UN MILLONARIO LEGAL EN LA URSS… Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

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En febrero de 1989, el programa de la televisión central soviética Vzglyad (Visión) entrevistaba a un anónimo ciudadano de rostro anodino que frisaba los cuarenta años de edad. Se llamaba Artiom Tarásov y había acudido hasta los estudios moscovitas —por voluntad propia— para dar a conocer su extraña historia. Según su nómina, completamente legal y sellada por el gobierno, el mes anterior había cobrado de la cooperativa que dirigía un sueldo de tres millones de rublos (al cambio, unos cinco millones de dólares de la época), una cifra astronómicamente absurda teniendo en cuenta que a cualquiera de sus compatriotas apenas les alcanzaba para sobrevivir con los 130 rublos que ganaban en sus respectivos puestos públicos.¿Cómo era posible que un camarada del pueblo, en medio de un régimen que condenaba la propiedad privada, pudiera acumular semejante capital? Lógicamente, su testimonio provocó entre los espectadores la misma cantidad de asombro que de indignación.

El próximo 26 de diciembre se cumplirán treinta y un años de la desaparición de la URSS. Un desplome atropellado, fulminante, desordenado. Las vigas del sistema se fueron pudriendo poco a poco y el gigante socialista se vino abajo con la pesadez y estrépito de una plúmbea estatua antigua. Durante los años ochenta, la economía soviética se arrastraba a ritmo de quelonio oxidado. La agricultura no conseguía alimentar a todo el país, el gobierno se veía obligado a importar cereales, había escasez de bienes de primera necesidad desde zapatos a jabón, las fábricas manufacturaban bienes de mala calidad. El precio del petróleo había caído afectando al flujo de divisas, y la sociedad acusaba un problema generalizado de alcoholismo y ausentismo laboral. De cada 100 rublos que generaba la nación, un 88 por ciento se destinaban a la industria militar, un gasto que ahogaba las necesidades reales de los ciudadanos. Una generación de jóvenes reclutas se desangraba en la absurda guerra de Afganistán y en Kazajistán, Georgia o las repúblicas bálticas que reclamaban la independencia, amenazando a Moscú con un desmembramiento inminente.

Desde 1985 el Secretario General del PCUS Mijaíl Gorbachov, buscando un golpe de timón. Había empezado a introducir notables reformas económicas en el jurásico sistema soviético, —la perestroika— que provocaría, sin embargo, ciertas disonancias en su obsoleta administración. Un vacío legal del que bien sabría aprovecharse gente como Tasárov

Aunque desde 1922, el Partido Comunista dirigía el país con puño de hierro, a finales de los años veinte existió un periodo en el que el comercio privado estaba permitido. Hasta finales de los cincuenta era habitual la existencia de pequeños negocios, como peluquerías, panaderías o tiendas de electrodomésticos, que funcionaban de forma parecida a una empresa particular. Algunos emprendedores disponían de una cantidad de dinero importante, a veces obtenido de forma legal y otras no tanto. También existían cantantes y actores famosos que disfrutaban de un estilo de vida lujosa. En definitiva, no todo el mundo vivía como un simple proletario. A pesar de ello, la forma más común de enriquecerse en la URSS crepuscular era a través del mercado negro y la especulación.

En 1986, Gorbachov decidió aprobar la llamada Ley de Cooperativas. Su objetivo era que afloraran a la superficie del sistema los 10.000 millones de rublos que, según una estimación gubernamental, se movían subrepticiamente en la economía sumergida. Con esta reforma, las nuevas cooperativas recibirían los mismos derechos que las empresas estatales. A cambio, sus titulares se comprometían a pagar impuestos y llevar una contabilidad oficial, incluso podían abrir una cuenta en el banco, algo impensable poco tiempo atrás.

Y es justo aquí donde aparece la controvertida figura de Tasárov, uno de los cooperativistas más activos de aquel momento histórico. Aunque era licenciado en ciencias técnicas, su primera empresa fue una agencia matrimonial. En aquellos días, si uno no estaba censado oficialmente como residente en Moscú, era muy difícil encontrar empleo y los plazos burocráticos para inscribirse resultaban ser desesperadamente lentos. A Tasárov se le ocurrió un curioso atajo. Cualquier foráneo que se casara con una local, obtenía inmediatamente los papeles. Así que, montó un negocio para juntar parejas de solteros. En sólo cinco días se apuntaron cuatro mil clientes potenciales, abonando cada uno de ellos una cuota inicial de 25 rublos. La cooperativa de Tasárov recaudó 100.000 rublos en apenas una semana. El tiempo que tardó el gobierno en enterarse de su actividad y cerrarle la agencia de contactos, una empresa considerada poco seria —o inmoral— para la mentalidad soviética. Con el capital obtenido montó un segundo proyecto, dedicado al comercio exterior. Era una mezcla de exportación de materia prima, compra de electrodomésticos y rusificación de software extranjero. Básicamente, lo que hizo Tasárov fue buscar a un par de ingenieros mañosos, darles empleo y ponerles a reparar electrodomésticos japoneses obsoletos (radios, televisiones, videos VHS) que compraba a precio de saldo. El truco era que lograban extraer de los aparatos los componentes tecnológicos nipones que no estaban averiados y luego él se los revendía a su propio gobierno —colocándoselos como piezas de recambio sin usar— a precio mucho más elevado. Conseguir esos mismos artículos, como nuevos, en el mercado exterior suponía esperar unos plazos administrativos de uno o dos años, así que la gente estaba dispuesta a pagar lo que Tasárov pedía por ellos. Su cooperativa se llamaba Tekhnika, y pudo prosperar gracias a la diferencia que había en el cambio oficial. Él compraba a precio de chatarra y vendía sus productos como tecnología japonesa de exportación. Empezó a ganar tanto dinero que, prácticamente, no sabía cómo justificar tales ingresos millonarios. Y entonces, el escándalo le estalló en la cara. 

En uno de esos típicos vaivenes pendulares del gobierno soviético, en enero de 1989, la administración decidió restringir la circulación de efectivo dentro de las cuentas de las nuevas cooperativas. No podían realizar operaciones superiores a unos cientos de rublos al mes, una cifra muy inferior a la que la empresa Tekhnika estaba acostumbrada. Ante la amenaza de poner en riesgo todo el negocio Tasárov, presidente y director de la cooperativa, estudió la ley con atención y halló un subterfugio legal. El sueldo de los miembros de la empresa no tenía límite alguno y se establecía por decisión colegiada de sus órganos directivos. Así que, todo el efectivo que la empresa había ganado en ese tiempo se lo repartieron entre los socios, transfiriéndolo en concepto de nóminas mensuales de su sueldo, a pesar de que eran millones y millones de rublos. Como Tasárov y sus socios no deseaban incumplir la ley, pagaron religiosamente los impuestos, una cantidad tan inusualmente elevada (él sólo abonó más de 180.000 rublos) que disparó todas las alarmas de la administración. ¿Pero quién era ese tipo desconocido que declaraba ganar más en un mes que miles de ciudadanos juntos en toda su vida? ¿Cómo había logrado acumular millones? 

Cuando empezó a ser investigado por las autoridades, Tasárov decidió ir a la televisión y hacer público su testimonio (antes de que otros lo hicieran por él). ¿Era millonario? Sí. ¿En un país comunista? Sí. ¿Había ganado todo ese dinero de forma legal? Sí. Ese era el resumen básico de su historia. El público soviético estaba horrorizado, pero al mismo tiempo también fascinado. Nadie pensó que la misma férrea URSS comunista que encumbrara a Lenin o Stalin pudiera alumbrar a un millonario. Pero allí estaba Tasárov ante las cámaras de la televisión para demostrarlo. Y el sistema se vino abajo. Tras vaciar la caja de la cooperativa (su balance pasó de acumular 79 millones de rublos a presentar 25 millones negativos), la empresa quebró y Tarásov quedó expuesto a la opinión pública. Atrajo la popularidad y simpatía de algunos grupos sociales, pero también el odio y resentimiento de otros muchos. Tarásov emigró a Inglaterra en dos ocasiones, donde intentó triunfar en los negocios, pero acabó regresando a Rusia. Más tarde, probaría suerte en la política nacional, como candidato a la Duma, pero no tuvo éxito. También publicaría un libro de título revelador: “Millonario: confesión del primer capitalista de la nueva Rusia”. Sin embargo, nunca llegó a tener tanta popularidad ni riqueza como en aquella primavera del 1989, cuando conmocionó a todo la URSS con su testimonio televisivo. El camarada, cooperativista y acaudalado Tarásov falleció en julio de 2017, en Moscú, a la edad de 67 años. 

El 21 de diciembre de 1991, el boletín de noticias de la televisión rusa abrió con un anuncio dramático: «Buenas noches. La URSS dejó de existir…». Se acabó la igualdad en la pobreza. Se hicieron multimillonarios los que robaron las empresas y el dinero del pueblo.

La desigualdad es un fenómeno que ha acompañado a la evolución humana desde sus orígenes. Hasta el desarrollo de la civilización moderna, la pobreza era la norma general entre los seres humanos y continuó siéndolo hasta la llegada del capitalismo hace menos de doscientos años. La imparable creación de riqueza, y la consecuente gran disminución de pobreza dieron lugar a un efecto colateral: la desigualdad. El fenómeno de la desigualdad se encuentra en el punto de mira de la sociedad en el repetitivo discurso ideológico de experiencias socialistas, demolidas por la naturaleza de un proceso productivo que la burocracia, el totalitarismo, la ausencia de libertad comercial, y la prohibición del sano afán de lucro exterminaron. Persisten quienes achacan a este fenómeno la existencia de pobreza en las economías del mundo. Los llamados progresistas (paradójicamente los más conservadores) le dieron al concepto matemático de desigualdad un supuesto significado social. Hay “desigualdad social” cuando hay una falta de identidad o similitud entre dos o más individuos cuya condición o circunstancia es no tener una misma raza, propiedades o renta. En definitiva, intentan convencer que la desigualdad es causante de la pobreza que asola el mundo y que aquellos que se enriquecen son los culpables de que aun exista población en situación de pobreza. Sin embargo, la desigualdad simplemente recuerda que somos diferentes unos de otros. Con diferentes capacidades, debilidades y fortalezas, que llevan inevitablemente a resultados y expectativas diferentes. Y eso es lo que justamente da lugar a esa diversidad tan valorada. Por lo tanto, es incomprensible la connotación negativa que se le ha atribuido a este concepto en la sociedad actual.

Respecto a la pobreza: se trata de la carencia o escasez de lo necesario para cubrir las necesidades básicas. Siendo que la pobreza es la condición en la que surgió la humanidad, la pobreza más plena y absoluta, sólo el avance y prosperidad de los más astutos, y posteriormente, de una gran parte de la población mundial (cada vez mayor) rompió con esta condición, gracias a la acumulación de riqueza. Podemos concluir entonces que lo único que tienen en común estos dos conceptos es que ambos son imposibles de erradicar.

Acabar con la desigualdad supondría adulterar la naturaleza humana, pretendiendo igualar las capacidades de cada individuo, lo cual es imposible; o los resultados de los mismos lo cual es injusto. Es lo que sucede en todo lugar en que se aplican conceptos socialistas: violentar la propiedad privada de las personas, igualando la riqueza de todas ellas siempre en el nivel más bajo, experimento que se llevó adelante con un exitoso fracaso y ha producido y sigue produciendo holocaustos. La igualación de la riqueza solo puede producirse de dos maneras: igualando por arriba, para lo cual sería necesaria una aportación de riqueza que no existe. O bien igualando por abajo, lo que significa, sustraer rentas a quienes las han ganado honradamente, y regalar esas rentas a cambio de nada, a quienes no las han obtenido con su propio esfuerzo. Ambas cosas serían igualmente injustas, ya que condena a todos por igual a la mediocridad o la miseria, salvo a los redistribuidores que se abusan. Lamentablemente la pobreza siempre estará presente en el mundo, por tres razones: los recursos de los que disponemos son limitados. A pesar de que es posible crear riqueza, los medios para ello no son ilimitados. Las necesidades a cubrir siempre tienden a aumentar; conforme progresa una sociedad; y cuando son cubiertas las primeras necesidades, aparecen otras nuevas. No es la desigualdad la culpable de la pobreza, es la salida masiva de la pobreza la que da lugar a desigualdad. La desigualdad es natural, positiva, y permanente. Luchar contra ella sólo resulta en un panorama peor que el que se “pretende resolver”. Amartya Sen, con su teoría de la capacidad señala que: la mayoría habla de garantizar la igualdad de oportunidades, refiriéndose en realidad, a la igualdad de resultados. Se debe tratar de garantizar el mayor número de oportunidades que un mercado libre pueda ofrecer, para que, de esta forma, el individuo tenga más posibilidades de desarrollo académico, futuro profesional y enriquecimiento. No obstante, cada persona a través de sus deseos, de sus capacidades, pero sobre todo a través del trabajo duro y el esfuerzo, alcanzará un resultado diferente.

De repente lo que preocupa no es la pobreza, es que Jeff Bezos, Amancio Ortega, Elon Musk y Marcos Galperín tienen demasiado comparado con el que no tiene; y no se lo podemos quitar. Se ignora alevemente que todos ellos y otros que han conseguido superar su condición económica de base, aportan millones de recursos al sistema político que este despilfarra; dan millones de oportunidades laborales a partir de sus aportes creativos; y, por sobre todo, debieran servir de ejemplo de una espiral virtuosa de superación mediante las diversas condiciones personales sumadas al esfuerzo indispensable de trabajar.

Los gurús de la quiebra de las economías, con gran hipocresía, piden repensar el capitalismo; pero nadie habla de “repensar el socialismo” que produjo y produce el tendal de pobreza e indigencia paralizando el crecimiento de la economía. El capitalismo se repiensa solo desde el momento que cualquier persona sale a la calle a comerciar; es el ingenio el que repiensa el libre comercio, los miles de cabezas deseando que su futuro sea mejor y trabajando para ello. “Repensar el capitalismo” no puede ser una manera de expoliar al rico merecido. Podremos perseguir al rico corrupto a través de mecanismos legales. Pero, es una tarea inconclusa, porque el mercado, el legal y el ilegal, van siempre por delante de las leyes, los expolios, las confiscaciones políticas, legales e ilegales que permiten especular. Intentar igualar esos resultados nos sumiría en el conformismo, la mediocridad; justamente, los enemigos del enriquecimiento y el progreso. Esas concepciones socialistas igualitaristas, a pesar del catastrófico desenlace colectivo, persisten ahora como argumento de políticos igualmente corruptos que, para eternizarse, proclaman un sistema utópico de “derechos” que solamente ellos pueden “corregir”. Así van carcomiendo la libertad individual, inventando derechos a favor del trabajador, cuyo principal explotador paradójicamente es el sistema político. La libertad en la economía naturalmente busca resquicios, se defiende y se apoya en la creatividad, en la tecnología. La robótica, la inteligencia artificial, las TICs superan fronteras y reducen esos costos artificiales. Desaparecen actividades humanas y privilegios propios de un Estado conservador que pretende expoliarnos. Estas máquinas favorecen al empresario emprendedor, pero también al usuario, consiguiendo precios mucho más favorables a favor de la sociedad, dejando expuesto el peso político que cargamos los consumidores.

Una mínima ventana de libertad determinó en la URSS que el ingenio de Tarásov le hiciese MILLONARIO, creara una cooperativa de trabajadores próspera para él y sus conciudadanos; pero opuesta al saqueo del sistema que lo veía como enemigo, un personaje odiado, envidiado, suprimido por el egoísmo, que inició el camino hacia la desigualdad productiva.

Demasiado tarde para millones de seres humanos reconoció Gorbachov: “Lo importante no es que no haya ricos, lo importante es que no haya pobres”.

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