Jorge Larrañaga, Ministro del Interior

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Por: Pluma Blanca


Al pasar los días y a medida que la vida nos arrastra en su devenir, se empieza a sentir más profundamente la pérdida de Don Jorge Larrañaga. Es que empezamos a tomar conciencia de su obra, su ejemplo y su ser.

Su partida sorpresiva nos conmovió con ese impacto inusitado que produce la muerte de un amigo que está en su esplendor. No lo conocía en lo personal, pero sus actitudes lo hacen cercano, muy próximo, un referente para el futuro. Hubo reacciones de reconocimiento y cariño de todos los sectores políticos y sociales, aún de aquellos que en vida le fueron claramente antagónicos. Incluso el Presidente de la República dijo en su despedida que Jorge estaba en su mejor momento. Creo que es una expresión acertadísima. Larrañaga encarnaba en sus hechos al gobierno y al cambio que la gente votó.

Se diría que era un gladiador peleando a muerte, sabiendo su destino y arrostrando el peligro. El propio Larrañaga contó hace poco en una entrevista, que el Presidente había pedido resultados a sus ministros en su primera reunión, y eso fue lo que entregó. Y en ello le fue la vida. Podía haber elegido, seguramente, algo más relacionado con su historia de vida, tal era su posición en el gobierno, pero eligió terminar la obra que había comenzado al recolectar firmas para su Vivir sin Miedo.

Los resultados están a la vista. No solo las estadísticas, pero principalmente la dignidad del Instituto Policial. Su liderazgo comprometido y cercano, devolvió la importancia de la labor social de la Policía Nacional a la vista de todos nosotros. Mantener el orden, hacer cumplir la ley, desalentar la delincuencia y evitar la muerte de inocentes. Tal vez por eso los homenajes fueron espontáneos y atravesaron todos los cuerpos policiales, desde una pequeña comisaría de campaña a los patrulleros recorriendo las ramblas de las principales ciudades, haciendo sonar sus sirenas en señal de reconocimiento al líder caído.Ese que se expuso continuamente en todas las operaciones difíciles, que supo estar cuando y donde hay que estar. Pa delante están las casas, era su dicho al salir, como forma de aliento a la acción. Ese jefe que dio una pelea frontal al delito y a las mafias que con sus redes, necesariamente, lo cobijan y secundan.

Fue la reedición de la última carga de Cid y nos dejó una sensación de eco en sus palabras: ¡Hay orden de no aflojar! Sus hechos y sus dichos se yerguen como pilares de la reconstrucción de la mejor versión de la Policía Nacional y ya no será fácil desanimarlos porque toda una generación ha comprendido que significa ser policía y que implica dejar todo en la cancha por la seguridad de sus conciudadanos. Desde el abigeato, al tráfico ilícito de drogas, desde la rapiña al homicidio, ninguna estadística se resistió a su gestión y a su impulso avasallante. Todos los delitos comenzaron a ceder al impulso de su liderazgo recio y afable que puso a su ser como escudo. Su estilo de mando digno y franco despertó el respeto y el afecto e sus subordinados y nos devolvió el reflejo innato de ese estilo de ser tan Oriental, amabilidad y firmeza, tejidas en hilos de humildad y un toque de humor único e irrepetible, y a la vez muy criollo.

Lo vamos a extrañar. Todo uruguayo republicano y demócrata lo va a extrañar. Su familia, sus hijos, la policía, su partido, sus amigos, lo van a extrañar. Todos tenemos una deuda de agradecimiento que ya no podremos saldar, o tal vez sí, viviendo según ese ejemplo. El extraño poder de lo definitivo nos coloca frente a un grande de la política nacional, a un líder ético y humano, a un republicano a carta cabal. Sus frases hablarán por él, haciendo eco en las mentes de sus policías que al honrar su ejemplo estarán dignificando su profesión y mejorando la sociedad. Hay Orden de No Aflojar, ha quedado grabado en los huesos de todos.

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