SALIR DEL ARMARIO…  Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

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Los libros de Nassim Taleb siempre traen algunas historias representativas como introducción a sus ideas. En el caso de los límites del conocimiento, ha expuesto lo que piensa a través de la metáfora del lecho de Procusto, un personaje mitológico, dueño de una posada que solo tenía un tamaño de cama y cada huésped debía encajar en ella de forma exacta. Si era más grande, Procusto le quitaba los pies o las piernas para que cupiera. Si era más pequeño, lo estiraba hasta que alcanzara las medidas del lecho. Así ve Taleb a los modelos teóricos. Estos son como ese lecho y la realidad se estira o se encoge para que se ajuste a ellos.

Así resolvió Gramsci su dilema de que la historia no producía la revolución que Marx había preanunciado en su teoría utópica del cambio social. La obra de Gramsci es la principal inspiración para reflotar a la izquierda post caída del Muro. El marxismo adolece de la confusión entre ser y deber ser. Plantea la historia del hombre en términos teleológicos descritos con vanidad de científicos, expresados con la llamada a adherirse en nombre de una injusticia cósmica. Una injusticia necesaria, pero inaceptable que conduce de forma inexorable a la acción revolucionaria de los miembros de una sociedad. Marx promovía una política de laissez faire esperando la claudicación del capitalismo y la llegada de “la justicia” comunista. Sin embargo, varias generaciones de urgidos feligreses del marxismo aplicado, apuntalaron a totalitarismos de toda laya, criticando con dureza que el libre desarrollo del mercado postergaba llevarnos a las puertas de su paraíso. La teoría de la historia de Marx no otorga a los líderes ningún papel; la sola eclosión del capitalismo, tarde o temprano, precipitaría al hombre nuevo. Pero esto no ocurría, o se demoraba demasiado para Gramsci. El marxismo histórico identifica al líder con el científico teórico que posee el conocimiento de la verdad. Esa identificación ha llevado a considerar como grandes teóricos a auténticos crápulas, como Lenin, Stalin, o Mao. Antonio Gramsci se preocupó por resolver estas contradicciones; y lo logró; aunque para ello tuvo que hacer un gran sacrificio: el del marxismo. Antonio Gramsci fue a Rusia en su etapa revolucionaria de 1917. Se llevó a Italia en 1923 la misión de crear un frente de izquierdas que luchase contra el fascismo. En 1926, con la excusa de un falso intento de atentado contra Mussolini, el dictador fascista adopta varias medidas represivas; entre ellas, el encarcelamiento de Gramsci, a pesar de contar con inmunidad parlamentaria. En la cárcel escribió su obra más importante, en la que planteó la necesidad de aunar la teoría marxista con una filosofía política que llamase a la acción; una “filosofía de la praxis”. También quería resolver por qué la historia no había traído la esperada revolución a algunos países, en la práctica totalidad. Gramsci halló la respuesta en su teoría de la “hegemonía”. El capitalismo puede dar sus frutos podridos en forma de contradicciones, pero la eficacia de que ello traiga su liquidación puede quedarse en pólvora mojada si encuentra frenos eficaces para paralizar el curso de la historia. Esos frenos son más complejos que los que describió el “profeta” Marx. La clase burguesa posee los medios de producción, pero también establece una hegemonía política y cultural por medio de la sociedad y sus instituciones; y del Estado. La estructura (los medios de producción) determinan la superestructura (la cultura) que divide la sociedad en clases, y éstas actúan en función de sus intereses. Pero la clase burguesa se dota además de unos medios (educación, medios de comunicación, religión…) que construyen y refuerzan esa hegemonía cultural, que asienta ideas contra revolucionarias, y por tanto socavan la eficacia de la presión desde la base material hacia una “revolución liberadora”. Esta situación abre infinidad de vías de acción, que se resumen en el objetivo de tomar todas las instituciones, romper esa hegemonía cultural burguesa, y substituirla por otra de carácter comunista. La revolución ya no es una fuerza que nos arrolla, sino una acción de la que somos protagonistas militantes. Por esa vía, Gramsci explica la ineficacia de la teoría marxista, pues crisis económica y sistema burgués parecen convivir sin revolución. Acuña una “filosofía de la praxis”, una llamada a la acción cultural que pasa por ocupar todas las instituciones, públicas y privadas, y someterlas a la prédica revolucionaria. Destroza el edificio teórico de Karl Marx, al menos en su aspecto pretendidamente científico. Pero es un sacrificio necesario; el tiempo corre, la promesa de un paraíso perfectamente justo quema en el corazón y hay que traerlo a la experiencia humana sin más dilación. Y en esa política marxista, en esa “revolución” los intelectuales tienen un papel que jugar, la misión que le encargó Lenin al propio Gramsci, pasa por la construcción de un “bloque histórico” que aúne las fuerzas de forma armónica y efectiva. Ese agente, ese “príncipe moderno” que menciona Gramsci, es el partido y su coordinación internacional. Sólo el partido puede lograr esa substitución de una hegemonía por otra. Las masas deben una total sumisión al mismo; los intelectuales tienen la misión de guiarlo hasta la victoria final.

Gramsci murió en 1937. Su obra no adquirió verdadera importancia hasta los años 60 como principal inspiración de la “nueva izquierda” que condujo primero a la KGB a impulsar a Castro y éste difumina la guerra revolucionaria por varios continentes. Una vez que implosiona la URSS Castro y Lula da Silva conjuntan los desbandados comunistas en el “Foro de San Pablo”. La política revolucionaria consiste en tomar, una por una, la miríada de organismos sociales, desde las asociaciones de vecinos a las estudiantiles, y las científicas, y someterlas a la disciplina del PARTIDO COMUNISTA. Gramsci, lo entendió muy bien: así ir alcanzando una hegemonía cultural acorde con sus ideas. Basta con que esté generalizada esa “imagen” de hegemonía por parte de un grupo, sea o no realmente mayoritario, para que el mismo gane adeptos sin casi esfuerzo, por ser contestatario con la institucionalidad desprestigiada. Por eso es tan importante el dominio de los medios de comunicación y la educación; para tener una sociedad ignorante, apática, relativista, farandulera, necesitada, dominable.

El problema es que si nuestras sociedades pierden esa batalla cultural se habrán acabado nuestras libertades tal y como las entendemos, haya o no separación de poderes, pesos y contrapesos, porque la mayoría impondrá lo que “se debe querer” y los disidentes no tendremos voz. La cultura es la más nociva de las tres patas de la ecuación, puesto que su hegemonía es sibilina y no suele hacerse evidente para el gran público. Los dogmas de izquierdas y derechas pueden instaurarse paulatinamente en la cosmovisión mayoritaria sin apenas ser perceptible. En la actualidad, el paradigma de pensamiento, en Occidente, está decantado hacia la izquierda. Cuestiones como: la mala prensa que tiene el capitalismo, la aceptación del aborto como “un derecho”, el ecologismo – una forma más de estatismo internacional y colectivismo – como nueva religión política, el feminismo como igualdad entre sexos, el choque de civilizaciones/religiones contrarias a los valores occidentales, entre otros. Y la pregunta es: ¿cómo ha cambiado el arquetipo? Según Taleb, suele ocurrir que una minoría, muy estridente, se impone a una mayoría que simplemente no incurre en cuestiones políticas, ya sea por desidia, falta de cultura o una irracionalidad excepcional, puesto que, el costo de oportunidad que pagamos es muy elevado. La batalla de las ideas ha sido dejada en manos de una élite intelectual que vive en su torre de marfil y que pregona slogans que calan en la sociedad. Los intelectuales han tenido, desde Platón¸ una tendencia marcada hacia posiciones colectivistas. Basta acercarse a una facultad de ciencias políticas, sociología, historia, antropología, literatura, filosofía, psicología, educación, economía, para darse cuenta del excelso predominio actual de las izquierdas. Los historiadores de cabecera siguen siendo de un fuerte cuño marxista. El gran problema es que no tenemos muchos liberales, entre el olimpo de los que tratan la historia, la memoria colectiva. Es el caso de la resistencia al libro de historia reciente contada por Sanguinetti, rechazada por ser contraria a la hegemonía cultural. Desde Vargas Llosa a Eduardo Galeano pasando por Joan Manuel Serrat, abdicaron de su prédica ideológica marxista. Viejos ya, quieren descargar la mochila que los adhiera a mequetrefes de la laya de Mao, Kim Jon-un, Fidel y Raúl Castro, Chávez, Maduro, Ortega, y otros muchos tiranos posmodernos.

El proceso de llegada al poder del FA fue precedido por un trabajo de zapa gramsciano en la educación y el sindicalismo, que ha convencido a buena parte de nuestros actuales profesionales que este sistema institucional tiene que caer. Para ello, hay que demostrar que la economía claudica frente a la pobreza; la educación claudica en permitir oportunidades de ascenso social; y la Justicia atropella a los marginados. Para los “conversos” es inevitable llegar a implantar “una educación popular” sesgada de izquierda. Hay únicamente “izquierdos humanos”. La consigna es hacer claudicar a las instituciones y con ellas al sistema, convirtiéndolas en maquinaria no operativa, burocrática; dispendio de recursos de quienes se sacrifican en sostenerla. Frente al cambio de gobierno de base liberal, no permiten ningún cambio que retrase la destrucción del sistema. Han copado el frente cultural, las organizaciones “sociales” como las ollas populares; han encontrado aliados en operadores de la Justicia, y han desarrollado la más cerril oposición desde el frente sindical, subsumido al político opositor. Exagerando que los cambios son impertinentes y los más humildes son perjudicados; no proponen alternativa. Su objetivo gramsciano es ocultar acciones de corrupción, de endeudamiento internacional, y las causas de la inflación que nos convirtió en un “país caro”. Han lastrado la producción exportable de alimentos. Luchan contra la concesión de un Hub logístico portuario-comercial modelo en la región. Impiden atender las urgencias como el abastecimiento de agua potable. Promueven la confrontación contra el orden económico, ser amigable con el inversor para generar trabajo sustentable, en la cuarta revolución tecnológica.

El sistema político está viejo y acepta sin pelear la rendición anticipada ante la batalla cultural. Su viejo clientelismo y electoralismo piensa contagiado en términos favorables a los gramscianos. No quiere confrontar con quienes están en estado de “revolución” dialéctica permanente. Dentro del armario, intentan no dar justificación a la violencia lo que amerita una respuesta de espacio ganado. Los gramscianos quieren retrasar los cambios, que sean gradualistas y consensuados; mientras se burlan del gobierno con las ocupaciones. El que sufre no puede esperar; el que no tiene trabajo, tampoco; menos, el que prefiere emigrar multiplicando el millón de uruguayos que ya lo hicieron. La inoperancia en cambiar el desastre heredado, deja intactas las frustraciones; y con ellas, encubren el tendal de acciones corruptas que dilapidaron el dinero, absolutamente impunes del gobierno anterior. Esto les da un espacio para la crítica a las instituciones por insensibilidad. No es solamente tener instituciones. sino que las mismas sean sólidas, operativas, eficaces, eficientes; y estén atentas a las necesidades urgentes. Nuestra estabilidad institucionalidad fue muy importante para acabar con las guerras civiles. Forjó el aluvión de prosperidad que tuvimos en el último tercio del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Fue una fortaleza para la emigración esforzada, preparada, culta y trabajadora. Un país confiable, respetuoso de la libertad, cuidadoso de la propiedad de lo que se ganaba con esfuerzo. Un sistema educativo que forjó la sociedad ilustrada, polifacética, crítica y constructora de equidad de oportunidades, y un formidable avance que anticipó la idea del capital humano. Y tuvimos una suerte bárbara: se descubrieron los barcos a vapor frigoríficos y el ferrocarril, que bajaron 99% nuestros costos de producción. Hacíamos vaquerías; y nos convertimos en praderas fértiles y ricas.

Ahora tenemos la oportunidad nuevamente de crear una nueva institucionalidad, resistente a los embates de nuestros enemigos, dejando atrás definitivamente las cosas que se hicieron mal. Una oportunidad de liberarnos de la batalla cultural, conscientes de que estamos en guerra.  Revisar los errores que nos llevaron a esta debilidad; y no perder tiempo para operar drásticamente el cambio. Hasta que los sectores de los politólogos, sociólogos, historiadores, criminólogos, antropólogos, economistas, juristas, doctores y POLITICOS, no se quiten de encima la “batalla cultural” en la que nos metió Gramsci, siempre estaremos librados al destino autodestructivo que sirve a sus bastardos intereses. En lugar de prospectiva nuestra última oportunidad gerencial prefiere procrastinar. A este ritmo, y con objetivos mediatos a lo que centralmente hay que restaurar con urgencia, probando que se puede vivir mejor, jamás se enterarán que los ganó Gramsci. Parece que tampoco nos hemos enterado muchos que siguen discutiendo banalidades, aunque nos vaya en ello; poder vivir la vida libre y responsablemente, como la hemos entendido hasta ahora. Mientras no lo hacemos los gramscianos trabajan.

Es imperioso entenderlo. Es urgente, en esta guerra, ¡SALIR DEL ARMARIO!

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