LA EDUCACIÓN EN DECADENCIA. Por Sebastián Castro

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Por estos días, el emblemático liceo IAVA cobró protagonismo por razones ajenas a la educación. Ni su carácter de monumento histórico nacional pudo salvarlo del vandalismo y el desprecio de algunos alumnos y docentes encargados de cuidar el bien público. En mi época de estudiante, hace algo más de 25 años, lo mejor que tenía el IAVA no eran sus instalaciones. No había rampas accesibles, no había ascensor y la puerta que daba a José E. Rodó estaba clausurada. Su capital sin embargo eran sus docentes, la emblemática profesora de matemáticas a la cual apodamos «la paloma» y una biblioteca catalogada como la tercera más importante del país después de la biblioteca nacional y la biblioteca del diario «El Día». Pasar horas entre clases cuando faltaba algún docente dentro de esa biblioteca era un deleite supremo. También recuerdo a un profesor de filosofía que me dijo un día: «si usd no lo puede explicar es porque no lo sabe». Y otro de matemática «A» que nos enseñaba arreglos y teoría combinatoria. Había uno de dibujo que se auto proclamaba «pepepo» (petiso pelado y podrido). Duro, inflexible y con un carisma inmenso. Realmente el IAVA era el liceo al que nadie que fuera demasiado blando de espíritu quería ir.

En aquella época, no todos los alumnos eran brillantes ni todos los profesores eran iluminados como el físico americano Richard Feynman famoso por su forma de enseñar, accesible y generadora de gran entusiasmo en el aula. Ese carisma se gana y se aprende. Tenes que mirarlos a los ojos, caminar por el aula, saber sus nombres sin equivocarte, aceptar sugerencias y estar dispuesto a salir de la caja. «Think out the box!» Me dijo una niña de 8 años un día cuando traté de explicarle que era el pensamiento lateral. Lo recuerdo y casi se me pianta un lagrimón.

De aquellos docentes estoy seguro ya ninguno da clases. Si en mi época de alumno ya eran veteranos del instituto, hoy seguramente estén jubilados. La generación dorada sin dudas. Y es una lástima porque el liceo que supo ser el terror y el amor de tantos alumnos de bachillerato hoy es noticia por razones espurias a la enseñanza. Hacen paro por un salón que no es salón. Por una manija ideológica que no comprenden. Resisten la autoridad por una rampa que no quieren que se construya, pero no hacen paro para impulsar la reapertura de la biblioteca que lleva décadas cerrada (no la actual, la hermosa biblioteca de mis años de estudiante). Te hablan en lenguaje inclusivo destrozando una lengua que siempre y hasta ahora fue muy «perezosa», a espera de modismos y neologismos anglos. Ahora, además, el lenguaje español en manos de los progres anti educación, tiende a ser vomitivo.

En aquella época de mi juventud algunos íbamos a estudiar y si… también íbamos a ver a las chicas revolear el escote. Y no crean que no había personas con capacidades diferentes. Recuerdo a un chico no vidente que estudiaba por la noche. Lo que también  recuerdo es que no había una rampa.

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