SABATO Y LOS TROLLS. Por Sebastián Castro

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Lo divertido de pelearme en redes sociales es que siempre busco mis escaramuzas en lugares inhóspitos. Llenos de «trolls» comunistas, bolcheviques y afines. Y en la lucha de ideas me enfrento con 2, 3 o 4 a la vez. En medio de cada discusión suelen argumentar que yo soy un fanático para luego reconocer que votaron a la izquierda durante toda su vida cívica.

En algún caso se descuelgan con datos que ni en mi búsqueda más profunda dentro de la hemeroteca política puedo corroborar. Y casi siempre me aclaran «me lo dijeron en una charla». Quizás haya sido una charla en el comité de base o cantón político. Y quizás esos datos no sean menos exactos cuando la historia por fin se reescriba y la «fe de erratas» ajuste el discurso.

Imaginen a un tira piedras net-etiquetado. Que apunta con su munición desde su casa y en pantuflas. Sabato contaba que de joven le habían empezado a dar obras comunistas en la universidad. Y que algunos comunistas que hacían catecismo con las obras de Engels y Marx lo habían convencido. Pero aclara que nunca le gustaron los revolucionarios de salón. «Yo puedo discrepar con las ideas de Guevara, pero ante Guevara yo me pongo de pie. De la misma forma detesto a las personas que hacen la revolución desde París o Londres», había dicho.

Me pregunto si estuviera vivo, qué pensaría del ejército de «trolls» que invaden las redes del siglo XXI con la convicción y la fuerza revolucionaria del siglo XX, pero que en medio de una revuelta ideológica corren a la heladera por un sándwich. Qué pensaría de los jóvenes que igual a sus mentores inyectaban basura ideológica en las aulas entre frases de Locke y Adam Smith para despistar pero a diferencia de su época, estos ni siquiera han pasado la pubertad.

Si el hombre tiene una idea debe luchar por esa idea a fondo. Siempre que en su lucha no destruya lo mismo que quiere conservar.

Si Sabato hubiera continuado en la juventud comunista Argentina, hubiera luchado en la Guerra Civil Española. ¿Por qué entonces abandona el movimiento en 1934? Por el horror que le provocó Stalin y sus crímenes.

No hay nada más revelador que la confesión de un comunista leninista que abdica de las causas que profesa y defiende cuando choca de frente con la realidad. La miseria, los juicios sumarios y posterior fusilamiento de opositores, el «proceso de Moscú» y un gobierno extremadamente totalitario terminaron de convencerlo.

¿Por qué aún hoy la historia desconoce el impacto que generó el comunismo en el mundo? ¿Por qué los jóvenes lugartenientes siguen bajando de Sierra Leona y se adentran en las redes para combatir una guerra que desconocen?

Al final, el filósofo definió sus ideas de Justicia social con libertad. Pero con libertad y justicia social. Porque la libertad por sí misma no es libertad sin justicia.

Pero entonces aquí hay una contradicción. Los gobiernos de izquierda te dan un poco de justicia social mientras te controlan. Te aumentan los impuestos, te adoctrina en las aulas y por fin coartan tu libertad. Y a eso le llaman justicia social, porque en definitiva no existe justicia social si el individuo no es libre.

Explicarle a un soldado del siglo XXI que su construcción social implica un modelo totalitario que produce a mediano plazo desigualdad, es por lo menos una tarea titánica. «Aún con los fines más nobles por medio de una dictadura no podremos acceder a una nueva sociedad. Y Rusia ha sido el mejor ejemplo», decía Sabato y concluye: «por eso hoy estoy en contra de cualquier tentativa violenta de imponer ideas».

Sabato fue uno de miles de arrepentidos. Y este proceso es responsabilidad casi exclusiva de la Rusia Stalinista. El comunismo soviético logró convertir a miles de comunistas españoles en «Franquistas» y esto es tanto o peor que ser comunista.

Y en América, con algún matiz es responsable de la manija ideológica que atizó todas las revoluciones.

Quien llegó a Moscú a mediados de los años 60 seguramente tuvo que padecer la «Komintern» y su doctrina represiva. Muchos no soportaron la presión ideológica y claudicaron. Muchos fueron eliminados por los servicios secretos. Y muchos huyeron.

Entre ellos estaba Sabato. ¿Sabrán los Trolls comunistas de quien estoy hablando?

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