HISPANOAMERICANOS. Por Hilario Castro Trezza

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En el mes de octubre, por el descubrimiento de América un 12 de octubre de 1492, se centran las celebraciones de la Hispanidad, por ello es propicio reflexionar acerca de un tema tan relevante.

Escribía Carlos Rangel en su obra “Del buen salvaje al buen revolucionario”: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre qué queremos ser”. Esta lucida reflexión da importancia a la indagatoria de nuestros orígenes culturales, se nos ha designado como latinoamericanos que es una denominación que comprende todo lo latino y por tanto entra lo español, portugués, francés, italiano, etc.

Otras veces nos autodefinimos como iberoamericanos abarcando lo español y lo portugués. Pero es más propio definirnos como hispanoamericanos dado que España, a justo título llamada madre patria, nos legó el idioma castellano, el cristianismo católico, los usos y costumbres, la filosofía griega y el derecho romano.

En síntesis trasladó a estas tierras americanas los fundamentos de la civilización greco romana y judeo cristiana por medio de un idioma de la envergadura del castellano. Como lo probó Ricardo Levene en un famoso libro las Indias nunca fueron colonias o factorías, formamos parte durante tres siglos, como españoles americanos, del Reino de España que abarcaba el territorio peninsular europeo, parte importante de américa del norte- mucho de cuyos territorios luego fueron anexados por los Estados Unidos- américa central y del sur, Filipinas- que le fue arrebatada junto a Cuba y Puerto Rico en 1898 por los Estados Unidos- y Guinea Ecuatorial en África.

Los Virreinatos, Gobernaciones, Capitanías Generales y Cabildos vertebraban un complejo sistema político donde para comienzos del Siglo XIX los criollos tenían una participación significativa. La obra de España fue inconmensurable en todos los planos del quehacer humano, se eliminó el canibalismo y los sacrificios humanos que practicaban muchos pueblos indígenas, aún los más desarrollados, pueblos que guerreaban permanentemente entre sí; el derecho indiano, heredero del derecho romano, estableció un sólido orden jurídico; el arte y las ciencias se diseminaron; las Universidades llevaron la educación superior al cenit para la época; los hospitales se expandieron para beneficio de la población; había una moneda común en todo el Reino que era el real de a ocho u onza castellana de plata que gozaba de prestigio mundial y ciudades como México y Lima no tenían nada que envidiarle a las capitales europeas.

Los jesuitas llevaron a cabo en sus misiones una labor de integración educativa con los indígenas que puede reputarse de extraordinaria. Obviamente que era un sistema que tenía muchas falencias e injusticias y fundados motivos para la crítica. La leyenda negra antiespañola ha sido rebatida por serias y fundadas investigaciones historiográficas, no obstante los denominados representantes de los pueblos originarios reniegan de este proceso que comenzó un 12 de octubre de 1492, si sus ancestros no hubieran sido colonizados por España no hubiéramos sido la civilización que hoy somos, ello no significa exculparla de sus graves errores muchos de los cuales se agravaron luego de la Independencia.

Aquél sistema que aseguró tres siglos de paz y progreso, explotó en 1808 cuando Napoleón invadió la península ibérica, todas las Juntas que se constituyeron ante la acefalía de la Corona, se declararon fieles al Rey Fernando VII, pero la unidad estaba herida de muerte. El Imperio Británico ya repuesto de la emancipación de sus trece colonias norteamericanas, enfrentaba a Francia, apoyaba a Portugal y apostaba a desintegrar al Imperio Español, de todo ello hay abundante prueba. La estrategia británica daría sus frutos, nuestros Caudillos y sus entornos intelectuales a los pocos años se dejaron tentar por la idea de la secesión, algunos luego se arrepintieron e incluso se retractaron pero ya era demasiado tarde.

La disgregación y la fragmentación fue el resultado y así el Imperio Británico nos dominó hasta bien entrado el siglo XX, para luego de su decadencia, dar paso a la república imperial que son los Estados Unidos que intervino de todas las formas y maneras en nuestros países.

Sin querer hacer historia contra fáctica me pregunto era necesaria la destrucción abrupta del sistema español y la muerte de cientos de miles de hispanoamericanos en las luchas por la “independencia” y luego en las sangrientas guerras intestinas que sobrevivieron a la “emancipación”. La respuesta es no era ni  conveniente, ni oportuna.

Si nuestras elites criollas hubieran tenido un cabal discernimiento de los acontecimientos que se sucedían y Fernando VII no hubiera sido tan inepto luego de su restauración al trono, podríamos haber adoptado la Constitución de Cádiz de 1812, de clara inspiración liberal, que establecía que la Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, con igual representación y derechos.

En cambio nos encandilamos con el modelo norteamericano, que recogen todas nuestras primigenias constituciones, que era imposible trasplantar a sociedades culturalmente muy distintas a las sajonas. Por el contrario los canadienses, los australianos y los neozelandeses nunca se declararon independientes ni republicanos, mantienen su fidelidad la Corona Británica y han consolidado la libertad, la democracia y la  prosperidad.

Si aspiramos a una auténtica integración que nos saque del letargo, debemos empezar a reconocer que nuestra historia no comenzó en 1810, olvidando los tres siglos que la antecedieron.

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