LOS DEMONIOS IMPORTADOS… Por Nelson Jorge Mosco Castellano

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Tienen razón los que sostienen la teoría de los dos demonios. Fue desde Cuba que Fidel Castro difuminó el terrorismo como forma “revolucionaria” de liberar América latina del yugo imperialista. Con ello, se profundizó la violencia latente en sociedades abusadas por dictadorzuelos, y otras por incapaces de detener el populismo de Estado, el clientelismo político que era su sustento electoral. Las economías ya se venían corroyendo en los países democráticos por la politiquería, cuando aquel demonio desató, además, focos de rebelión violenta para terminar con la “democracia burguesa”, a favor de su causa también imperialista. Y formó su academia de militantes robotizados, para difuminar sin compasión el comunismo.

El fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 dejó enfrentadas a las dos grandes potencias del mundo: Estados Unidos, líder del bloque capitalista, y la Unión Soviética, líder del bloque comunista. A dicho enfrentamiento silente, en el cual nunca hubo una guerra declarada, se le conoció como la Guerra Fría (1945-1991). Sus consecuencias fueron asumidas por los países del llamado Tercer Mundo, porque ambas potencias luchaban por ejercer una hegemonía política sobre ellos. Desde el siglo XIX por la doctrina Monroe, EEUU se otorgaba el derecho a intervenir en América Latina en nombre de la libertad. Considerada “su patio trasero”, y Castro le hizo imperioso conservar allí el orden político y económico a toda costa. Sin el franchising que Castro recibió de la URSS, seguramente a Kissinger no se le hubiera ocurrido promover la doctrina de la seguridad nacional, desarrollada prístinamente por el macartismo, en la lógica de aquella guerra de potencias que difundió el miedo, y la formación para la defensa de la influencia comunista y soviética en las instituciones estadounidenses, y al espionaje soviético en los Estados Unidos.

La doctrina de la seguridad del Estado fue una justificación para la intervención de las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos, en pro de mantener el orden interno y de combatir cualquier tipo de insurgencia de la ideología comunista. La Doctrina de Seguridad Nacional permitía a los EEUU brindar apoyo económico, militar y político a los regímenes de facto que surgieron en los años 70, como respuesta al demonio piromaníaco que Castro ofrendaba a Rusia, a cambio de subsidios y regalías. Ese demonio conducía a profundizar por la violencia extremos de pobreza e indigencia en economías con debilidades y asintonías, lastrando la producción y el comercio, únicas fuentes de recursos.

Luego del caos, en algunos lugares, las dictaduras trajeron orden económico y seguridad pública, domeñando al desborde terrorista a un costo humano propio de las guerras. Desde aquel entonces, las FFAA mantienen en la memoria colectiva de algunos países cambios que trajeron prosperidad al abrir sus economías, generando inversión, empleo, estabilidad y confianza en las reglas de juego. Se cumplió aquel viejo apotegma político: es la economía estúpido; y también, la seguridad pública. No obstante, la clase política que convocó a la guerra para salvarse de la embestida baguala del comunismo, hoy deja a sus más jóvenes oficiales de entonces sometidos al juicio avieso del enemigo enquistado en la Justicia.

Piénsese el efecto de alivio que produjo dejar atrás viejas propuestas doctrinarias comunistas que aplicó Allende en Chile, cuyo objetivo fue, y sigue siendo hoy con Boric, “crear condiciones de deterioro de la sociedad capitalista, para que caiga como fruta madura, sin democracia, en brazos de la izquierda. Las mismas ideas, que alienta el Foro de San Pablo, organización comunista creada por Castro y Lula, promovida por sindicalistas adoctrinados, y los BRICs recreando la guerra fría. Que aquí en Uruguay está representada por el partido comunista, remasterizando viejas consignas para incluirlas en el programa “moderado” del FA 2025: destruir el orden presupuestal, aumentar el gasto público, estatizar actividades que en manos privadas generan recursos y trabajo, paralizar el crecimiento propiciando incertidumbre a la inversión. Todo con intención “revolucionaria”: crear deterioro social, avanzar en el socialismo a la cubana. Nada cambia en el comunismo, todo es gatopardismo. La vetusta y cada vez más reducida estructura militante, escucha atentamente a su secretario general Juan Castillo denostando al “lumpen” rural, propiciando incorporar corruptos de otros partidos para sumar votos esquivos, oponerse absolutamente a la realidad.

En una sociedad libre la gente exige a sus representantes vivir mejor; en una sociedad esclava como las sufrientes cubana, venezolana, nicaragüense, o la chilena de Boric, no empeorar. Las TICs llegan a todos los lugares exponiendo el resultado de 70 años de comunismo policiaco; la esperanza de mejorar se abandona, y apenas quedan fuerzas para denunciar los abusos del poder en cualquier otro país de albergue, para que no caiga en las mismas garras.

La gente sabe que nadie hizo más por sacar gente de la pobreza que el denostado capitalismo, pese a los pecados humanos que se le reconocen y limitan cuando hay libertad para denunciarlos. Y nadie hizo más por multiplicar el hambre, la desolación, allí donde se aplicó o aplica el retardatario comunismo. La eterna tensión entre la economía, entendida como ahorro, inversión, producción, y comercio, que hace fracasar a los gobiernos populistas. Y es aún peor, cuando aumentan los controles y abusos del poder. Una espiral depresiva que, en democracia, arrastra a los gobiernos, y convierte la alternativa entre libertad y dictadura en una débil barrera. Cuando las sociedades sienten temor de perder derechos fundamentales: derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad, por promesas de una dictadura eterna, tienen una valoración prioritaria sobre esos derechos básicos.

Algunos cambios económicos, productivos, y comerciales que siempre se procrastinan en democracia, han revalorizado a aquellos que le devolvieron la decisión al pueblo. Y aunque hubo violencia, la mayoría reconoce que las FFAA fueron convocadas a una guerra con un enemigo a sus derechos enfrente. Guerra de exterminio subversivo reclamada por gobiernos democráticos. Es que gobiernos que se llaman a sí mismos democráticos, adolecen de un pecado original, los votantes quieren soluciones a sus necesidades inmediatamente, cueste lo que cueste; y la política y sus intereses electorales hacen malabarismo entre crecimiento económico y populismo. Mientras la izquierda, en democracia, sigue con el balde puesto, anclada en la única alternativa para resolver viejos y nuevos derechos sociales: repartir lo que no existe, agotar absolutamente todo. No es sostenible redistribuir más de lo que se extrae con impuestos, el costo de regulaciones imposibles, la burocracia ampliada a pesar de la tecnología, endeudamiento, inflación, y la “casta”. Intereses que colusionan entre la baraja de lo público y empresas dispuestas a pagar la coima.

En el artículo del Financial Times “Profunda división sobre golpe de Estado de Pinochet provoca polarización extrema en Chile” se señala: “… en 1973 mucha gente quería que el golpe se produjera; que recuerda haber hecho largas colas para comprar comida mientras las tiendas quedaban desabastecidas en medio de los estragos económicos provocados por las políticas de Allende. La gente les gritaba ‘cobardes’ a los soldados en la calle porque no intervenían. De cara al 50o aniversario del 11 de septiembre, el presidente de Chile, el comunista Gabriel Boric llamó a firmar una declaración conjunta de condena al golpe y compromiso con la democracia, un “consenso razonable y mínimo”. Sus esfuerzos han exacerbado tanto la extrema polarización del país como la parálisis política. Los líderes de la derecha y de la izquierda llevan meses criticándose unos a otros sobre este oscuro período de la historia de Chile.
Alrededor del 36 por ciento de los chilenos dicen ahora que los militares hicieron bien en actuar, según la empresa de investigación Mori, frente al 16 por ciento en 2013. Y aunque pocos defienden los abusos del régimen de Pinochet, que asesinó al menos a 3.196 personas, los políticos conservadores afirman cada vez más que el golpe fue necesario para evitar que Chile se convirtiera en una dictadura al estilo cubano. La coalición Chile Vamos presentó su declaración, comprometiéndose con la democracia, pero describiendo el golpe como “la culminación” de un proceso de “quiebre de la democracia”. El ascenso de las fuerzas de extrema izquierda y extrema derecha en la última década, junto con las desestabilizadoras protestas masivas de 2019 la “explosión social”, exhiben un Congreso fragmentado entre 22 partidos, con dificultades para aprobar reformas que aborden la desigualdad y la incompetencia de los servicios públicos que desencadenaron los disturbios. Se prevé que la economía chilena crezca apenas un 0.2 por ciento en 2023, el segundo crecimiento más débil de América Latina, después de Argentina. “Estamos en un estado de parálisis”, dijo Marta Lagos, directora de la encuestadora Latinobarómetro. “La gente está profundamente descontenta”. Es un marcado contraste con el clima político desde el final del régimen de Pinochet en 1990 hasta aproximadamente 2010, cuando una sucesión de gobiernos de centro-izquierda gobernó Chile. Tácitamente acordaron no alterar drástica mente el modelo económico de Pinochet, que priorizaba los servicios privatizados y una constitución favorable a los inversionistas que garantizaba los derechos de propiedad. A cambio, la derecha colaboró en una expansión muy gradual del Estado mediante reformas sociales. La economía chilena creció mucho más rápidamente que el promedio regional y millones de personas salieron de la pobreza. Al mundo le gusta Chile por una sencilla razón: es creíble y predecible. El día que deje de ser predecible, perderá mucho”. Los índices de aprobación de Boric, que asumió el cargo hace 18 meses, han caído por debajo del 30 por ciento, arrastrados por la peor ola de delincuencia en Chile
en tres décadas, una economía estancada y un proyecto tambaleante para reformar la Constitución.

El crecimiento económico necesariamente implica que algunos se benefician, se preparan, emprenden, invierten, crean, exportan. Otros quedan estancados en empleos de peor calidad cuyo salario no llega a ese crecimiento y los pone de “ñata contra el vidrio”, lo sienten ajeno, envidiable; y se resienten. Administrar restricciones económicas es una tarea políticamente compleja. Implica no detener la máquina de crecimiento, ni afectar de más con gasto público a sectores productivos pujantes, acercar a los rezagados a mayor formación laboral en una economía siempre en competencia.

Los conflictos que fueron exacerbados por el propio comunista Boric, generaron una expectativa de solución por la vieja utopía: dar derechos agregando el saqueo económico a quienes ganan más porque rinden más para ellos y para la sociedad. Sectores que han conseguido superar las condiciones del viejo Chile, no quieren ver recortados sus salarios porque ya aportan lo que consideran justo al bienestar general. Crear ilusiones de repartir la misma torta entre más gente, no deja satisfecho a nadie. La fragmentación política exhibe una confrontación que genera incertidumbre, y en la incertidumbre nadie invierte, los capitales emigran, las condiciones para vivir mejor empeoran, y todos pierden.

En este mismo juego estamos nosotros, apostando a una mejora económica, pero lastrándola con un presupuesto desbordante de gasto, que no permite ordenar desenfreno tributario, endeudamiento e inflación.

Para los militantes es fácil prometer, movilizar, generar violencia, y reclamar. Para el conjunto de la sociedad es un retroceso en calidad de vida que promueve el viejo espiralperverso de una sociedad en decadencia, que comete los mismos errores, y nunca sale del dilema sin una corrección dolorosa que difícilmente se consiga cuando el sistema político pierde total credibilidad. La eterna tensión entre la economía y la utopía la gana siempre la economía, porque, simplemente, reconoce a quien produce, y, pese a todo, sigue cada día buscándole la vuelta a crear recursos, y quien lo parasita.

Con viejas recetas probadamente fracasadas, no se resuelve la pobreza, la indigencia, el desempleo, la informalidad, ni se hace justicia con los más desfavorecidos. Seguramente conduce a sociedades anómicas, enfrentadas consigo mismas, en lucha con demonios importados.

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