CIUDAD GOTICA Y EL FUTURO IMPERFECTO… Por Nelson Jorge Mosco Castellano

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Mientras en nuestra ciudad Gótica, la reina malvada multiplica las calles peatonales, en contra de los comerciantes que todavía intentan venderle a un público inexistente, y pululan los locales de viejos emprendimientos cerrados; quiere vender una parte del Neptuno para seguir multiplicando apartamentos a los que no se accede por falta de capacidad adquisitiva; y en lugar de tapar los cráteres de las calles multiplica ciclovías en 18 de Julio a la que no se puede acceder al atardecer por quienes pernoctan tirados en las veredas. Mientras el presidente viaja en turista a la ONU, legisladores del MPP viajan en primera, redistribuyendo nuestra magra fortuna. Mientras presuntos familiares siguen pleiteando para evitar que se conozcan los archivos vetustos del pasado “reciente”, generando algún manguito para “la causa”. Mientras muertos vivientes drogados toman zonas enteras liberadas del control público a riesgo de que los curtan a pedradas y balazos. Mientras se multiplican como hongos los precandidatos, asegurándose un carguito consuelo por si acaso. El mundo tecnológico sigue andando, lejos de temas perimidos.

Durante las próximas diez elecciones (si es que todavía queda margen para el carnaval electoral) el mundo habrá cambiado absolutamente; los ciborgs habrán corregido definitivamente utopías siempre fracasadas y holocaustos millonarios en vidas humanas. La inteligencia artificial estará corrigiendo a infradotados (sus propios creadores); y la ciencia, sin valores, utilizada para el mal podrá concretar el fin de la historia humana.

 En “FUTURO IMPERFECTO: TECNOLOGÍA Y LIBERTAD EN UN MUNDO INCIERTO” David Friedman se aventura a especular sobre los rumbos del desarrollo tecnológico en las próximas décadas y sus implicaciones sociales y políticas. Si queremos intentar predecir cómo será el mundo en 2100 deberíamos echar la vista un siglo atrás y preguntarnos si nuestros ancestros hubieran podido adivinar nuestro presente. El futuro, como advierte David Friedman, es radicalmente incierto. Pero eso no es óbice para que el reputado economista y teórico anarcocapitalista (además de físico, profesor de derecho y novelista) nos alerte sobre posibles efectos del desarrollo tecnológico y sus implicaciones sociales y políticas. Lejos pretender ser un Nostradamus libertario, quiere retar nuestro intelecto con un conjunto de futuribles plausibles que podrían dejar obsoleta la realidad tal y como la conocemos (para bien o para mal). Desarrollar ciencia ficción con el rigor de la primera y con el afán de plantearnos nuevos dilemas, que dejarían muy atrás las discusiones absurdas que nos platea la gobernanza local e internacional, ajenas a un mundo que ya llegó para cambiarnos.

Desde la Revolución Industrial la humanidad ha experimentado una mejora continua en prácticamente todos los ámbitos. Si el pasado sirve de referencia para el futuro, lo mejor está por llegar. Las personas tenemos un sesgo pesimista que nos hace juzgar negativamente la evolución de las cosas. Convertimos una mala noticia en tendencia, pero, a la luz de los hechos, lo más racional es ser positivo. El habitante medio del planeta tiene unos ingresos reales tres veces superiores que hace 50 años, y, la mejora más sustancial: lo que podemos comprar ahora que antes no existía creció exponencialmente: desde vuelos lowcost a tratamientos médicos pasando por smartphones, internet, GPS, suscripción al gym o alimentos sin gluten. La persona media vive un tercio más que hace 50 años y entierra dos tercios menos de sus hijos. La cantidad de alimento por habitante no ha dejado de aumentar en todos los continentes, pese a haberse doblado la población. Las hambrunas son poco comunes, lo mismo que la incidencia de epidemias previamente extendidas como la polio, el sarampión, la fiebre amarilla, la difteria, el cólera, la fiebre tifoidea o el tifus. La probabilidad de morir de una sequía, inundación o tormenta es un 98% más baja que hace un siglo. El aire y los ríos están más limpios que décadas atrás, y la superficie forestal aumenta en muchos países. Los crímenes violentos de todo tipo estadísticamente están en declive en el mundo global, lo mismo que el castigo corporal y el maltrato animal. La democracia con economías mixtas toma el relevo de tiranías varias y economías planificadas. Apenas quedan un puñado de déspotas de renombre.

El futuro quizás sigue la misma trayectoria ascendente, pero emerge un interrogante: ¿resistirán nuestras concepciones políticas los cambios que se avecinan? Tendemos a proyectar al futuro los retos políticos presentes, pero ni los problemas ni las soluciones tienen por qué ser los mismos. Por ejemplo, preocupa la sostenibilidad del sistema previsional de reparto en el contexto de una pirámide demográfica que se va invirtiendo, y desde el liberalismo se propone transicionar a un sistema de capitalización individual. Pero ningún modelo llega a contemplar una transformación demográfica como la que se produciría si las iniciativas contra el envejecimiento celular tienen éxito y los humanos vivimos varios siglos de forma saludable, o si la criogenización tras la muerte y posterior reanimación décadas después se demuestra factible y su práctica se extiende. En un contexto tal, el problema ya no sería tanto el sistema como el concepto de “jubilarse a los 70”.

Otro ejemplo sería el desarrollo de la inteligencia artificial. ¿Cómo se regularía nuestra convivencia con computadoras vastamente más inteligentes que nosotros? ¿O si algunos humanos llegaran a integrar AI en sus cerebros convirtiéndose en una suerte de superhombres? Al fin y al cabo, hoy en día no se concede la misma capacidad jurídica a todas las personas con independencia de su inteligencia o autonomía moral: niños o personas con discapacidad mental están sujetos a la tutela de terceros al disponer de bienes para evitar que puedan ser engañados en su perjuicio. ¿Hasta qué punto el individuo común no se encontrará en una situación análoga frente a seres hiperinteligentes?

Consideremos otro fenómeno que puede resultar de este desequilibrio: la desigualdad material. Al liberalismo no le preocupa la desigualdad fruto del mercado, pero a mucha gente sí. La desigualdad en el mundo se ha reducido en los últimos tiempos debido a que los países menos desarrollados crecen más rápido que los países ricos, tal como sucede con los países asiáticos y la India. Pero el futuro podría traer divergencias más extremas. Tyler Cowen, en “Se acabó el promedio: Impulsar a Estados Unidos más allá de la era del gran estancamiento”, sugiere una polarización de la sociedad en base a su relación con las nuevas tecnologías: una clase alta mucho más extensa y adinerada que en la actualidad, formada por el segmento de la sociedad cuyas habilidades son complementarias a las nuevas tecnologías (robotización, inteligencia artificial etc.), y una clase baja también extensa formada por quienes no tienen esas habilidades complementarias. ¿Puede el liberalismo resistir el envite de la envidia y el afán redistribuidor en un escenario así de polarizado? El desarrollo tecnológico no solo puede alterar el contenido del debate ético-político, en el sentido de adaptar los principios liberales a nuevas realidades. También puede, y ésta es una idea sugerente, dejar obsoleto el debate en sí, al menos en su formulación actual “Estado vs. mercado”. El Estado y sus regulaciones podrían devenir progresivamente irrelevantes sin necesidad de persuadir a la mayoría de la población de ninguna agenda política liberal. La mano invisible del mercado y la competencia descentralizada podrían conseguir lo que el activismo redistribuidor, y el reformismo, no han conseguido. Esta tendencia ya la vemos en la actualidad con nuevas tecnologías que erosionan los monopolios estatales, desbordan sus regulaciones o escapan a su control. Uber, Lyft o Cabify amenazan el sistema monopolístico de licencias del taxi mientras Airbnb liberaliza desde abajo el alquiler de pisos y habitaciones. La moneda bitcoin opera a la sombra del Banco Central, los usuarios del sistema Tor comercian con drogas de forma anónima, y Pirate Bay y Torrent facilitan la descarga de cualquier material audiovisual soslayando las leyes de copyright.  El crowdfunding acerca la inversión en startups a los pequeños ahorradores y GiveWell muestra el camino del altruismo eficiente al margen del Estado.

Los niveles de censura y el control informativo de los tiempos del stalinismo son difíciles de concebir en el mundo de internet, los blogs, Twitter (ahora X), Whatsapp, Facebook y Youtube; y pese a que la privacidad en la red se ha visto atacada por agencias estatales con la aquiescencia de grandes corporaciones, empiezan a brotar alternativas como Silent Circle, Spider Oak o Whispers Systems, que encriptan sin concesiones todos los datos. También en el ámbito de la sanidad varias tecnologías disruptivas como 23&me (diagnóstico genético doméstico a través de saliva), Healthtab (consultas médicas a través de smartphone) o Basis (pulseras para registrar el ritmo cardíaco y los patrones de sueño) tienen el potencial de transformar el statu quo centralizado de nuestro posmoderno sistema médico. Más y mejor tecnología, al fin y al cabo, implica más capacidad para hacer cosas que queremos hacer, o hacerlas más rápido. En este sentido el desarrollo tecnológico parece que solo puede tener consecuencias positivas, con una condición: los efectos de las nuevas tecnologías deben quedar circunscritos a quienes voluntariamente participan de ellas, sin producir externalidades globales que perjudican a terceros. La gran paradoja es que la aplicación de los principios liberales (respeto a la propiedad privada) ha permitido el desarrollo tecnológico, pero el desarrollo tecnológico podría hacer inaplicable estos principios si sus efectos se amplifican y desbordan los contornos de las respectivas propiedades.

Históricamente las nuevas tecnologías han multiplicado nuestras posibilidades de acción, pero no han amplificado sus efectos dotándolas del potencial de invadir el espacio ajeno. Nuestras acciones tienen efectos locales, sobre nosotros y quienes interactúan con nosotros En este contexto la definición de derechos de propiedad y su defensa es sencilla: los contornos de las respectivas propiedades son visibles para todos, las agresiones (y los agresores) son fácilmente identificables y reprensibles. Este respeto por la propiedad y su corolario, el comercio, es el fundamento del progreso humano. Un sistema basado en la competencia y cooperación descentralizada, en la que millones de individuos se especializan en distintas tareas de acuerdo con sus habilidades, sus intereses y su conocimiento particular, experimentan con sus ideas, invierten sus esfuerzos y recursos, y luego comparten e intercambian sus soluciones en el mercado. Los precios y la rentabilidad guían la búsqueda hacia la satisfacción de las necesidades más demandadas por la gente. Las ganancias indican que los consumidores valoran más lo que ofreces de lo que cuesta producirlo, y las pérdidas indican que despilfarras recursos. Es un mecanismo de prueba y error con los incentivos internos para autocorregirse: las buenas soluciones son premiadas con beneficios y empiezan a ser imitadas y perfeccionadas, las malas soluciones son castigadas con pérdidas y son abandonadas.

El comercio es a la evolución cultural, dice Matt Ridley, lo que el sexo es a la evolución biológica. El sexo hace que la evolución sea acumulativa porque permite combinar genes de seres distintos. Una mutación que tiene lugar en una criatura puede entonces aunar fuerzas con una mutación de otra. La diferencia entre los humanos y los animales es que nosotros, aparte del sexo biológico, podemos hacer que nuestras ideas “copulen” entre sí. El progreso humano es acumulativo porque intercambiamos, imitamos, diseccionamos y recombinamos ideas. Así, cuanto más “promiscuas” sean las ideas, cuanto más descentralizado y competitivo sea el proceso de creación e intercambio, más fecundo será el mercado. Un sistema que globalmente se fortalece de los pequeños errores y desórdenes que acaecen a escala local. El Estado centralizado y su intervencionismo hacia abajo es una fuente extraordinaria de fragilidad. El afán por intentar planificarlo todo y evitar cualquier tipo de riesgo y volatilidad acarrea un alto precio: la debilitación de la sociedad frente a cualquier desafío imprevisto, y el estancamiento del progreso. Un sistema que no permite el error es un sistema que no permite aprender. Y un sistema que no aprende permanece en la infancia intelectual, frágil ante cualquier amenaza inesperada.

Y aquí volvemos al principio: el aprendizaje global, la autocorrección por prueba y error, solo es posible si los errores o los efectos de la acción en cuestión son locales. El “todo” se beneficia de los experimentos de sus partes siempre que el experimento no tenga un efecto de tal magnitud que aniquile el “todo”. Así, mientras los efectos de las nuevas tecnologías sean básicamente internalizables, como lo han sido hasta la fecha, el futuro no plantea ningún desafío al modelo de coordinación descentralizado. Las tecnologías recientes citadas no alteran el marco actual. Algunas, como las tecnologías de encriptación, incluso lo robustecen, contribuyendo a definir y a proteger mejor los derechos de propiedad. El problema es que en la medida en que las nuevas tecnologías amplifiquen el efecto de nuestras acciones, como plantea Friedman, podrían darse externalidades difíciles de gestionar aplicando los principios tradicionales. Una acción local podría tener repercusiones globales no deseadas, la parte podría dañar el todo. Nuestros mecanismos preventivos podrían ser insuficientes y nuestra reacción quizás llegaría tarde o sería fútil. Friedman se refiere a potenciales peligros de la biotecnología, la nanotecnología y la inteligencia artificial. En el escenario más pesimista, la biotecnología puede facilitar el diseño de plagas letales para la humanidad o para un determinado grupo humano. La nanotecnología haría posible la creación de máquinas de tamaño molecular capaces de autoreproducirse que podrían ser empleadas con fines destructivos. Podría llegar a provocar una «plaga gris»: máquinas ensambladoras de dimensiones moleculares que producirían copias de sí mismas descontroladamente y acabarían consumiendo toda la materia de la biosfera. En cuanto a la inteligencia artificial, si llega a descubrirse, y las computadoras doblan su capacidad cada uno o dos años, en pocas décadas seríamos como chimpancés o roedores para las máquinas y nuestra suerte dependería de que les gustaran las mascotas.

La regulación y la prohibición no parecen las herramientas adecuadas para combatir estas eventualidades. En nuestro afán por evitar plagas podríamos estar impidiendo el desarrollo de numerosas curas. Las mismas tecnologías tienen el potencial de mejorar extraordinariamente nuestra calidad de vida.  La biotecnología podría erradicar las enfermedades genéticas y otras taras de nacimiento, así como elevar el coeficiente intelectual de nuestra especie. La nanotecnología podría utilizarse para reparar nuestros tejidos o crear máquinas que multipliquen exponencialmente nuestra productividad. La inteligencia artificial podría integrarse en el cuerpo humano. Nos aprovecharíamos de sus ventajas y estaríamos al mismo nivel que las computadoras inteligentes, sin riesgo de convertirnos en mascotas o esclavos. Además, la regulación puede ralentizar el desarrollo tecnológico, pero es dudoso que en la práctica pueda inhibirlo indefinidamente. En palabras de Friedman, “…este tren no lleva frenos”. La mayoría de tecnologías descritas en el libro pueden desarrollarse localmente, aunque su alcance sea global. Existen fuertes incentivos para desarrollarlas antes de que lo haga otro, y la presión para aprovecharse de una de ellas una vez inventada por alguien es demasiado irresistible.

Podemos plantear en abstracto, como lo están haciendo muchos científicos, si la humanidad no estaría mejor si determinadas tecnologías no llegaran a desarrollarse, o prescindir de las fuerzas de seguridad si la gente fuera pacífica. Pero no es una disyuntiva real. Un pueblo totalmente desarmado quizás sería más armonioso que un pueblo armados; pero si en el pueblo desarmado aparece un asesino en serie armado hasta los dientes, la opción óptima pasa a ser armar a sus vecinos para defenderse. Si el Estado prohibiera el libre desarrollo tecnológico, terroristas sin escrúpulos, lunáticos solitarios y mafias con genios en su plantilla tendrían el monopolio de las invenciones con potenciales efectos devastadores. La ley no les inhibe hoy desempeñar sus actividades, tampoco lo hará en el futuro. Si, como respuesta, el Estado se arrogara el derecho exclusivo a desarrollar estas tecnologías, no está claro que fuera capaz de desarrollarlas a tiempo o lo bastante eficaces como para contrarrestar las amenazas terroristas. O que fuera a darles un uso benévolo. Al fin y al cabo, el Estado es el ente con el peor historial en materia de derechos humanos. La nanotecnología investigada en laboratorios del gobierno seguramente tendría aplicaciones militares, mientras que los laboratorios privados estarían orientados a servir necesidades reales de los consumidores. Al mismo tiempo, el mercado sería más eficiente diseñando protecciones contra amenazas nanotecnológicas o biotecnológicas creadas por grupos terroristas, o los propios estados.

Este es el gran interrogante del futuro, en el que los líderes están muy lejos de atender en base a sus urgencias relativas inmediata. ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías y sus efectos amenazan nuestro sistema de aprendizaje basado en la propiedad privada y el intercambio, en la experimentación descentralizada, en la prueba y error? El libre mercado es anti frágil, pero solo ante el error y el desorden local, no ante externalidades masivas que matan al paciente antes de que pueda recuperarse. La inquietante paradoja que arroja Futuro Imperfecto es que el mercado, anti frágil por naturaleza, pueda llegar a producir tecnologías que lo fragilicen. Que el sistema que sostiene nuestro bienestar actual al mismo tiempo tenga el potencial de facilitar nuestra destrucción futura. Seguramente, considerando todos los pros y contras, vale la pena correr el riesgo.

El “optimismo racional” sigue siendo la actitud más realista, y en cualquier caso es fútil plantearse una disyuntiva que en la práctica no existe: de este tren no podemos bajarnos.

Quizás sea bueno que Pereyra, Cosse, Orsi, Mujica y los candidatos coaligados multicolores que se esbozan, estén ajenos a estas disyuntivas. Sería muchísimo peor escuchar sus opciones para resolver el futuro imperfecto desde ciudad Gótica, dado que no se han enterado que estamos en un mundo que no admite mantener una organización etática desordenada que parasite al creador de recursos que ya no los soporta.

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