valió el destierro, donde es nombrado Prelado Doméstico de su Santidad Pío IX. Retornado al país vuelve a su actividad pastoral y cuando se produce la Revolución de las Lanzas liderada por Timoteo Aparicio en 1870, despliega intensas gestiones en pro de la paz, las cuales resultan infructuosas, no obstante son valoradas por ambas partes contendientes.

En el plano doctrinal se enfrenta a la “Profesión de Fe Racionalista” (1872) de inspiración deísta y objeta la reforma escolar vareliana (1877). Dichas polémicas fueron el fiel reflejo de las luchas ideológicas y filosóficas de la época, a la distancia podemos coincidir o disentir con la postura de Mons Jacinto Vera, pero nadie puede afirmar que sus Cartas Pastorales no se ajustaran al Magisterio de la Iglesia Católica de su tiempo. Por todo ello fue el forjador de la Iglesia Uruguaya, por el camino iniciado por Mons Vera siguieron otros eminentes prelados como Mons Mariano Soler en primerísimo lugar.

Hasta aquí he querido dar un breve sinopsis de la vida y la obra de Mons Vera, para ello me he valido, esencialmente, del magnífico libro titulado: Libre sin licencia y súbdito sin servidumbre- Mons Jacinto Vera Hechos y Palabras (Montevideo 2022), cuyo autor es el estimado amigo Pbro Dr Gabriel González Merlano, sacerdote, docente universitario y canonista, que tuvo una activa participación en todo este proceso, acompañando a Mons Alberto Sanguinetti (por entonces Obispo de Canelones) quien elaboró el Positio.

Como lo he manifestado en otra ocasión supe ser católico practicante y militante hasta hace treinta años y desde hace más de veinte años no profeso religión alguna, consecuencia de mucho estudio y reflexión, son de esas decisiones personalísimas que cada humano, en el acierto o en el error, resuelve en el seno de su conciencia. No obstante sostengo que la religión es un factor relevante de la cultura de un país y el cristianismo en general y el catolicismo en particular son el fundamento de nuestra civilización. Por ello mi irreligiosidad no incurre en el anticlericalismo ni mucho menos en la intolerancia religiosa, ello me ha permitido mantener una fraternal relación con quienes fueron mis hermanos en la fe a quienes aprecio y admiro.

El hábito de obrar con honradez, bondad y justicia, que fueron las virtudes sobresalientes en la vida de Mons Vera, son un bálsamo para una sociedad y una época tan refractaria a la espiritualidad. Hago votos para que las virtudes que encarnó el Venerable Pastor, lleguen a las almas de todos los hombres y las mujeres de buena voluntad de esta Patria que él tanto amó.

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