RESISTENCIA LA DECONSTRUCCIÓN SOCIAL… Por el Dr.  Nelson Jorge Mosco Castellano

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Pertenece al espíritu del colectivismo lo que Nietzsche hace decir a Zaratustra: ”Mil objetivos han existido hasta aquí porque han existido mil individuos. Pero falta todavía la argolla para los mil cuellos: el objetivo único falta.” En realidad, los conceptos mismos de humanidad y, por consiguiente, de internacionalismo, son por entero producto de la concepción individualista del hombre, y no hay lugar para ellos en un sistema ideológico colectivista. Es probablemente cierto que, en general, cuanto más se eleva la educación y la inteligencia de los individuos, más se diferencian sus opiniones y sus gustos y menos probable es que lleguen a un acuerdo uniforme sobre una particular jerarquía de valores. Corolario de esto es que, si deseamos un alto grado de uniformidad de puntos de vista, tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos y “comunes” instintos y gustos. El dictador potencial, será capaz de obtener el apoyo de todos los dóciles y crédulos, que no tienen firmes convicciones propias, sino que están dispuestos a aceptar un sistema de valores confeccionado si se machaca en sus orejas con suficiente fuerza y frecuencia. Serán las ideas vagas e imperfectamente formadas, los fácilmente moldeables, los de pasiones y emociones prontas a levantarse, quienes engrosarán las filas del partido totalitario. La vida en sociedad oscila entre estos dilemas. No obstante, hay pruebas consistentes de una memoria histórica, casi un instinto, que pervive en los individuos mayoritariamente de conservar los valores inherentes a su libertad. Esa que ha puesto freno y detenido todo proceso de deconstrucción motorizado por minorías prepotentes.

Una sumaria excursión en el tiempo nos puede ofrecer no pocos ejemplos que permiten sustentar la hipótesis de que existe, en este sentido, una plausible regularidad conservadora histórica.

En Francia, desde la Edad Media, se llamaba coloquialmente ‘jacobinos’ a los dominicos, por el convento de la orden fundado en París a principios del siglo XIII y dedicado a Santiago (en latín, Iacobus). Cuando el Club Bretón trasladó su lugar de reuniones al Convento, situado a dos pasos de la ‘Sala del Manège’, donde la Asamblea Constituyente celebraba sus sesiones, se les dio irónicamente el apodo de ‘jacobinos’, o ‘club de los jacobinos’ nombre que acabaron por adoptar oficialmente. Fue el centro de creación de ideas y motor intelectual de las acciones emprendidas por la Revolución. La red creada por estos numerosos grupos le dio un enorme poder político y los montañeses jacobinos gobernaron desde junio de 1793 hasta julio de 1974, imponiendo el reinado del terror. Utilizaron su poder en el Comité de Salvación Pública, para reprimir toda oposición al gobierno con una violencia implacable. El Terror se instauró en un principio para salvaguardar a la República amenazada por la guerra civil contrarrevolucionaria, y por la guerra que las monarquías extranjeras mantenían en las fronteras del país. En marzo-abril de 1794, la dictadura de los Comités se intensificó dando comienzo a lo que se suele llamar “Gran Terror”.  Es conocida, la resistencia de los jacobinos durante la Revolución Francesa a implementar el sufragio universal, resistencia acentuada a partir de la experiencia de los comicios legislativos, que arrojaron como resultado una Cámara con más de 70 % de diputados monárquicos. Luego vendrían el Imperio napoleónico, y la restauración monárquica, hasta que en 1848 se produciría, barricadas mediante, la implantación de la II República, de orientación radical y socialista. Pero en las subsiguientes elecciones generales, las primeras con sufragio universal masculino, se produjo un giro hacia la derecha. Cuando, finalmente, el sufragio popular por primera vez fue convocado para elegir presidente, resultó electo por mayoría abrumadora el príncipe Luís Napoleón, luego emperador como Napoleón III.

Otro hecho histórico. En 1931 se proclama de facto la II República española, eligiéndose inmediatamente Cortes Constituyentes.  En estas prevalecía claramente un pensamiento radical-socialista. Cumplido, a fines de año el cometido de aquéllas, en lugar de convocarse al voto universal para elegir el Parlamento, los constituyentes se autoconvirtieron en parlamentarios de modo de mantener el poder en las mismas manos, sin arriesgarlo en la confrontación electoral. Esta, de cualquier manera fue inevitable, en 1933, y – tras dos años de anticlericalismo furibundo y apoyo oficial a la minoría secesionista catalana – el voto universal favoreció de manera abrumadora a las fuerzas de centroderecha.

Miremos también al bizarro “Mayo francés”. En aquel mes de 1968, la ultraizquierda estudiantil desató la revuelta en la Sorbonne y luego, paulatinamente, en casi todo el país.  A ella se sumó después, aunque condicionadamente, el propio Partido Comunista Francés. La convergencia de estas rebeldías produjo no sólo la mayor rebelión universitaria sino la huelga general más importante de la historia gala y, casi seguramente, de la de Europa occidental. A partir del 3 de mayo, según el líder opositor, el socialista Francois Mitterrand, «no había Estado en Francia». En realidad, lo que quedaba del poder político solo estaba separado de la turba por la figura del anciano General. De Gaulle reacciona: testea la lealtad del Ejército, disuelve el Parlamento y convoca a nuevas elecciones. Estas resultarán plebiscitarias: su partido conquista el 72 % de las bancas, mientras las fuerzas de centroizquierda y los comunistas retroceden visiblemente. Francia vuelve al trabajo.

1968 será también en EEUU el año de la contestación generalizada.  Los disturbios raciales y la insurrección estudiantil se prolongaron durante varios meses. En total, se desplegaron 58.000 soldados de la Guardia Nacional, hubo 27.000 detenidos, 3.500 heridos y 43 muertos. La violencia se prolongó a lo largo del año. La ciudad de Wilmington (Delaware), tuvo militares en las calles durante nueve meses. En noviembre Richard Nixon – el candidato de la derecha – ganó las elecciones presidenciales desplazando de la Presidencia al Partido Demócrata que la había retenido 28 de los 36 años precedentes.

¿Cuáles son los factores comunes entre todos estos procesos a que hemos aludido?  Que, a la corta o a la larga, una y otra vez el voto corrige a «la calle». Que lo que es obra de minorías intensas, fuertemente ideologizadas y, en general, alejadas del sentido común de la población, fracasa o es desplazado cada vez que esa población encuentra cauces adecuados para afrontarlas y decir su palabra genuina. Tanto es cierto esto, que para la interpretación y concepción estratégica del marxismo de Antonio Gramsci, el verdadero triunfo de la «filosofía de la praxis» consiste nada menos que en «cambiar el sentido común». Así lo recogen las órdenes impartidas desde el llamado “Foro de San Pablo”, en el que todo antisistema de orden social, incluido el Frente Amplio comparten acciones de deconstrucción tales como, atentar contra la Constitución, el Estado de Derecho y promover el caos en la sociedad.

No obstante, la presión divisionista que aplican en las sociedades de América Latina, está lejos de haberse consumado plenamente. Muchos millones rechazan todo lo que deriva del abolicionismo penal, defienden la vida desde la concepción, están persuadidos de que un niño necesita un padre y una madre, saben que la identidad sexual está inscripta en nuestras propias células, demandan que se acaben las usurpaciones de tierras, se esfuerzan por alcanzar la propiedad privada de sus bienes personales y su vivienda, prefieren trabajar a ser subsidiados, privilegian el orden y la seguridad,  quieren una igualdad de derechos entre mujeres y hombres sin generar un antagonismo que destruya el amor y la familia natural.  Es decir, un conjunto inequívoco de reflejos incorporados en la psique social desde antaño, que conforman una incuestionable construcción sociológica conservadora sobre la cual debe reconstruirse la política.

Durante prácticamente treinta años Chile fue una rara avis en Sudamérica. Y ello tanto por la estabilidad político-institucional, que arranca en 1990, como por su continuidad macroeconómica que incluía un grado significativo de apertura al comercio mundial. Luego, en octubre de 2019, y ante la sorpresa no sólo de ajenos y propios, el país explotó.  Durante semanas el Estado pareció perder el monopolio de la violencia, la región metropolitana fue arrasada por el vandalismo y las propuestas más extravagantes comenzaron a hacerse oír e incluso, a encontrar cierto nivel de eco más allá de los grupos crónicamente anárquicos. Al presidente Sebastián Piñera, encarnación de una centroderecha vergonzante y desvaída, se le ocurrió como solución, poner en marcha un proceso de reforma de “la Constitución de Pinochet”, como se la llamaba, a pesar de que poco quedaba del texto de 1980. Finalmente se votó, y el cuerpo político emergente resultó un aquelarre constituyente, dominado por la combinación de comunistas patentados, «socialistas del Siglo XXI», partidarios de la cultura de la cancelación e indígenas secesionistas.  El engendro surgido, pendió durante los últimos meses como una sombra ominosa sobre el futuro de Chile, mientras se acercaba el momento de la decisión verdaderamente soberana. El resultado ha tenido una contundencia inhabitual en los actuales procesos comiciales: el 62 % de los votantes ha rechazado el proyecto de Constitución con el que una minoría vocinglera e iluminada pretendía cambiar sus vidas. Ha preferido postergar hasta nuevo aviso una eventual modificación de la Carta, descartando convertirse en conejillos de indias del proyecto antirrepublicano, «plurinacional» y neosocialista que los amenazaba.

En el mismo sentido se están dando rebeliones sociales conservadoras de los valores de la libertad en Colombia, en Perú, y hasta en Cuba, donde la presión contra el régimen del oprobio ya es insostenible. También es notable la reacción que hoy se está dando en Europa, agotada de relativismo, buscando volver a valores de orden económico y social.

Precisamente una de las causas – no la única – de la crisis de representatividad política que atravesamos también en Uruguay es el equívoco sobre las identidades, y la consiguiente desconfiguración de la oferta político-electoral. Es urgente el realineamiento de las fuerzas partidarias, de modo de poder saber a quién se vota y para qué. Resultará una condición sine qua non de una recuperación de la república representativa que se construya sobre bases firmes.  En función de ese objetivo institucional y, sobre todo, en función de los valores sociales y culturales con los que estamos comprometidos, el terreno fértil es el de la construcción de la vuelta a la economía de esfuerzo productivo, y la reconquista de valores esenciales de integración social, en el marco de un Estado presente en todo lo atinente a sus roles esenciales.

Se trata ahora de articular la oferta que le sea proporcionada. Nosotros tenemos los materiales. Nuestra riquísima experiencia histórica de libertad responsable; el cambio en paz luego de que el terrorismo pusiera a prueba la estabilidad institucional, rescatada por quienes lucharon contra la subversión, y respaldada por el voto mayoritario a favor de conservar valores de unidad nacional muy caros a los uruguayos. En cualquier caso, debe tenerse presente que lo prioritario no es tanto apuntar solo a saber ganar sino a saber gobernar. Ello implica enderezar las tareas a la formación de una dirigencia política cohesionada y enérgica, capaz de afrontar sin desaliento un escenario que corre el riesgo constante de polarización y en el que siempre aparecerán los que recomienden mimetizarse para sobrevivir.

Las líneas maestras de una nueva propuesta tradicional popular son, además del retorno a la racionalidad macroeconómica, la recuperación del núcleo de la estatalidad, es decir la recuperación del monopolio de la fuerza legítima. Ello implica hacer permanentemente presente la fuerza de la Nación en los enclaves controlados hoy por el narcotráfico, extinguir las diferencias regionales que hoy se concentran en la Capital, y hacer efectiva la integración de todas las políticas públicas en un esfuerzo por constituir una sociedad de propietarios en lugar del Estado servil que hoy impera. La liberación de todos los ámbitos culturales y educativos de la presión ideológica y la influencia del lobby LGBTQ+, volviendo a las pautas sobre la conciencia individual y la privacidad contenidas en la Constitución Nacional, y a la responsabilidad de los padres sobre la educación de sus hijos. Una acción política que gane con estas banderas y se prepare para gobernar sin traicionarlas es la más clara alternativa frente a lo que se presenta con ropaje de nuevos derechos como la descomposición de la República, generadores de colocarnos al límite del totalitarismo, que merecieron la respuesta del voto mayoritario en sucesivos plebiscitos Bien puede ser definido como la manifestación del instinto de supervivencia nacional en una emergencia que no afectó a la memoria histórica de los uruguayos. Esa identidad vuelve simplemente como respuesta del sentido común, porque indica el camino recto que, en el fondo, todos queremos recorrer.

La deconstrucción nacional que sembró el terror continúa exponiendo sus efectos políticos en bandos aparentemente enfrentados, que persiguen los mismos intereses disolventes; algunos por la violencia y otros por la inacción: pulverizar la economía, la propiedad, el trabajo, y la educación. Un Estado anómico para enfrentarlos nos coloca en posición débil y vulnerable. Como la historia expone, esa deconstrucción no pasará. No puede avanzar contra la conciencia ciudadana que debe despertar a conservar los valores de la libertad que la rica historia de la Humanidad construyó en colectivo desde el esfuerzo individual.

Ese sentido común, conservador de tradiciones y libertades, es el que nos ha guiado por casi 200 años para superar contingencias extremas que han calado hondo, produciendo dolor y desconcierto en el Uruguay y en América toda.

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