¿Para qué educamos?

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La siguiente nota es parte de un libro escrito en el año 2003. Han pasado 18 años, y siguen muy vigentes las expresiones vertidas por Juan C. Doyenart en su libro “El problema está en nosotros”.

Por Redacción Contexto

Capítulo 10 – ¿Para qué educamos?

Resulta ineludible hablar de educación cuando nos referimos a los modelos mentales de los uruguayos, finalmente formados en este país. Claro que en la educación intervienen muchos factores, pero no existen dudas sobre la importancia clave que adquiere la formal en este proceso. La educación como problema fue y será siempre un tema sin resolver, por más que muchos analistas y especialistas le hayan dedicado innumerables horas y páginas en los libros. Seguramente así debe ser, porque aquellos sistemas que creyeron haberlo resuelto para siempre, terminaron fracasando estrepitosamente, entre otras cosas, por haber detenido el natural proceso de repensar continuamente su sistema educativo. No creo que sea una frase hecha afirmar que la educación es una prioridad y mucho menos en la época actual, aunque otros, en otras épocas, habrán dicho lo mismo. Lo particular del hoy radica en que nuestro mundo, como nunca, se basa en el conocimiento, la información y la comunicación.

Los sistemas educativos deberán adaptarse a la era de las telecomunicaciones y de la informática. La transición cultural está operando sobre los factores enlentecedores del desarrollo, y la educación es uno de ellos. Cada vez más se tiende a una educación más diversificada, menos masificada, que ofrezca innumerables alternativas; una educación que cree una cultura técnica en la sociedad sobre su forma de relacionarse con las nuevas tecnologías y que capacite a la gente para la innovación, los emprendimientos individuales o colectivos y el nuevo mundo del trabajo. Pero, a su vez, la educación se convierte en una de las pocas armas con que contamos para defendernos de la desintegración social. La sociedad de la informática y las telecomunicaciones, llena de atractivos y posibilidades, también golpea muy fuerte a estructuras sociales muy integradas como la nuestra. Es a parir de la reformulación de nuestro sistema educativo –con un claro fin social- que podremos neutralizar esos efectos negativos de la nueva era.

Nuestro problema en relación con el sistema educativo, no pasa por la adecuación a los nuevos desafíos tecnológicos. Si ésta fuera la única dificultad, estaríamos en igual situación que el resto del mundo y en definitiva, encarando una labor que, de aquí en más, seguramente sea permanente. Uruguay requiere de una profunda transformación del sistema educativo que nos ayude a construir una nueva identidad nacional. Creo que debemos ir mucho más allá de la simple adecuación de la enseñanza formal a las nuevas realidades del mercado de trabajo, como se plantean algunos reformistas. Ello sería simplemente manejar la transición de un modo de producción a otro, lo cual también hay que hacer, pero es insuficiente. Pienso que en muchos aspectos el Uruguay es un país culturalmente bloqueado, y romper con esos bloqueos es una ardua tarea en la cual el sistema educativo jugará un rol clave. Lógicamente que los resultados de cualquier cambio a nivel educativo no se obtienen en un futuro inmediato, pero el largo plazo hace tiempo que está corriendo y aunque muchos uruguayos no lo cran así, algún día también se convertirá en presente.

El enfoque que Germán Rama le dio a la reforma justamente pretendió una adecuación a los nuevos tiempos, pero mantuvo vigentes los viejos paradigmas educativos del Uruguay de principios del siglo pasado. En lo personal, estoy convencido que debemos ir mucho más allá, comenzando por cuestionar esos viejos paradigmas con más de un siglo de antigüedad y que, por tanto, responden a otro país, otra sociedad y otro mundo. En más de una oportunidad, participando de seminarios o mesas redondas sobre el tema educativo, me vi enfrentado con algún participante que en términos muy duros me increpaba por estar cuestionando la vigencia de José Pedro Varela. Cuando yo le respondía que sí, que efectivamente negaba su vigencia, inmediatamente se rompía el diálogo porque a los dogmas no se los puede cuestionar. Seguramente esto es producto de un sistema educativo que se enorgullece de fomentar el “espíritu crítico”, gracias a Varela, claro.

(Transcripción del Capítulo 10 del libro “El Problema está en Nosotros” de Juan C. Doyenart) (Editorial Fin de Siglo – 2003)

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