C H O R R A. Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

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Enrique Santos Discépolo fue un intérprete indispensable de la realidad. Un visionario que tuvo creaciones atemporales propias de la teoría cuántica, en la cual el observador de un hecho influye en la manera en que ese hecho es percibido. Así nos permite analizar los hechos actuales, con esta magnífica exposición de personajes que puede resumir el presente:

“Por ser bueno me pusiste a la miseria. Me dejaste en la palmera. Me afanaste hasta el color. En seis meses me comiste el mercadito, La casilla de la feria
La ganchera, el mostrador. ¡Chorra! Me robaste hasta el amor. Ahura, tanto me asusta una mina, que si en la calle me afila, me pongo al lao del botón. Lo que más bronca me da, es haber sido tan gil. Si hace un mes me desayuno
con lo que he sabido ayer, no es a mí que me cachaban tus rebusques de mujer. Hoy me entero que tu mama, noble viuda de un guerrero, es la chorra de más fama que pisó la Treinta y Tres. Y he sabido que el guerrero, que murió lleno de honor. Ni murió ni fue guerrero como me engrupiste vos. Está en cana pronturiado, como agente ‘e la camorra, profesor de cachiporra
malandrín y estafador” …y aquí un arreglo propio para remasterizar aquel tango: ¡Chorros! ¡Vos, el tuerto y los demás! ¡Guarda! Cuídense porque anda suelta. Si los cacha, los da vuelta. No les da tiempo a rajar. Lo que más bronca me da…es haber sido tan gil…”.

Estas confiscaciones de falsarios se dan entre dirigentes políticos y quienes en ellos confían, escondidas en promesas de amor a la igualdad humana.

En una tarde de 1918, el notable economista Joseph Schumpeter y el padre de la sociología moderna, Max Weber, se encontraron en un café de Viena para intercambiar impresiones acerca de la revolución rusa. El primero estaba excitado ante la perspectiva de que la teoría de Marx probara su viabilidad en el terreno, pero el segundo se mostraba seguro de que esa práctica conduciría a la miseria y a la violencia. “Sí, eso es lo que ocurrirá –aceptaba Schumpeter–. Pero qué perfecto experimento de laboratorio”. Weber se exaltó: “¡Un laboratorio en el que se apilarán montañas de cadáveres!”. Schumpeter no abandonó su gélida mirada: “Lo mismo se podría decir de cualquier sala de disección”. Los testigos narran que intentaron sin éxito desviarlos de esa polémica, pero que ambos se enroscaron en sus posiciones; el primero con su sarcasmo, el segundo con su indignación. Cuando el cruce alcanzó su punto máximo, Weber se levantó de la silla y se marchó de manera intempestiva, olvidando incluso su sombrero. No movió un músculo su interlocutor, apenas esbozó una sonrisa: “¿Cómo puede un hombre gritar tan fuerte en un café?”. Añade de su cosecha el filósofo francés Jean-François Revel: “Como economista, Schumpeter pensaba que el fracaso significaría refutación. Como sociólogo, Weber sabía que ninguna utopía se siente jamás refutada por su fracaso”. En aquel tiempo ese “experimento científico” condujo al martirologio infame de cientos de millones de personas. Enajenados mentales que abusaron del poder no quisieron detener la barbarie, antes de que ese experimento asesino marcara a fuego hasta hoy a la humanidad entera.

Igual que entonces, una cofradía de chorros que saben que robotizar a la humanidad entera implosionó, arrastrando a sociedades enteras a un holocausto que no logran superar, aprovechan la ingenuidad, el egoísmo y la envidia, aprovechando la misma poción venenosa. Engaño fatal que oculta una voracidad rapiñera infame, que se instala en el poder, conculca cualquier derecho a rebelarse, conformando una telaraña que todo lo pudre. Una mafia rabiosa corroe a la sociedad construyendo anomia global para perpetuarse. Ladrones, que utilizan cualquier medio arteramente para profundizar el saqueo y la impunidad sin consideración a sus víctimas. Estas bestias ansiosas de poder absoluto no tienen ideología. No sienten el dolor ajeno. No tienen misericordia ni por sus propios sucesores. Son animales de mala entraña que no los sofrena el daño irreparable a millones de sus conciudadanos. Atribuir a una administración política ser de izquierda, de centro o de derecha, categorías de difícil deslinde, es calificarla ideológicamente. Esto es otra cosa. Es una camarilla que llega al poder con el fin de saquear a su país y consorciarse con los de afuera. Quienes la integran, bajo cualquiera de esas máscaras, son algo muy distinto a pensadores: son ladrones. Se mencionan como gobiernos de izquierda, entre otros, a los de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, cuando en realidad se trata de grupos encaramadas en el poder en los que nepotismo y despotismo van de la mano (y talla fuerte el narcotráfico). Cuando se dice que son de izquierda, se los emparenta con sensibilidad social por el trabajador abusado, el desposeído, los más infelices en el sentido expresado por el General José Artigas. Líderes, gobernantes de modestia y corrección ejemplares, que usaron con respeto los recursos públicos, permitiendo que en sus países los decentes tuvieran oportunidades de ascenso social. La supuesta izquierda de estos lares tiene prisa. Rebosa de súbitas fortunas hechas a costa del erario público. En la Rusia comunista la corrupción tardó siete décadas en salir a la luz; en Cuba espera en las catacumbas de la dictadura; en nuestro continente acumula fuerzas cultivando el pobrismo. Los hoy llamados nuevos rusos, trasladan sus fortunas a Occidente, yatchs y clubes de fútbol incluidos, expolios del desguace del aparato estatal que decían era propiedad colectiva.

Los ladrones de ahora no quieren esperar tanto. Los K y sus casi cuatro gobiernos, los Lulas y sus empresarios corruptos, conformaron de pique una camarilla en la confluyen personajes de pasados muy opuestos, unidos hoy por la corrupción o, por ser silenciosos cómplices de ella. Hoy en Argentina llevan dos vicepresidentes sentenciados por robar. Boudou ya fue preso por enriquecimiento ilícito. El martes un tribunal penal, después de catorce años de soportar todo tipo de amenazas, corruptelas internas y vejámenes, condenó a la vicepresidente actual del país, Cristina Fernández de Kirchner, a 6 años de prisión por el delito de administración fraudulenta durante los 12 años que gobernaron ella y el difunto Néstor Kirchner. Por este único juicio se les reclama 84.835 millones de pesos que robaron del trabajo de personas.  Hay que agregarle el efecto cascada que prohijó tantos otros saqueos, empedrando el infame camino mendicante de los argentinos. Aún ahora su cofradía maneja las “cajas” enterrando en sus bolsillos el dinero público. Hacen millones administrando planes asistenciales, cuyos explotados esclavos actúan como “extras” de reparto cuando se fingen marchas espontáneas. Vulgarizando lo de Borges: «No los une el amor, sino el afano».

Hubo lugar para que Néstor abrazara amorosamente su caja fuerte; para que en la Rosadita se despacharan millones al extranjero para lavarlos. También para fingir que un ex cajero de banco -Lázaro Baéz- se convirtiera en el mayor latifundista del país en unos meses mediante la obra pública que le adjudicaran los K y sus retornos. Pero eran, «…difamaciones de la derecha y la prensa oligárquica». Los únicos pobres enriquecidos en fortuna fueron secretarios, jardineros, cocineros, y amantes. La vicepresidente, exhibiendo la cleptomanía de dinero público, exigió y logró que se le paguen siete millones de pesos mensuales acumulando -ilegalmente- su jubilación con la pensión por viudez de su marido.  Y que todas las reparticiones públicas que en el gobierno anterior llevaron a juicio sus desfalcos retiraran las denuncias. Periodistas, morales de apellido e inmorales en su acción, se suman a coimeros para purgar su pasado cantando loas K y a su “martirologio popular”, sacrificado en el altar de una justicia “law fare”. Cristina se dice fusilada por los jueces honestos. Mientras un juez a su servicio, convoca a una pueblada contra sus pares que dictaron la sentencia que la declaró unánimemente: delincuente. Argentina toda, está asaltada por una mafia que ama al capital de otros, la sentencia de condena lo confirma. Cada día mantienen en la pobreza según su estadística a dieciocho millones de seres humanos. En realidad, descontados los planeros, más de la mitad de los argentinos son sus pobres.

En el Uruguay, también tuvimos a un vicepresidente renunciando y condenado por corrupción, formados en el mismo slogan. Los que metieron la pata y la mano en la lata, reportan un desfile de renunciantes preventivos, y condenados judiciales, que debiera extinguir la credibilidad del proyecto “progresista y popular”. Pero, no parece ser el caso.

Las sociedades todas, viven un juego de hipócritas, cuando por superar el umbral de desesperanza de “todos son iguales” entregan el poder a chorros. Éstos cumplen el pacto mafioso internacional: profundizar el saqueo natural sin límites de voracidad “compañera”. Hacen cómplices a los más ineptos e inmorales. Construyen pobreza, desempleo e indigencia; mendicantes propiciatorios desesperados por migajas del saqueo, que paradójicamente los condena a la esclavitud perpetua. Esa condición ladrona permea en cada resquicio de la administración convocando al festín mafioso a especuladores internacionales. La economía fenece al ritmo de los chorros parásitos.

Hastiados de pervivir en esa ciénaga, algunos votantes se han rebelado. Pero revertir la parálisis al crecimiento económico requiere confianza en el nuevo gobierno, que éste limpie el prontuario de los gobiernos chorros históricos condenando rápidamente a los corruptos. Y exhibir no serlo, como la mujer del César. Pero, como sucedió en Argentina, y puede pasar en Uruguay, cuando se agota la credibilidad por la excesiva lentitud en las transformaciones vuelven los desesperados a adorar a falsos profetas de nuevos apellidos.

La calaña de inmoralidad de los chorros no tiene límites. Trancan los cambios. Repiten discursos críticos. Invocan machaconamente la rapiña de otros. Amenazan profundizar el saqueo de quienes todavía trabajan. Construyen inseguridad a la inversión amenazando “volver mejores”. La mediocre performance de los tibios reformistas, condena a una tonalidad gris en el bolsillo de la gente. Es lo que aprovechan estos viejos chorros consorciados para erigirse, otra vez, en adalides del reparto cómplice del botín: cargos políticos, más gasto asistencialista, multiplicación de privilegiados. Y así, seguimos bajando hasta los sótanos del desencanto por el sistema, cuando hipócritamente le pedimos que corrijan lo anterior cuando votamos, pero sin tocar los intereses prebendarios construidos por el sistema político. Aquellos a quienes ponemos a cargo del Estado se transforman naturalmente en una organización criminal contra nosotros mismos. En definitiva, la falsa ilusión de igualdad, se convierte en la confiscación total al que emprende, se anima a crear trabajo, arriesga sus ahorros. Todo termina con la peor desigualdad: los tiranos, y todos los demás. Se consagra el triunfo de la envidia que asegura que quien haya nacido pobre, muera pobre.

Parafraseando al Gran Discépolo: CHORROS.

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